ANTES del llamado “acuerdo nacional” el izquierdista presidente colombiano, solo contaba con aliados de los sectores afines. Pese a la acrimonia verbal entre rivales –en el pasado y durante la campaña, uno y otro, endilgándose los epítetos más groseros– la decisión más inteligente de cualquier gobernante pragmático es que no se puede sacar avante un país en crisis si no es con el mayor de los apoyos. Ganar, no es garantía de nada. El respaldo con que se llega, cualquiera que sea el número de votos obtenido –dado el tamaño de gigantescos problemas que sin las deseadas soluciones milagrosas eventualmente generarán inconformismo– en un decir Jesús podría esfumarse. Así que, en un gesto que requiere seguridad de su propio liderazgo para no permitir que la acción revanchista de palaciegos radicales sea lo que empuje el derrotero de su agenda, su primera diligencia política fue invitar a dialogar a sus históricos contrarios para llegar a acuerdos necesarios en aras del bienestar de la patria.
“Reafirmo lo que dije en campaña –escribió Petro en una de sus cuentas digitales después de la reunión que sostuvo con su principal opositor– en mi gobierno no se usará el Estado para perseguir al opositor”. Por su parte el convidado –sin duda que halagado por la repentina invitación recibida– en conferencia de prensa expresó: “Yo le dije humildemente: presidente, permítame un canal de diálogo con usted, yo no lo molestaré mucho, será para hablar sobre temas de país”. “Lo que podamos aprobar lo haremos sin cálculos”. “La reunión de acérrimos antagonistas en Colombia ha sido leída como un gesto político importante en un país que vivió cinco décadas de conflicto armado interno con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que dejaron las armas en 2016 luego de firmar un acuerdo de paz con el Estado”. Ningún izquierdista, hasta ahora –asesinados los líderes que pudieron llegar– había alcanzado el poder. Grandes expectativas gravitaban sobre la tensa atmósfera respecto a la orientación de sus primeros pasos. Si el exguerrillero adoptaría la maqueta autocrática del ajuste de cuentas con opositores –que solo acaba polarizando más la sociedad impidiendo el avance ascendente del país que solo el concurso colectivo puede lograrlo– o si tomaba el rumbo de la reconciliación nacional. Evidente la dirección escogida a juzgar por sus primeras diligencias. “Sin duda van a haber tensiones nuevas o antiguas que reaparecen –reflexionan los analistas– nadie está esperando que haya una especie de acuerdo integral; pero la sola disponibilidad de conversar ya es simbólica, importante”.
O bien lo dicho por un experimentado político colombiano negociador de los procesos de paz: “Muchas veces los grandes cambios empiezan por las palabras”. Aun con el desgaste sufrido por el uribismo –consecuencia del mal gobierno anterior– seguirá siendo una fuerza política fundamental en la oposición. Petro, sin desconocer el resultado agrio de los conflictos estériles ha dicho que “en su gobierno garantizará el ejercicio de la oposición y que no perseguirá judicialmente a sus contradictores políticos”. “Bienvenidos a la era del diálogo que es la base de toda humanidad –escribió el gobernante en su cuenta digital– estoy seguro que Colombia agradecerá el que encontremos puntos comunes para una patria común”. «¿Qué vamos a un acuerdo nacional? –escribió después de reunirse con el exalcalde de Bucaramanga, el candidato populista independiente al que venció en la segunda vuelta– Vamos con seguridad a un acuerdo nacional”. “Aquí comenzó el cambio”. “Aquí habrá un acuerdo de la nación”. Sin duda que lo ocurrido es inesperada pero grata noticia para los colombianos. (A propósito de sorpresivos acontecimientos históricos –sale el Sisimite con otro dicho de su repertorio– “donde menos se piensa salta la liebre”).