Por: Segisfredo Infante
El deslave de acontecimientos diarios, se convierte en una celada análoga a una especie de precipicio, sin aparente fondo, en donde podemos caer por causa de las informaciones y desinformaciones dispersas que atentan contra la salud psicosomática del ser humano en general, y del ser fotopensante en particular. René Descartes fue quizás el primer pensador moderno en darse cuenta de que hundido en el ajo de las guerras continuas de su época intolerante no caminaba hacia ningún lado. Un día de tantos paralizó el andar de su caballo, abandonó las armas y se detuvo física y mentalmente, en un solo punto geográfico (tal vez en una aldea remota de Baviera), con el objeto de recibir la inspiración que provenía de los sueños de la gran “Filosofía”. Se habla incluso de un momento “epifánico” en la vida de este escritor de origen francés, que se había formado originariamente con los jesuitas. Fue una decisión tremenda. Y al mismo tiempo luminosa. En tanto que abandonar la carrera de las armas, del éxito ocasional y de la muerte, a cambio de una vida silenciosa, exigió de su cerebro y de su espíritu un momento de abstracción extraordinaria, cuya retirada estratégica fue beneficiosa para la humanidad, tanto en la línea de las matemáticas como de la “Filosofía” moderna.
En tiempos más recientes debemos recordar que Jean-Paul Sartre comenzó a escribir “El ser y la nada” (¿1943?) como prisionero en el contexto de la “Segunda Guerra Mundial”. Siempre me he preguntado, a mí mismo, si acaso en aquellas dos cárceles en que lo habían confinado los fanáticos nazis, existían libros que le sirvieran a Sartre como fuentes de lectura o como referencias bibliográficas. A manera de suposición conjeturaríamos que aquella prisión poseía una biblioteca franco-alemana. Tal pregunta podríamos traerla hacia Honduras y lanzarla al viento: ¿Acaso en las cárceles de “Catrachilandia” hay bibliotecas que ayuden a los presidiarios a rehabilitarse y a reinstalarse en la sociedad? No lo sé. Pero hace varias décadas les obsequié un fuerte lote de libros hondureños a los encargados de la vieja “Penitenciaría Central”, que estuvo localizada en el centro de Tegucigalpa, a orillas del río Chiquito, con el objeto que los compartieran con los presidiarios. Eso se perdió con el huracán “Mitch”.
Aparte de los escritores, los lectores contemporáneos que todavía subsisten y persisten, han experimentado la necesidad, en los últimos años, de reposar a la orilla de las aguas arremansadas en los recodos del espeso río de Hegel, en donde pareciera estancarse el verdadero conocimiento. Porque es tanta la prisa y la sensación de fatiga que padece el hombre racional, que se autopercibe, en los días que corren, como un ente desolado, incierto y desorientado, en tanto que le cuesta trabajo encontrar las ramas de sauce, para agarrarse al sentido casi arrabalero de la existencia espiritual, tanto individual como colectiva. De tal suerte que se impone, en medio de las correntadas de los siglos veinte y veintiuno, el deseo de volver a escarbar, sin prejuicios de ningún tipo, las antiguas lecturas clásicas, ya se trate de los grandes y pequeños profetas del desierto, como de los pensadores griegos, precursores de las obras del genial Platón y del sistemático Aristóteles, sin desechar las lecturas simbólicas, o abigarradas, de los pensadores místicos de la India milenaria, incluyendo a sus matemáticos, inventores del número “cero”, tan indispensable en la matemática posicional.
Aunque suene más o menos cursi o “vacío”, en estos tiempos turbulentos es sugerible sumergirse en las obras aparentemente infantiles o sencillas de los primeros filósofos griegos que el mismo Aristóteles sintió la necesidad de conocerlos y divulgarlos, hasta estructurar la filosofía lógica de “los primeros principios”. Lo mismo hizo el filósofo hermeneuta contemporáneo Hans-Georg Gadamer, cuando en medio de las guerras mundiales del siglo veinte retornó al estudio de los presocráticos y de otros autores antiguos, en la medida en que los bombardeos lo permitían. Pues nunca abandonó la universidad alemana (ni él ni sus alumnos) a pesar de las calamidades atroces generadas por una conflagración provocada por el mismo Adolf Hitler y sus secuaces.
Volviendo a los fragmentos de los filósofos naturalistas, o fisicalistas, de la Antigua Grecia, el lector acucioso podrá redescubrir que algunas metodologías científicas o filosóficas como el empirismo anglosajón o como el racionalismo franco-alemán, fueron esbozadas por aquellos pensadores “inocentes” que supieron combinar con sabiduría los métodos inductivos y especulativos mucho antes que reaparecieran en la modernidad europea. Comenzando por Sócrates, quien introdujo la teoría del “concepto” universalizante, y el método mayéutico o inductivo, hace veinticuatro siglos.
Pero si a alguien le resulta difícil penetrar en estos pensamientos primordiales, conviene recordar que muchos de aquellos planteamientos fueron elaborados o abstraídos utilizando formas poéticas, es decir, las mismas estructuras del verso, como en el caso del “corpus” metafísico compacto de Parménides, más filosófico que poético.