TODOS quisiéramos que el mundo en el cual nos ha tocado vivir y subsistir, fuera un mundo satisfactoriamente mejor. No sólo en el nivel ideológico. Sino en todos los niveles de la vida real, en cuya esfera se añada el desarrollo, los paisajes hermosos, la belleza urbanística, la salud, el empleo digno, la seguridad social para todas las edades, la producción diversificada, las bibliotecas, las artes pluralistas, la riqueza colectiva y especialmente la libertad, la cual es parte vital de la integralidad humana.
Pareciera que estamos hablando de una utopía. Pero en los hechos concretos existen, o han existido, países que han alcanzado lo fundamental de las ensoñaciones humanas en el devenir de los siglos. Tales países los podemos encontrar en algunas zonas de Europa, tal vez en Canadá y Nueva Zelanda. Lo mismo que en ciertos puntos ribereños del Mediterráneo y del Golfo Pérsico. Resulta que la vieja utopía promisoria que soñaron las mentes más equilibradas y sensitivas se ha proyectado, por momentos, como si fuese una realidad.
Sin embargo, desde hace un par de décadas las cosas se han vuelto problemáticas y demasiado confusas, incluso para los países que han lucido los mejores ingresos per cápita, y los más altos índices de desarrollo humano. Ya nadie está seguro con las explosiones de terrorismo, crimen internacional organizado, fundamentalismo extremo, racismo desorbitado, xenofobia, creciente desigualdad social, guerras regionales asoladoras, intolerancia política, alzas inflacionarias, desempleo creciente, migraciones masivas, descontrol en los precios de los carburantes, desórdenes climáticos, desidia frente a los problemas de los ciudadanos, y hasta carestía de los alimentos básicos.
En la década del noventa del siglo anterior, parecía que los cielos por fin se habían despejado ante las miradas de todos los seres humanos, en tanto que teníamos la percepción que la “guerra fría” había quedado neutralizada en el museo oxidado de la historia, y se hablaba de nuevos mercados exitosos y de crecimientos económicos inusuales, con una “coexistencia pacífica” que después de todo se había convertido en una realidad concreta, diferente a los peligros de una hecatombe mundial.
Pero aquel paisaje global escondía en sus entrañas graves problemas que eran difíciles de entrever. Uno de los tantos líos es que los famosos mercados fueron predominantemente desregulados. Incluso en Honduras emergieron, de la noche a la mañana, agencias ficticias de ahorro y préstamo, que a los pocos meses y años desaparecieron, habiendo estafado a los usuarios cargados de candidez. Y desde luego timaron a otros usuarios menos cándidos.
A nivel internacional la crisis comenzó con dos fenómenos: Por un lado el resurgimiento de los nacionalismos chauvinistas extremos, cargados de resentimiento religioso y racismo, y por otro lado se escenificó, a finales de la década del noventa, la primera crisis financiera internacional de valores conectados a los bienes inmuebles en algunos países del “Sudeste Asiático”, con los efectos de mariposa. A eso vino a sumarse, a continuación, la crisis de la volatilidad de los sistemas informáticos.
Pero lo más grave fue la explosión de la burbuja financiera mundial que se incubó desde comienzos del siglo veintiuno, y que explotó de modo aparentemente inesperado, durante el año dos mil ocho, quebrando las economías de países enteros, que estaban calificados como países “ricos”. Desde entonces han acontecido sucesos que han venido a desbalancear los equilibrios del “orden económico” y geopolítico continental y mundial. Como consecuencia de todo lo anterior, los cielos despejados se llenaron de nubarrones oscuros por doquier, inclusive en el seno de países poderosos.