Prevenir para avanzar: cerrando tabúes sobre la salud mental

Por: Juan Carlos Arosemena*

Recuerdo que, hace poco más de diez años, en una de mis clases de Religiones Comparadas, el profesor José León Herrera, filósofo y miembro de número de la Academia Peruana de la Lengua, pero sobre todo gran maestro, comentó el particular origen de la palabra “tabú”, cuya incorporación reciente a las distintas lenguas es actual –siglo XVIII en adelante. Su origen es polinésico y sagrado. Se refiere a los entes –cosas, personas, actos– “aislados” o “prohibidos” por el poder que emanan y que no pueden ser controlados o manejados con preparación o ritual previo. Actualmente, el uso extendido del término tabú es para señalar aquello de lo que se tiene prohibido hablar o mencionar.

Muchas veces, acontece que, no se habla de algo porque el conocimiento sobre este es exiguo. Ahora, sabemos más y mejor en muchas ramas del conocimiento humano como la medicina, la cual ha tenido un protagonismo considerable en el último par de años, debido a los estragos causados por la pandemia que paralizaron el mundo entero. No obstante, el confinamiento y la nueva normalidad han tenido un impacto enorme en la salud mental, componente integral y esencial de la salud, acorde a la Organización Mundial de la Salud, pero cuya discusión muchas veces es estigmatizada y tabú.

En un aspecto más amplio, la historia hospitalaria del nuevo mundo se inicia con “el Hospital de La Pura y Limpia Concepción, actualmente conocido como Hospital de Jesús. Fue fundado por Hernán Cortés en 1523-25 y aún continúa activo en la actualidad” (Quijano-Pitman, 1996, p. 431). En lo que hoy es el Perú, parafraseando al Dr. José Neyra, el Hospital Dos de Mayo es el heredero del Hospital Real de San Andrés, el cual se fundó el 16 de marzo de 1538 (Neyra, 1997, p. 133). En Honduras, entre 1618 y 1620 que se funda el Hospital de la Limpia Concepción en la ciudad de Trujillo. Después, “con la llegada del obispo Juan Modesto Merlo de la Fuente, se abre en 1651 el Hospital de la Resurrección” (Bourdeth, 1996, p. 166), ubicado en el Convento de San Juan de Dios. Como indica el Dr. Alfredo León, este hospital funcionó con cierta regularidad, aunque dependía de la caridad de los vecinos y de la voluntad de la Iglesia (León, 1976, p. 71).

Sin embargo, las instituciones de asistencia psiquiátrica eran escasas hasta el siglo XIX porque, en parte, el conocimiento de este tema era insuficiente. Es en el siglo XX que, la salud mental y sus nosocomios empiezan a ganar mayor relevancia. En Tegucigalpa, desde 1926 el Asilo de Indigentes atendía a los pacientes psiquiátricos. Posteriormente, el hospital pasó a denominarse Mario Mendoza, en honor al psiquiatra del cual toma su nombre, especializado en Perú y pionero de la atención de pacientes con trastornos del comportamiento y promotor de la construcción de un hospital específico (Bourdeth, 1996, p. 169). En la región norte, al día de hoy, el Hospital San Juan de Dios es el único psiquiátrico de San Pedro Sula.

Hoy, como bien indica el psiquiatra Dagoberto Espinoza, “se habla de una psiquiatría científica moderna (holística), en la que se advierten los avances de la genética, de la psicofarmacología y de un conjunto de disciplinas integradas en [las] neurociencias […]. Pero a diferencia del enfoque meramente somático […], se brinda un papel destacado a los eventos del entorno social. Nadie, a estas alturas, pone en duda que situaciones como los conflictos familiares, marginalización social, discriminaciones […], así como la presión constante para el logro de metas […] actúan, si no como causantes, al menos como precipitantes de muchos trastornos de ansiedad y enfermedades del ánimo, incluyendo algunos cuadros depresivos”. (Espinoza, 2008, p. 10).

En América Latina y el Caribe, acorde a UNICEF, el 15 % de sus niños, niñas y adolescentes, entre 10 a 19 años, viven con un trastorno mental diagnosticado. A nivel mundial, el gasto gubernamental promedio en salud mental representa apenas el 2.1% del gasto gubernamental medio en salud en general. La situación es preocupante.

En ese sentido, queda claro que no se deben escatimar esfuerzos para apoyar a las instituciones, organizaciones o sociedades, independientemente de sus creencias y colores políticos, que velan por la salud mental. Invertir en salud mental es fomentar el desarrollo educativo, productivo, social y comunitario.

* Diplomático, filósofo, Lic. en Relaciones Internacionales y Jefe de la Sección Consular de la Embajada del Perú en Honduras.