Por: Héctor A. Martínez*
No se asusten ante esta sacrílega conclusión, pero eso que llamamos “desarrollo” no se avizora en el horizonte, no al menos por un buen par de décadas. Eso sí: no perdamos el tiempo buscando ese camino como si se tratara de un país de ensueño señalado en el Google Maps. Ojalá así fuera. A decir verdad, algunos sueñan con esa tierra próspera de la que emana la leche y la miel (Éxodo 3:8), pero ese edén terrenal no aparece por ningún lado. En su lugar tenemos que contentarnos con el averno de Milton, como si se tratara de un castigo que Dios nos ha impuesto por prohijar políticos tan ineptos a lo largo de la historia.
La esperanza, que es el equivalente a la fe mundana, nos compele a pensar que estas cosas no deberían estarnos pasando, pero que llegará el día en que los políticos y los tecnócratas –ni yo, ni usted, desde luego, por no querer participar en la maculada política catracha–, nos sacarán de estas ciénagas en las que, entre más tratamos de salir, más nos hundimos.
Este nihilismo, sin embargo, no tiene por qué desanimarnos. Cuando concluyamos que no es la esperanza puesta en los políticos tradicionales la que nos salvará, sino la voluntad propia de cada ciudadano, vamos a comenzar a dar los primeros pasos. Ignoro si en las calles o en las urnas, pero que debemos cambiar las cosas, no es una opción, sino un deber.
Al desarrollo no se llega como el adolescente que espera ansioso los cambios hormonales para convertirse en adulto. La espera de brazos cruzados es nuestro mayor enemigo, pero la promesa nos anima. Sin acción, la esperanza es vacuidad e ineficacia: no hay resultados verdaderos. Porque, cuando repasamos lo que significa “ser subdesarrollados”, no estoy muy seguro si entendemos el alcance de este término, no el que se cita en el diccionario de economía, sino el de la realidad del país. Cuando leemos que “subdesarrollo” significa “carencias” e imposibilidad de alcanzar una vida digna, no podemos evitar echar la mirada hacia quienes nos han gobernado. Ya lo dicen los doctos académicos del continente: se ha perdido la fe en los políticos.
No está la salida en el discurso ni en la retórica, ni en la crítica tendenciosa que, mal concebida, genera odios y divisiones, que nos desgasta y nos impide mirar hacia el núcleo del problema. Nada hacemos en los medios diciéndoles a los incautos que por culpa de aquellos y aquellas las cosas están como están. El pasado, muy a pesar de los cronistas, no nos sirve de mucho. Lo “fregado” está en otear el horizonte, o ver si algún futurólogo nos pueda augurar los episodios siguientes de esta saga del fracaso. Algunos creen que la democracia se debe instalar antes de generar la riqueza. En Chile, el desarrollo no se alcanzó con democracia sino en dictadura. ¿Habrá, entonces, alguna dictadura inteligente que priorice el mercado antes de la política y nos conduzca hacia el desarrollo? No estoy muy seguro de ello.
Eso sí: los maquillajes reformistas deberán ceder a las revoluciones, a las decisiones radicalmente transformadoras que, en medio de las cenizas institucionales, edifican la nueva sociedad. Para ello se requiere de una nueva generación de líderes que, a lo mejor, están en la escuela en este momento, o no han sido concebidos.
Y cuando se revolucione la educación desde la “A” a la “Z”; cuando el Estado les “ordene” a los empresarios certificarse para competir en los fieros mercados regionales y del mundo, entonces, alegrémonos todos. Cuando el Estado se modernice de verdad, cuando la prioridad sea la economía y no la politiquería barata; o cuando en el servicio exterior ya no existan vacacionistas sino adelantados (as) que, como Pedro de Alvarado, abrirán el camino para hacer negocios con otros países, la tierra va a temblar desde la barra del río Motagua hasta el Patuca. Quizás entonces podríamos hablar de que hemos encontrado el principio del desarrollo. Hasta entonces. Por hoy, no se visualiza el camino.
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