Por: Juan Ramón Martínez
Con un sistema electoral como el nuestro, que nos da un Congreso que representa a los departamentos y no a los ciudadanos, no es fácil evaluar a los diputados. Y más difícil cuando el Congreso proyecta una imagen gris, poco discernible para los ojos populares, sobre el desempeño de los diputados individualmente. Las comisiones no tienen una operación visible y relevante. Son pequeños grupos que hacen tareas apresuradas, sin conexión con el público y como no hay un “Diario del Congreso”, no sabemos cuáles son las aportaciones de los diputados, las posturas que asumen y la forma como defienden los intereses de sus invisibles electores. De modo que, lo único que tenemos a mano para evaluar a los diputados, son sus peleas y malcriadezas; las declaraciones en los periódicos y canales de televisión, en las que se comportan, más como políticos en campaña que, como legisladores. Y hay que aceptarlo, los más hablantines en los medios, no siempre son oportunos, inteligentes y respetables, porque en vez de hacer contribuciones para esperanza, repiten manidas costumbres politiqueras que creíamos que habíamos superado. Porque, desde esta perspectiva, la primera conclusión a la que se llega que, la legislatura que dirige de facto Luis Redondo: es que una de las más malas de la historia nacional, vista en conjunto, al margen de los partidos y de las personas. Por ello es que, el esfuerzo de Redondo para convencernos de lo contrario, es inútil. Los medios no le han dado importancia. Casi nadie ha hecho comentarios y en la opinión pública, priva el sentimiento que son los mismos, haciendo las cosas peores, sin pensar en los intereses nacionales y menos, en la defensa y bienestar de los ciudadanos.
El Congreso Nacional, es el primer poder del Estado. En consecuencia, sus miembros, tienen que comportarse como tales. Allí no hay espacio para la mediocridad, menos para la arrogancia, la estupidez; o, a las malas formas de hacer política. Desde las nueve legislaturas anteriores, el Congreso ha ido perdiendo imagen. El comportamiento callejero, los malos hábitos de algunos diputados; e incluso las ofensas a la dignidad de la institucionalidad, solo han servido para deteriorar la imagen de ese alto poder del Estado. Algunos ejemplos bastan: la elección de dos directivas, una más ilegal que la otra; los insultos proferidos contra algunas damas diputados y el irrespeto a los procedimientos legislativos internos, no contribuyen a proyectar la imagen de un Congreso, más democrático y exitoso. Incluso, cuando se echa una ojeada al comportamiento de los diputados, en su conjunto -porque hay individualidades que son la excepción de la regla- no muestran la grandeza del legislador, sino que la irregularidad del pendenciero que, no ha caído en cuenta de la grandiosidad y el honor de ser legislador. Si los diputados de la actual legislatura, fuesen más estudiosos, tanto del derecho como de la historia, se habrían enterado que muestran ignorancia de las técnicas legislativas, y de los temas torales que informan la filosofía del derecho. Y que, si ven hacia atrás, sin partidarismos, con respeto a la institucionalidad, descubrirían que en comparación con la legislatura de 1957 -Villeda Morales, Rodas Alvarado, Abrahán Williams, Pedro Pineda Madrid, Celeo Gonzales y otros más- la suya está integrada por improvisados legisladores, torpes expositores; e incluso irrespetuosos jóvenes de conductas irregulares, en donde el talento ha volado hacia los aires, difuminándose en la nada. Y que ser diputado, no produce prestigio; ni provoca respeto popular.
Y es que, ser doctor, ingeniero, abogado, no garantiza productivos legisladores. Ni permiten a los diputados, sentar cátedra de inteligencia, sabiduría y compromiso con los intereses nacionales. Hay que estudiar desde la humildad -cosa que el nerviosismo impide a muchos mejorar porque son prisioneros de la ignorancia- como capacitarse y servir mejor. Un Congreso no es servil del Ejecutivo. Aunque esta es la tradición, porque se renuncia la representación popular, los defectos diputadiles no nos representan. Son sus virtudes, las que serán anuncio del país futuro, después que logren remontar los vacíos e ignorancias que nos tienen amarrados al pasado.
Si queremos cambiar la realidad, hay que entender que en el esfuerzo hay que cambiar individualmente. Y que, aunque el vino sea bueno y las intenciones generosas, en los mismos odres o en peores, el resultado será la amargura, la acidez: el fracaso.