Por: Edmundo Orellana
Solo y rodeado de desconocidos, el exgobernante tiene tiempo suficiente para rememorar sus doce años de poder en los que construyó una dictadura cuyo desmontaje llevará al actual gobierno un buen tiempo de su período.
No la construyó solo, ciertamente. En su confección participaron sus correligionarios y, producto de extraños pactos, también adversarios, algunos directamente, otros indirectamente, pero todos conscientes de lo que estaba ocurriendo.
Su partido cerró filas alrededor de su liderazgo. El suyo no fue ese tipo de liderazgo que florece en el PL o en Libre, desde abajo hacia arriba e impulsado por las masas. Fue el suyo un liderazgo burocrático. Ascendió los peldaños del poder en su partido protegido por sus padrinos. Así llegó al Congreso y así escaló la jerarquía partidaria. Antes de llegar a la presidencia nunca experimentó eso que llaman “baño de multitudes”, que sí vivió su correligionario Callejas, auténtico líder popular de su partido.
Dentro de su partido organizó y planificó. Participó activamente en actividades burocráticas y proselitistas, pero entre el pueblo nacionalista nunca, antes de ser presidente, despertó las pasiones que provoca un auténtico líder popular. Fue un burócrata que, filtrándose por los intersticios burocráticos, se hizo con el poder y, en su ascensión, fue construyendo pacientemente la estructura que necesitaba para gobernar con poder absoluto.
En su marcha hacia la cumbre política abandonó a unos, traicionó a otros, y, finalmente, pretendió convertir en cadáveres políticos a muchos, en particular a la vieja guardia de su partido. Con el que se ensañó fue con su principal protector, el expresidente Porfirio Lobo. Incomprensiblemente, actúo contra él como si de un enemigo se tratase. ¡Y fue “Pepe” quien lo apadrinó para la presidencia del Congreso y para la Presidencia de la República!
Si se ensañó con su padrino político, habrá que preguntarse: ¿qué les espera a aquellos que le sirvieron fielmente? Especialmente aquellos que, según la acusación gringa, contribuyeron con él, apoyando o protegiendo a los narcos que introdujeron droga en el vecino del Norte. Si su padrino político ha vivido un infierno por su culpa, es de suponer que sus fieles servidores ya tienen reservado el suyo, en el que arderán de por vida. Quizá por eso han huido, buscando refugio en el extranjero.
Desde su encierro presencia cómo se desmorona su imperio, y él, es la primera víctima. Los que ayer atropellaron la Constitución para allanarle el camino hacia la reelección, decidieron su futuro. Ninguno se abstuvo de conocer, pese a que algunos podían, legítimamente, alegar amistad íntima. Ninguno quiso aparecer como sospechoso ante el imperio.
Primero fue su libertad, ahora es su patrimonio. Reducido a la condición de un preso más, ahora ve cómo su imperio económico, ese que construyó en apenas doce años de gobierno, se está esfumando. Los amigos que le quedan -aquellos que desean aprovechar su desgracia- se apresuran a lanzarle una tabla de salvación para que recupere “del lobo un pelo”, sin embargo, su codicia los puede perder. La situación de extraditable del exgobernante lo coloca en una posición comprometida para ese tipo de transacciones, que, seguramente, serán revisadas con lupa por la justicia nacional y la gringa, y a esta última deben temerle, ciertamente.
Las lecciones que deja el caso JOH son muy ilustrativas. Hizo cuanto pudo para que el Congreso eligiera la Corte y el Fiscal actual. Atropelló la Constitución y la ley, compró voluntades y pervirtió conciencias, amenazó aquí y allá para tener la Corte Suprema y el MP de sus sueños dictatoriales, y modeló una Policía Militar a su gusto, después de haber sometido a la Policía Civil. Era, pues, el soberano absoluto. Sin embargo, todo se vino abajo el 27 de enero cuando se firmó la orden de extradición en Estados Unidos. En ese momento comenzó su camino al infierno.
Lo que nos enseña esta historia es que no se debe permitir que el poder se extralimite y para eso existe el binomio MP-Poder Judicial. Con fiscales y jueces indulgentes con el poder se construyen dictaduras; con funcionarios leales, redes de corrupción. Patria, en cambio, se hace con funcionarios fieles a la ley y con fiscales y jueces independientes, probos y capaces.
Estamos próximos a elegir los nuevos magistrados a la Corte Suprema de Justicia, elijamos, pues, teniendo en cuenta esta experiencia reciente. Escojamos a los más idóneos, a los que confiemos en que harán justicia “llueve, truene o relampaguee”. Para que no regresen las prácticas corruptas del pasado, digamos con fuerza: ¡BASTA YA!
Y usted, distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡BASTA YA!?