Monstruosidades

Por: Hernán Antonio Bermúdez

“Pero también hay algo de ficción mezclado con la realidad”.
(P. 30)

El tigre hambriento es el más reciente libro de cuentos de Dennis Arita, publicado por “Casasola” el año pasado. Se trata de diez relatos en los que el autor demuestra que la realidad es un elemento inestable, en el que no se puede confiar, pues pulveriza cualquier certidumbre.

Sus libros anteriores, Final de invierno (2008), Música del desierto (2011) y el formidable relato largo Si te vi, no me acuerdo, escrito en lenguaje vernáculo, incluido en Doce cuentos negros y violentos (2021) bajo el sello editorial de “Mimalapalabra”, marcan el proceso creativo de Dennis Arita y demuestran lo consumadamente habilidoso que es a la hora de escoger las palabras.

Ahora hasta los lectores que creían conocerlo se habrán de sorprender con esta nueva colección narrativa en la que cambia su registro expresivo, pues aquí no hay nada que el autor no se atreva a decir, ni vacila en emplear los términos más viscerales y crudos. En El tigre hambriento el autor crea una maquinaria narrativa, un espacio estético, construido en base a la irrupción de lo deforme y lo grotesco. Así, los relatos agrupados (salvo el último, “La naturaleza del pescador”, disímil a los demás) son encarnaciones del “mal”, de carácter pesadillesco, que generan los consabidos “monstruos de la razón”.

Y es que aquí lo real es visto con los ojos de la imaginación, en la certeza de que las cosas no siempre son lo que aparentan ser. Se trata de abordar el sentido de las profundidades ocultas, de los secretos inexplorados, capaces de descubrir las opacidades del entorno.

En estos cuentos a menudo terroríficos, la escritura de Dennis Arita inventa una nueva dimensión textual, con frescura y desparpajo. La forma, como se sabe, nunca limita a un escritor: por el contrario, le crea aperturas para la invención recién “salida del horno”. En El tigre hambriento el tono utilizado parece conversacional, pero se trata de una estilización sutil: emplea coloquialismos para fines satíricos, y lo “natural” se invierte o descoloca.

Cabe anotar las pesadillas minúsculas de “Antes de dormir”, donde florece lo maligno, la parodia del “Asesinato en el Orient Express” en “El hombre del tren”, con ecos, correspondencias y acotaciones entrecruzadas, la erupción volcánica del deseo en “Dentro de Nikki Sexxx”, que acude a la procacidad sin reservas y el texto está purgado de cualquier eufemismo, las tinieblas aterradoras de “En el lugar sagrado”.

En los demás relatos Arita despliega una organización verbal compleja que hace ver que “se siente en casa” en el mundo de la imaginación, pues “tal vez la idea se convertiría en realidad si la ponía por escrito” (p. 84).

En fin, el reino de lo macabro que Dennis Arita instala en este libro, de lectura obligada (aunque bajo la propia “cuenta y riesgo” de cada lector) hace recordar a Blake cuando decía que la “lucha mental” más intensa y significativa es la revuelta del deseo y de la energía contra la represión.