José D. López Lazo
Todo hombre es un guerrero que regresa al lugar donde libró su última batalla.
José Luis Quesada, poeta hondureño (1948-2019).
¿Cómo retornar a la tierra natal? Hay maneras y maneras. Yo lo estoy haciendo a través de la literatura ¡y qué largo, interminable, es el camino!
Roberto Castillo, narrador hondureño, (1950-2008).
Ya solo se ve el zinc de Amapala…
Ramiro López Lazo, a los tres años, cuando se marcha para siempre del puerto con su familia en 1962.
A inicios de los sesenta del siglo pasado, unos gitanos predicen que la Isla del Tigre se hundirá. Presas del miedo, muchas familias toman lo que pueden de sus pertenencias y huyen a tierra firme. Lo que no pueden llevar lo venden o se queda así. Entre los que se van está una pareja relativamente joven y sus cuatro pequeños hijos. Antonia Lazo y Julián López se marchan para siempre con sus vástagos Rafael, Ángel Ovidio, Ramiro y José, de 7, 5, 3 y 1 año, respectivamente. Además del pánico, los empuja algo que les han dicho o tal vez solo ha sido un sueño, algo como otro vasto mar que perennemente verde destella potente en la costa norte. Al final, otro espejismo como los innumerables que infestan la historia hondureña. A medida que la panga -la vida- avanza, “el zinc de Amapala…” seguirá perdiéndose de la vista, borrándose de la memoria, aunque no definitivamente, la madre siempre les recordará a sus hijos, principalmente a los más pequeños, que nacieron en una isla, en un lugar acunado por el mar…
La diáspora no fue definitiva. Muchos regresaron. Era mejor volver a una heredad que era casi propia -en esos años casi nadie tenía documentos de propiedad- que vivir de arrimados en las casas de familiares y coterráneos que habían emigrado antes, principalmente a la costa norte.
El augurio de los gitanos, como todo augurio, no era literal, era en clave – mucho de poeta han de tener- y hacía muchos años que había empezado a cumplirse. Según una leyenda, la isla estaba asentada sobre unas columnas de oro, una a una empezarían a ceder hasta provocar el total hundimiento de la isla. Lo que no se sabía es que la predicción había empezado a cumplirse mucho antes, como se dijo, pero de una manera menos mágica y más histórica.
Amapala había sido el puerto más importante de Honduras desde finales del siglo XIX hasta principios del XX. Había conectado al país con el naciente capitalismo mundial de aquellos años. Europeos, principalmente alemanes, hacen la proeza que políticos y empresarios nacionales nunca habían podido concretar. Desde el Puerto Franco Libre de Amapala –nombre original- se inauguran las relaciones comerciales y de transporte con el primer mundo. De la importancia económica a la política se estaba a un solo paso –como nos lo dicen tantos textos escolares e históricos- y de esta a los demás órdenes de la vida, prácticamente nada. En aquellos años esta ciudad casi era tan importante como Tegucigalpa.
Sin embargo, el gran empuje económico de las transnacionales bananeras a inicios del siglo pasado auspiciaría puertos con mayor y mejor logística e infraestructura en la costa norte: Puerto Cortés, Tela, La Ceiba, Trujillo y Puerto Castilla empiezan a disputarle supremacía. Una primera columna áurea se resquebraja y la isla inicia la ruta hacia “su hundimiento”.
Pero todavía le quedarían varias décadas. Era el único puerto por el que se podía acceder al país desde el Pacífico. A mediados de los cuarenta, la dictadura de Carías Andino ordena el remate de las empresas alemanas, que desde Amapala se habían expandido a buena parte del país. El dictador quería quedar bien con los norteamericanos, enemigos y vencedores de los alemanes en la II Guerra Mundial. Y lo de siempre: allegados al régimen se quedan con las empresas alemanas por precios que mueven a risa, en el caso que mueva a risa semejante perrería. Segunda columna que se tambalea y el augurio continúa su marcha inexorable.
El golpe definitivo llegará en 1978.La junta militar que presidía Juan Alberto Melgar Castro decreta el traslado del puerto a Boca de Henecán, San Lorenzo. La grandeza pasada y la que podría venir pareciera que ya no más. Cae la última columna, la predicción se cumple y la isla “se hunde”, no en el inmenso Pacífico, sino en la ruina económica. Amapala se convierte en un pueblo fantasma y soñoliento, estrechez que constriñe, calles solitarias y calurosas donde las reverberaciones producen espejismos, soledad nostálgica vagando entre las ruinas de un pasado ilustre…
No es sino hasta en los últimos años que empieza a levantarse, aunque nunca con el brillo de aquellos tiempos. Pero esa es otra historia y la escribirán las nuevas generaciones.
Brevemente e inevitablemente incompleto, he aquí parte del trasfondo histórico de estos cinco cuentos que Héctor Alfredo Martínez (Amapala, 1958- ) ha reunido bajo el título de El espejismo en la memoria. Trasmutada a literatura esta información histórica –y la que el autor presenta en sus narraciones- coexiste, se entrelaza y se ramifica de múltiples maneras: lo individual y lo social, lo familiar y lo histórico, lo físico y lo metafísico, el sueño y la vigilia, lo cotidiano y lo maravilloso, y, en todo, el elemento biográfico permeando –a veces más, a veces menos- todos estos relatos.
El espejismo de la memoria es una manera de volver – retomando la cita de Castillo- a la tierra natal después de haberse marchado físicamente para siempre. Lo dulce y lo amargo que conlleva toda nostalgia están aquí. En este caso, los recuerdos son más traumáticos que exultantes, como quien regresa a las heridas, a “los golpes” del “lugar donde libró su última batalla” -volviendo a Quesada-, a imputar por esas roturas mentales y espirituales, y al final llegar a la conclusión que esos golpes nos constituyen, que somos estatuas de esas viejas sales, como Juan Preciado volviendo a Comala en busca de su padre Pedro Páramo (“un rencor vivo”) para “cobrarle caro” el agravio; pero, por inevitables atavismos, de Comala no podrá salir…
Narradores y personajes relevantes tienen mucho del héroe romántico: solitario, sombrío y desdeñoso; asimismo, retrospección e introspección; por lo primero, los narradores nos muestran la trayectoria de “una familia honesta que luchó en la vida con el único propósito de salir adelante”, trayectoria íntimamente ligada a la historia local y nacional, y conectada al mundo por una adecuada aprehensión histórica y una puntual crítica social, una de las causas por las que estos relatos vencen la estrechez municipal; por la segunda, hurgan en los traumas mentales que indeleblemente se marcaron en esos escenarios:
“Adonde desvíe la mirada se encuentra con un pedazo de su pasado, prolongación de un pasado más viejo que se remonta a las inmigraciones de los países vecinos que huían del hambre y la represión de las dictaduras durante las primeras décadas del siglo XX. La abuela le había contado que en una de esas constantes oleadas había llegado con el abuelo procedente de El Salvador, atraída por el resplandor de progreso que se originaba en el lugar. Ese progreso era impulsado por los inmigrantes alemanes que habían empezado a llegar desde mediados del siglo XIX; ellos fueron los que montaron en Puerto Golpe la infraestructura que posibilitó la inserción del país en el mapa de las rutas del mercado capitalista mundial con sus empresas de transporte y sus almacenes de mercaderías…”
Desde la omnisciencia se nos presenta una fábula completa y casi todo el discurrir mental de los personajes. El lenguaje tiende a cierta gravedad solemne, relajada aquí y allá por la ironía, el sarcasmo, la caricatura y la irreverencia con las que se exponen a la desacralización, reprobación y burla realidades y conductas reprobables y risibles. No obstante, por muy fuerte que sea la sátira, el narrador casi nunca se baja de su pedestal de sobriedad. Su prosa está llena de plasticidad, de vívidas descripciones. Hay un especial afán en que personajes, lugares y cosas estén plenamente contextualizados en sus relaciones espaciales y temporales, por eso la digresión, lo explicativo, es uno de los principales recursos estilísticos: nada ni nadie que importen a la narración deben quedar en penumbras. Narrativa que tiende al realismo, que se apoya mucho en el discurso histórico y sociológico, pero que también se nutre de la tradición oral y del cotidiano acontecer. Se percibe que la materia prima de algunos de estos cuentos son anécdotas o sucesos que ocurrieron en el pueblo y no pasaron al olvido porque se convirtieron en algo así como en la tradición oral de la comunidad, repetidos y recreados una y otra vez por la gente en los espacios públicos. Son el barro con que Héctor Martínez modela sus relatos, del que brotan casi naturalmente los elementos que los elevan a la ficción, es decir, a la literatura: los sueños y el ensueño, el destino irrenunciable y liberador, la resurrección de los seres y la transmutación de las almas, los espejismos, los augurios, la paramnesia…desde ahí se crea la carga simbólica de estos cuentos; desde aquí saltan “los duendes –frase de Roberto Castillo- de la escritura”.
Cuatro de estos cuentos están ambientados en Amapala y uno en Tegucigalpa. Aunque los topónimos y nombres propios están cambiados, estrategia propia de escritores y afines para curarse en salud, es fácil identificar lugares, personas y al mismo autor detrás de ellos: Puerto Golpe se identifica con Amapala; Fabricio García (“Puerto Golpe solo es un recuerdo”) con el autor: se nos dice que es pintor y dueño de un gran acervo histórico sobre el puerto y el país, al igual que Martínez, quien estudió Artes Plásticas en la Escuela Nacional de Bellas Artes e Historia en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, ambas en Tegucigalpa. No es difícil reconocer al padre – verdadero homenaje- en el personaje del Maestro, a la abuela, la madre…Seguramente cualquier amapalino de la época identificará a la persona real que se oculta en el personaje de Pablo Escalante y, lógicamente, disfrutará más de este libro, así como disfrutaron más del Quijote –solo argumento, no comparo- los lectores españoles de inicios del siglo XVII.
Hay una secreta simpatía, una correspondencia oculta entre realidad y ficción en estos cuentos: visión del universo como una vasta analogía. La predicción de los gitanos, se dijo, tiene correspondencia con los eventos históricos –principalmente el decreto de Melgar Castro- que propiciaron “el derrumbe” de la isla; en el cuento “Después del cese al fuego”; el final del conflicto bélico honduro-salvadoreño tiene su analogía con el triste final del fuego erótico de Angelina Bustamante…En “La ventana”, esta se convierte en el espacio libre, abierto, en donde se fraguan algunas luces al calor de las pláticas libertarias que entablan dos personajes, a semejanza de las reformas políticas refundacionales que quiere hacer un presidente; un maravilloso caballo andaluz llamado Gaspar – como el rey mago- se ahoga por la soberbia de un hombre y luego es arponeado por la ignorancia de otro, cual Longino bíblico, pero resucita – verdadero deus ex machina narrativo-, perdona a sus verdugos y se lanza veloz y vencedor sobre la infinita pradera azul del océano hacia los ilimitados campos de la leyenda; a la luz de un relámpago, Carlos (“La palabra bajo la lluvia”) “observa” a la palabra “justicia” caer abatida por un rayo y ser arrastrada por la lluvia junto con los detritus que van a podrirse al mar. El orden natural y el orden social se tocan. Subir las gradas del muelle, en el regreso al puerto del personaje Fabricio García (“Puerto Golpe solo es un recuerdo””), es un paulatino in crescendo de las olas angustiosas del pasado.
Angelina Bustamante se roba más nuestra atención como personaje literario. Se cree de “la élite social del puerto” por ser descendiente bastarda de alemanes, tiene “en su carácter la arrogancia de la raza aria”, miembro del Partido Nacional que le otorga un puesto público en la oficina de telégrafos hasta cuando ella decide dejarlo. Un trabajo rutinario, un hogar sin mayor variedad, un pueblo gris. El teniente Martel, recién llegado al puerto para “desmontar la estrategia militar de golpe de Estado con la que el coronel Rodríguez entró en la guerra”, la embruja con la reverberación de la calle; mejor dicho, la soledad de Angelina utiliza esa artimaña para engañarla, ella lo mira “emerger transfigurado en la reverberación de la calle”; al igual que la luna en la obra de García Lorca, esa reverberación tiene un papel infausto en estos relatos; en “Puerto Golpe solo es un recuerdo”, Fabricio García ve a los mecapaleros “naufragar en la reverberación de la calle”: el espejismo físico producido por la interacción de la luz y el calor y el espejismo de amor que una mujer, hecha de rutina y soledad, quería ver. Angelina se enamora y se entrega al militar; todos los días lo visita en la comandancia “sin importarle su marido ni la gente con la que se iba a encontrar en la calle”. Como todo amor, el suyo es subversivo: rompe con las normas sociales: patriarcalismo, rutina, hipocresía, inautenticidad… con todas las máscaras sociales. El amor le hace decir en voz alta -con toda sinceridad- al guardia de la entrada de la comandancia lo que, quizás, solo es admisible como un susurro en una mujer como ella: que busca al teniente Martel “para que le apague un fuego que la quema por dentro”. Descontextualizada, parece una desvergüenza, pero en su situación, es la frase más auténtica dicha por mujer alguna. Angelina tiene que perder (así como don Quijote tiene que perder por su transgresora locura): para su amante solo ha sido un objeto sexual y al aburrirse la abandona; pero ella, al establecer esa relación problemática con su mundo, adquiere un carácter único para la literatura, y lo adquiere porque en la lucha por su ideal, en este caso el amor, se atreve a embestir a “los molinos de viento”…
Pero hay alguien que entra en disputa en esta obra con Angelina Bustamante como personaje literario; otro personaje que se eleva igual o más que ella y es colectivo: Puerto Golpe está en todos estos relatos y nunca como mero decorado de las acciones, sus elementos son entidades con sentido, significativos: el hotel Internacional, el mar, el viento, el muelle, sus gradas, las lanchas, “el cono volcánico de la isla”, los viejos edificios de la época de los alemanes, el parque General Polanco, el derruido casino, sus bares y cantinas, el calor soporífero de las dos de la tarde, las lenguas viperinas del vulgo, el árbol de amate donde Manuel Pacheco se guarece del castigo por su soberbia, el color amarillo de los faroles, la comandancia, la avenida Santa Cruz…todos son presencias vivas, personificadas, desencadenantes: el mar, por ejemplo, se va de la vista de Fabricio García, pero lo sigue mirando en la calle, incitando sus sentidos, provocando intuiciones; la calle de La Marina lo “enfrenta”, después de muchos años, con sus “clausurados y deteriorados edificios”:
“Ahora solo el mar, que se había perdido de su vista cuando dejó atrás la calle de La Marina, estaba con él; y mientras lo miraba acercarse y alejarse en un juego inocente con el contorno irregular de la calle, en un instante de lucidez, tuvo la certeza que de ese lugar no iba a poder salir jamás…”.
“La calle de La Marina se enfrenta a él con los clausurados y deteriorados edificios de las empresas desde donde los alemanes realizaron el primer ensayo de relaciones capitalistas.”
Cuando Angelina Bustamante se marcha derrotada de Puerto Golpe por la hostilidad de la gente: adúltera, culpable del suicidio de su marido, abandonada por el teniente Martel, observa por última vez la comandancia y alucina:
“Aquella composición bajo la luz amarilla de los faroles del alumbrado público era una imagen alucinante que la hizo caer en un sueño; y en el sueño vio al teniente Martel emergiendo de entre la reverberación de la calle…”.
El espejismo de la memoria reconstruye literariamente un lugar en un tiempo específico, el anterior al decreto gubernamental que borró a Puerto Golpe “de las cartas náuticas de todas las compañías navieras del mundo”, quedando solo en la memoria. Desde ahí, Héctor Alfredo Martínez le configura un rostro lo más completo posible desde múltiples perfiles: históricos, espirituales, morales, culturales, políticos, geográficos y cotidianos. Desde ahí se gestaron heridas atávicas imperecederas, ineludibles. Fabricio García llega a la conclusión “que de ese lugar no va poder salir jamás”. Esos espejismos son la contradictoria materia que le constituye. Puerto Golpe, con todo lo que ello implica, le constituye, quedarse, aceptar el destino, lo que se es, también es liberación…
San Pedro Sula, diciembre de 2020