CON LOS DÍAS CONTADOS

EN Ucrania llevan contados los días –ya casi llegan al mes– desde que los rusos la invadieron. Aquí en Tegucigalpa cuentan los días para quedarse sin una gota de agua. Solo quedan 40 días de agua –anuncian las autoridades– si no comienza a llover. Eso, aplicando los groseros racionamientos. Donde hay conexión al agua potable la echan espaciada unas horas, una vez y con suerte dos veces a la semana. Si no ajusta, dependen del agua cara de los tanques cisterna. Los desconectados del servicio, o sea, más de la mitad de los vecinos, tienen que ingeniarse modo de conseguir unas cuantas cubetas. Cargando baldes a tuto recorren largas distancias en busca de un chorrito. Lo mínimo para beber, cocinar, enjuagarse la boca, lavarse las manos y pasarse un trapo húmedo por la cara. No se puede almacenar más que lo indispensable en los toneles, porque estos son criaderos de zancudos. Aún cuando es la misma historia de todos los años, no hay solución a la vista al grave problema del agua.

“Hemos decidido impulsar –anuncia el alcalde– una fuerza interinstitucional en la alcaldía, para poner toda nuestra logística orientada a una planificación real y verdadera para generar la distribución de aproximadamente 300 mil galones de agua a las zonas donde no llega”. “Nosotros –agregó– estamos comprometidos no solamente en estas acciones estratégicas, que son paliativos, también en la búsqueda de soluciones alternativas”. Entiéndase por acciones estratégicas las carreritas de un lado a otro; y por fuerza interinstitucional las mismas instituciones de siempre y las lentas oficinas burocráticas que atienden las emergencias. La palabra clave es emergencia. No que vaya a aumentar el suministros del vital líquido, sino para repartir lo poco que queda. En eso consiste la “logística orientada a una planificación real y verdadera para generar la distribución”. Lo que abundan son las palabras, una detrás de otra –como baquetas en láminas de percusión de una marimba– para amenizar con música la noticia infausta. Ello es que van a repartir poquitos hasta donde alcance. Nada se atiende hasta que hace crisis. Y muchas veces, con la crisis encima, no hay plan para encararla. Sucede con lo del agua como con tantas otras urgencias sobre las que no hay ni idea de cómo enfrentarlas. Llevan quién sabe cuántos años y cuántas gestiones edilicias, hablando de una tal represa en el Río del Hombre. Y a la hora que aprietan los apuros no hay de otras que corretearlos. Siendo justos, habría que dar un tiempo prudencial de tregua a la actual corporación municipal ya que acaba de asumir funciones.

Lo rescatable es lo otro que dijo: “Lo más importante es que la población tenga conciencia sobre el uso del agua y evite el gasto innecesario”. Pero no basta con decirlo una vez. La gente no cambia sus malos hábitos si no es a fuerza de repetición y consistencia de los mensajes. Esta sociedad carece de una cultura de ahorro. Ni hay políticas gubernamentales que la estimulen. Por ello hemos insistido en la necesidad de las campañas. Para informar, educar y concientizar al público sobre prácticas de ahorro. No solo del agua. Sino sobre el uso racional de lo escaso y de lo caro. Del agua, de los combustibles y de la energía. Hasta que sientan vergüenza de malgastar recursos básicos pero escasos en la capital. No despilfarrar las gasolinas y la energía en todos lados. Pero eso requiere cambiar resabios y feas costumbres enraizadas. Poner orden al hormiguero de una capital caótica. Hacer conciencia sobre ello por medio de campañas comunicacionales, pero también tomando las medidas apropiadas para enderezar este endemoniado desorden. (Hasta la pachorra reacciona –eso deduce el Sisimite– cuando los días –para que ocurra la fatalidad– están contados).