Los procesos químicos en el cerebro y el poder

Por: Prof. Dr. Denis A Castro B.*

Cuando uno como profesional de las ciencias médicas comienza hablar de las complejidades químicas del funcionamiento cerebral, tiene la tentación inicial de comenzar a describir la abigarrada química de la comunicación entre neurona y neurona que se realiza entre dendritas a través de los comunicadores bioquímicos corriendo el peligro de olvidar que todo ese complicadísimo manojo de reacciones químicas puede resumirse recordando que toda la química del cerebro se reduce al metabolismo de la glucosa (azúcar) mediante su combustión oxigenada. Esto puede parecer una verdad de Perogrullo; pero lo cierto es que, aunque exploremos todos los cientos de reacciones metabólicas del tejido nervioso que constituye ese órgano magnífico que llamamos cerebro, el conjunto final de tan complejo funcionamiento químico, el uso de la glucosa y del oxígeno, termina siendo una función respiratoria energética tan sencilla como eso: glucosa + oxígeno = energía neurológica + CO2. Así de sencillo. El pensamiento, una de las funciones del cerebro, se detiene cuando el aprovisionamiento de glucosa o la falta de oxígeno en el cerebro caen por debajo de límites críticos. El cerebro no puede seguir funcionando si deja de recibir oxígeno por más de dos minutos o si no le damos por lo menos el 20% de todo el oxígeno que cosechan los pulmones. Esa es, en pocas palabras, la química del pensamiento. -Y, para compartir con las mentes expertas, la abigarrada constelación de intercambios moleculares e iónicos que dan por resultado eso que llamamos pensamiento.

Siendo testigo usted y yo, de algunos cambios que están ocurriendo, en conocidos como en las nuevas figuras del teatro nacional, nos encontramos sobre que algunos personajes están respirando más profundo que lo usual, con elevación exagerada de la cavidad torácica oxigenando exageradamente su cerebro, produciendo como consecuencia cambios bioquímicos en el cerebro que están dando como consecuencia los cambios (psicológicos y bioquímicos) que el poder produce en las personas que lo ostentan. La historia del ser humano es la historia del orgullo desmedido de los poderosos: los generales romanos victoriosos recibían a su entrada en Roma el regalo de una corona de laurel y un esclavo (servus publicus) que, ante los vítores del pueblo, les susurraba unos pasos más atrás: “memento mori” (“recuerda que eres mortal”). En la coronación de los papas la alocución “sic transit gloria mundi” les recordaba lo efímero de su reinado en la tierra; hoy los vítores son diferentes se otorga una Prado y una pequeña guarda personal, tan criticada en el pasado, pero muy agradecida en el presente, así sea desde un simple comisario policial hasta el más encumbrado ministro, como cualquier parlamentario que solo tenga que toser para confirmar su voto.

En 2008, el neurólogo, miembro de la cámara de los lores y excanciller británico David Owen publicó un libro en el que, atraído por el comportamiento y el perfil psicológico de ciertos políticos (parlamentarios, dictadores de la época…), acuña el término “síndrome de Hubris” (SH) para describir a los mandatarios de las diferentes posiciones de la gobernanza que creen estar llamados a realizar grandes obras; muestran tendencia a la grandiosidad y la omnipotencia y son incapaces de escuchar, mostrándose impermeables a las críticas. Owen analiza el comportamiento de políticos como Roosevelt, Ariel Sharon, el Sha de Irán, Bush, Blair, etc., y dedica un capítulo a las medidas de protección democrática contra los gobernantes con SH. Para Owen, el SH está indisolublemente unido al poder y alimentado por el éxito electoral, o posicional de acuerdo al ascenso, portación de arma, etc. Lo describe como un trastorno adquirido y reversible (puede remitir al desaparecer el poder sea cual sea el origen), sumamente contagioso al entorno familiar cercano como en aquellos que con la ínfima relación íntima de cama se desenvuelven socialmente con la hipertrofia del yo y la maravilla producida por el consumo profundo de oxigeno con el subsecuente trastorno del pensamiento y de conducta deambulatoria que se verán seriamente afectadas, yendo desde el simple bloqueo telefónico, como la incapacidad de responderlo, omitir el saludo, la gratitud, hasta la suspensión absoluta de la palabra con el cambio obvio de la forma de hablar como la de conducción motora tan simple como el caminado, todo ello mientras se vive el fenómeno de la hiperoxigenación del cerebro producido por la ostentación del poder sea cual sea el origen.

En 2009, el propio David Owen y el psiquiatra Jonathan Davidson proponen que el SH sea contemplado como un nuevo trastorno psiquiátrico, un clúster de síntomas que conforman un síndrome fácilmente reconocible. Recogen los 14 síntomas que lo caracterizan de los cuales cinco son específicos (únicos) del SH. Los demás son similares a los recogidos por el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM) sugestivos de otros trastornos de la personalidad: antisocial (criterio 11), histriónico (criterio 14) y, sobre todo, narcisista (criterios 1-4 y 7-9).

Para llegar al diagnóstico de SH se necesita la presencia de no menos de cinco de los siguientes elementos, veamos:

Excesiva confianza en su propio juicio con desprecio por el de los demás.
1. Autoconfianza exagerada, tendencia a su omnipotencia.
2. Tendencia a no tener que rendir cuentas, sino y tal vez al Creador.
3. La justicia no los alcanza, más bien debe estar a su servicio
4. Pérdida del contacto con la realidad con tendencia al ostracismo
5. Impulsividad, imprudencia, inquietud por sus metas
6. convencimiento de ser referente moral
7. propensión a la teatralidad
8. Modo del mesías de hablar sobre temas corrientes exaltándose
9. Hablan de sí mismo exaltándose ó victimizándose.

Si una persona reúne 5: está con el trastorno bioquímico del pensamiento (base orgánica), del síndrome de Hubris.