Tiempo cuaresmal

Guillermo Fiallos A.

Recién hemos pasado el Miércoles de Ceniza, en el cual, mediante la imposición del signo de la cruz en la frente, recordamos que venimos del polvo y en polvo nos transformaremos; asimismo, este acto nos enfatiza que debemos arrepentirnos de nuestro mal proceder y convertirnos a la palabra de Dios.

Estamos en pleno camino de preparación para la Pascua de Resurrección. La cuaresma representa un período de cuarenta días previo a la mencionada Pascua. Se conecta con el simbolismo que en la Biblia se remarca con el número cuarenta: Jesús y Moisés permanecieron en meditación ese lapso en el desierto; el diluvio tuvo una duración de cuarenta días y el pueblo judío anduvo peregrinando por cuarenta años en un yermo inhóspito.
El tiempo cuaresmal comienza, precisamente, con el Miércoles de Ceniza y se extiende hasta el Domingo de Resurrección.

Los cristianos celebramos en este lapso la pasión y resurrección de Jesucristo a través de cuya inmolación, dio paso a demostrar su amor hacia una humanidad cada vez más esquiva, y que no busca adentrarse en los principios cristianos para redimirse de sus pecados.

En etapas lejanas, durante el tiempo cuaresmal, las personas realizaban un ayuno prolongado de más de cuarenta días, practicaban la penitencia y llevaban a cabo obras de misericordia en favor del prójimo. Hoy, la situación, aunque se conserva en algunas partes, ha perdido la trascendencia del llamamiento a la reflexión y conversión.

En medio del mundanal ruido, ya no tenemos tiempo ni queremos hacer un alto en el camino, para meditar sobre la venida de una nueva Pascua, que conmemora el martirio, deceso y resurrección del Hijo del Hombre. Pasamos muy ocupados tratando de averiguar a dónde nos dirigiremos en Semana Santa, que olvidamos la parte espiritual y trascendental que conlleva este ciclo litúrgico para los cristianos.

El mundo inmerso, cada día más, late en un agnosticismo o desentendimiento de su herencia cristiana, por lo que es común presenciar escenas dolorosas de luchas fratricidas -como la que ocurre en estos momentos en Europa-, y la ambición y sed de poder de muchos; quienes pasan sobre la vida de los demás para conseguir sus propósitos.

Es necesario hacer un alto en la conducta de todos nosotros y aprovechar unos minutos de silencio y recogimiento interior, para pensar hacia qué horizonte estamos llevando nuestra vida y, -queriéndolo o no-, hacia qué lugar brillante o de penumbra arrastramos la existencia de los demás con nuestro comportamiento.

En este tiempo cuaresmal, Honduras, se encuentra en una etapa crítica en la cual se refleja una economía golpeada y con extremas dificultades para salir a flote; con una clase política que no termina de encontrar el rumbo y que expresa, constantemente, mensajes de odio y de división; con una marcada desorientación de liderazgo en todos los sectores, pues no sabemos hacia dónde nos conducen los diferentes líderes que tenemos en escena; y una muestra cotidiana de plena vanidad personal y vivencias de impunidad y corrupción.

Ante todo ese panorama sombrío en el que no se ve una pronta luz, urge que cada ciudadano haga una parada en su camino, y pueda encontrar en ese laberinto de tormentas por el que puede estar pasando su espíritu interior; unos instantes de calma y paz para examinar su conducir y experiencia de vida actual y así, tratar, entonces, de construir un ambiente y una patria mejor para todos.

Es el momento de voltear nuestros ojos y conciencia hacia los evangelios, y enderezar el rumbo de la vida de cada uno. El período cuaresmal es una etapa de bendición que hemos dejado relegada por el materialismo y consumismo que nos rodea y asfixia.

Debemos hacer un esfuerzo en estos días previos a la Semana Santa, para dilucidar qué estamos realizando bien y qué estamos desarrollando mal en la vida de cada quien.

No desaprovechemos este tiempo cuaresmal en continuar viviendo entre espejismos, que no nos llevan a ninguna parte. Es, ahora, la oportunidad de abrir el corazón para tener ese encuentro con el Ser Supremo y actuar correctamente; sin desviaciones ni vicios o malos sentimientos que solo nos retratan como una imagen lejana de Dios.