Juan Ramón Martínez
El asesinato del sacerdote Enrique Vásquez, de la Diócesis de San Pedro Sula ha estremecido al país, y descolocado a los teóricos de la seguridad policial que todavía no aceptan que, el odio entre políticos, que se condensa entre los particulares, ha estimulado la venganza como forma de castigo. Volviéndose frecuente y casi cotidiano. Y que la muerte del popular sacerdote es la primera que ocurre desde junio de 1975 en que en el Valle de Lepaguare, asesinaron a los sacerdotes Iván Betancourt y Casimiro Cypher, a manos del capitán Enrique Chinchilla, agentes del DIN, con el apoyo y la complicidad de los ganaderos de la zona, entre ellos el suegro de la Presidente Xiomara Castro. Es decir que el hecho por donde se le vea, es una señal de alarma, porque no solo experimentamos un crecimiento numérico de la violencia desde que asumieron las nuevas autoridades y la Policía, es dirigida por oficiales policiales; sino que, además, empieza a tener manifestaciones selectivas, como el caso que nos ocupa.
Conocí a Enrique Vásquez, cuando iniciaba sus estudios de filosofía en el Seminario Mayor de Tegucigalpa, donde fui su profesor de historia de la iglesia y, sociología, durante sus primeros dos años, después del llamado “Introductorio”. Era una personalidad atractiva, de palabra fácil y enorme capacidad para contar historias. Me cayó muy bien, porque era de Santa Cruz de Yojoa, donde había muerto el padre Modesto Chacón, originario de Gracias y que, hiciera importante labor en la ciudad de Olanchito. En donde la principal escuela de varones lleva su nombre. Y la mayoría, cursamos allí estudios primarios. Enrique, además, era buen estudiante, aplicado y atento a las lecciones impartidas. Además, destacaba por su liderazgo y su disposición para ofrecerse a dar cualquier cooperación que se le solicitara. El grupo al que pertenecía estaba integrado por 18 alumnos de los que se ordenaron trece. Me enteré de su ordenación por los periódicos, porque Enrique Vásquez no me invitó a tan importante evento para los católicos en general.
Un análisis, a partir de la información que se nos ha dado en los periódicos, indica que no hay duda que es un asesinato, ejecutado con saña y pasión. Lo confirman, seis disparos sobre la cara -mientras el padre estaba consciente- que conocía a su asesino; y que, este quería que el padre Enrique supiera que estaba pagando en un acto de venganza, por alguna ofensa a su asesino. Los periódicos, no dicen dónde fue asesinado. Si fue en el interior de una casa, el análisis debe seguir por la indagación de quienes entre sus feligreses, compañeros o esposos de sus feligresas. Es obvio que, los sacerdotes conocen la naturaleza de las relaciones de las ovejas que pastorean. Y alguna vez, intervienen para mantener la unidad de la familia. Otras tienen que aceptar con dolor, que sus esfuerzos son inútiles. O se inclinan en favor de la víctima. Además, hay que considerar el tema político. Según las comunicaciones con Redondo, presidente de facto del Congreso Nacional, son una clara indicación que el padre Enrique, en sus sermones, atacó intereses muy nerviosos que le consideraron un peligro porque estaba a punto, posiblemente sin saberlo, de denunciarlos. En el clima de odio que priva, el irrespeto a la vida humana, la desconsideración hacia los sacerdotes de parte de algunos antisociales, hacen fácil que cualquiera cumpliera la misión de asesinarlo, siendo un hombre noble y útil, a cambio de unos pocos lempiras. O una pistola automática. Y finalmente, no hay que descartar que en el cambio que se muta entre una pandilla y otra, como efecto del cambio de gobierno, el padre Enrique haya quedado atrapado. Y los que antes eran sus obedientes feligreses, desde el cambio de gobierno, se volvieran sus enemigos, sin que se diera cuenta.
Finalmente, no sabemos cómo estaba vestido cuando encontraron su cadáver. Es obvio que no andaba con la vestimenta sacerdotal. Lo ingresaron como desconocido. Esta información, es básica para saber en qué condiciones se produjo el crimen y llegar a sus autores. Pero solo con lo que nos han dicho los policías, es un crimen de odio, ejecutado por miembros cercanos de la comunidad que pastoreaba, ignorándose las causas o motivaciones. Pero que, el asesino quería que Quique Vásquez supiera, por qué le quitaban la vida.