YA tuvo su toma de posesión el nuevo presidente izquierdista chileno. Con 36 años de edad, el más joven que asume el poder. Aunque la juventud siempre representa un activo reflejo de vitalidad –también, en un ámbito político agotado, percibida como soplo de aire fresco– solo sirve de relumbrón inicial. Requerirá más que de juventud para lidiar con los retadores problemas que enfrenta. Las expectativas son enormes. Sobre qué hacer para enderezar la ruta después de la crisis que terminó echando por la borda un sistema económico que asumían –adentro y afuera– lo más cercano a uno ejemplar. El reclamo por mayor equidad social –violencia en las calles; saqueos, quema de establecimientos y otros daños a la propiedad pública y privada, que duró semanas y que casi tumba el andamiaje político– sorprendió en una sociedad que experimentaba índices de vida comparables a muchos europeas.
El derechista Piñera, arrinconado, para zafarse el bulto convocó una convención constituyente. Encomendaron, a la olla de grillos que eligieron, redactar el nuevo pacto político, económico y social. La convención constituyente inició sus tareas con mística esperanzadora. Sin embargo, en la medida que transcurrieron los meses se fue opacando, en medio de escándalos, desencantos y decepciones. El recién estrenado mandatario ha declarado su compromiso con el proceso constituyente: “Necesitamos una Constitución que nos una, que sintamos como propia”. Sin embargo dudoso que todos esos ingredientes como han rellenado el tamal vayan a ser factor de unidad en una sociedad confrontada. Lo que saquen como fruto, debe ser votado en un plebiscito. La incertidumbre es ¿qué sucederá en una elección donde el voto es obligatorio –hasta ahora la mitad de los inscritos consistentemente evitan participar– y ahora el electorado está obligado a pronunciarse? La elección del joven izquierdista fue una especie de indisposición de los chilenos a las dos coaliciones –la Concertación (centroizquierda) y la Alianza por Chile (centroderecha)– que alternándose, se fueron desgastando en el poder durante dieciséis años después de la restauración democrática. Las desahuciadas formaciones políticas quedaron fuera de competencia. Irónicamente la campaña regresó a la vieja puja entre “pinochetismo” y “comunismo”. La suerte de Boric fue una mezcla de rechazo al pasado indeseable achacado a su contendiente y una apuesta de cambio como solución a los reclamos instigadores de la crisis.
El Ejecutivo no cuenta con mayorías en un Parlamento fragmentado. Tampoco con un respaldo claro de autoridades locales –gobernadores y alcaldes– difuminadas en distintos colores políticos. Debe enfrentar los estragos y secuelas de la pandemia. La inflación alcanza cifras récord con bajos niveles de inversión y de productividad. No hay mucho espacio para subsidios, la receta a la que recurren las izquierdas para complacer aficionados. El país debe crecer sustentado en condiciones de estabilidad y de confianza. Hay problemas de inseguridad –¿qué hacer con los dolores de cabeza de la reforma policial, el narcotráfico y el crimen organizado?–además del problema inmigratorio ya que el país acoge más de millón y medio de residentes. (¿Habrá –se pregunta el Sisimite– un manejo sobrio de las expectativas?).