El Conde de Montecristo

Deseos extraterrestres de Año Nuevo

Por: Otto Martín Wolf

Lo leí por única vez allá en la lejana preadolescencia, cuando la mente de un muchacho de doce años volaba con las aventuras de Salgari, Verne y Dumas.

No existía la televisión, el cine era un lujo que no siempre me podía dar, pero con los libros, con ellos no tenía mucha dificultad.

El trato con la gentil propietaria de una librería (Percy Soto) me permitía leer cualquier libro usado por apenas un lempira y luego traerlo de regreso para llevar otro, también usado y por el mismo precio.

Aprendí muchas cosas, una de las más importantes: no es el costo de un libro lo que determina su valor, es su contenido y, claro, leerlo.

También los padres de un amigo tenían una buena colección de libros, los leí casi todos.

De igual manera, qué bellos tomos empastados en cuero de cabra que una bibliotecaria amiga me prestaba para llevar a casa, confieso que rompiendo un poco el reglamento de la entonces Escuela Superior del Profesorado.

No se necesitan fotografías, efectos especiales, bandas sonoras y todos los artilugios del cine moderno para poder disfrutar a plenitud, basta y sobra con las imágenes que nos da la mente, de los relatos fantásticos pero humanos de aquellos y otros autores.

He comprobado personalmente que los libros desarrollan más la imaginación que las películas o los videojuegos… he pasado también mucho tiempo en todo esto.

Ya de adulto, después de los clásicos obligatorios, me enfoqué más en leer biografías -de autores que no voy a citar para no cargar de nombres que quizá no signifiquen nada para usted- pero los mejores, eso sí puedo decir.

Historias y biografías no solo de personas, sino también de civilizaciones y hasta de mares y montañas, sobre todo eso hay escritos fabulosos, magníficos.

Luego vino la ciencia y me enfoqué en aprender el porqué y cómo de las cosas, tratando de satisfacer una casi inagotable curiosidad, la cual afortunadamente persiste hasta el momento.

Seguí o copié -casi involuntariamente- los estilos de mis autores favoritos, desde Emil Ludwig hasta Stefan Sweig, desde Enrique Jardiel Poncela hasta su imitador Álvaro de la Iglesia, cada uno en un diferente tiempo de mi vida.

Eso me trae al título de este artículo; recientemente alguien me preguntó qué libro podría recomendar para un muchacho que recién empieza a leer, en sus maravillosos catorce años y, antes de que tuviera tiempo de pensar una respuesta, esta brotó de mis labios sin poder evitarlo: El Conde de Montecristo.

Traté de hacer una sinopsis, muy difícil para un libro de más de 1,200 páginas en su edición completa, pero logré transmitir el mensaje.

Ese mismo día Edmundo Dantés empezó a llamarme, no podía sacarlo de mi mente, al igual que al abate Faria y otros magníficos personajes del relato.

Y aquí estoy ahora, volviendo a leer con devoción cada una de esas páginas, tratando de sacar tiempo al tiempo para disfrutar de nuevo, ahora desde otra perspectiva, con la madurez y la experiencia de tantos años.

Ya lo había hecho hace algún tiempo con algunas de las obras de Verne, las cuales se devoran más fácilmente que “El Conde”, pues esta -si bien es del género de aventuras- pertenece a otra categoría.

No estoy seguro si usted lo ha leído o solo ha escuchado que se le menciona de vez en cuando en alguna conversación perdida o en los frecuentes “remakes” que periódicamente llegan a las pantallas.

Es gratis, puede bajarlo en línea y leerlo en su dispositivo, le recomiendo de todas maneras que lo haga, le garantizo que si logra meterse a fondo en la obra, esas 1,200 páginas le resultarán pocas, como me está sucediendo a mí, en esta segunda e importante lectura.

Ya sé el resultado, conozco el final de la novela, recuerdo con alguna claridad lo que sucede, pero aún así y -quizá precisamente por eso y por mi madurez- lo estoy disfrutando mucho más que la primera vez.

Que su mente inquisidora, ansiosa de aprender, no se pierda en cosas simples como Tik Tok, Facebook o los abundantes súper héroes ahora tan de moda.

Lea a Dumas si no lo ha hecho, vuelva a leerlo si ya lo hizo; estoy seguro que disfrutará tanto como yo.

Me despido por este día, El Conde de Montecristo me está esperando y no puedo resistir el deseo de sumergirme en sus páginas de inmediato.

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