Autor: Luis Alonso Gómez Oyuela
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DANLÍ, El Paraíso. A través de la columna de Juan Ramón Martínez de fecha 8 del presente, bajo el título: “Narváez, Puerto Posas”, me enteré de la muerte de Víctor Narváez Bonilla, un distinguido ciudadano que dejó huellas positivas por su pensamiento fecundo.
En el reportaje de hoy haré referencia a don Víctor Narváez Bonilla, y como lo señala nuestro director Adán Elvir Flores, “Narváez Bonilla, ahora es parte de la historia de LA TRIBUNA, fue un asiduo colaborador de la sección Tribuna del Pueblo”. Siempre me llamaron la atención sus escritos, era un verdadero deleite leerlo.
Motivado por el deseo de conocerlo personalmente, una tarde del mes de marzo del 2006 tomé la decisión de hacerle una visita. Por sus últimos escritos originados en Las Mesas, San Antonio de Oriente, Francisco Morazán, no era difícil encontrarlo puesto que la comunidad donde residía estaba a la orilla de la carretera CA-6.

Salí de Danlí después del mediodía, era una tarde calurosa y humeante por los incendios en los alrededores de la transitada carretera. Ya en la aldea, pregunté a unos jóvenes que transitaban por la entrada principal de la aldea si conocían a don Víctor Narváez, ninguno dio razón, no lo conocían. Un hombre de avanzada edad que caminaba lento al escuchar la pregunta me dio la dirección. Minutos después estuve frente a la residencia de quien sería mi invitado de honor para el acostumbrado reportaje dominical.
Mientras observaba las flores del pequeño jardín, apareció don Víctor, esperaba ver un hombre alto de estatura, vestido a la usanza de los campeños de la costa norte, pero fue todo lo contrario, todo un gran señor de frente amplia, estatura mediana, vestido pulcramente y con una elegante sonrisa. Me invitó a seguir: “a qué debo el honor de esta visita”, soy de LA TRIBUNA, quería conocerlo personalmente, me gustan sus escritos continuos en la Tribuna del Pueblo: “no tienen nada de particular, no me considero un escritor”, expresó sonriente.

Fue una tarde muy especial, de aprendizaje porque entrevistar a don Víctor lo consideré un privilegio especial, porque estaba frente a un hombre cuyos méritos los había logrado a base de esfuerzo y voluntad. “Los caminos los hacemos al andar, es lo que hice desde siempre. Nací en la ciudad de La Ceiba en 1930”. Como si quisiera recordarlo todo de una vez prefirió ir al génesis de los hechos más importantes de su vida. “Estudié dos años en el colegio Manuel Bonilla y los restantes en el Instituto Central Vicente Cáceres donde obtuve el título de Perito Mercantil. En 1944 asistí al sepelio de Vicente Cáceres”.
Hasta la edad de 28 años vivió en La Ceiba, trabajó 10 años en la Standard Fruit Company, “luego se me ocurrió estudiar economía y regresé a Tegucigalpa, pero no me gustó la carrera porque aquí siempre le hacen más caso a los políticos que a los economistas. Los economistas dictan las pautas y los políticos hacen lo que les conviene y vi que no me convenía y con mi titulito de perito era suficiente. Durante su peregrinar tuvo la oportunidad de trabajar en la Embajada Americana, “gracias a Dios considero que esto de los idiomas es como la música, un don que se trae y para el idioma salí bastante bueno”, indicó. Su último trabajo fue en la Escuela Agrícola Panamericana por espacio de 30 años. Fue jubilado a los 59 años.

Durante aquella larga y amena conversación le pregunté: ¿A usted le gusta escribir? “Hice mis pinitos escribiendo deportes, pero nunca me publicaban nada, en aquel tiempo los espacios estaban reservados para los grandes, claro que tenían más enjundia. Don Oscar Flores abrió una ventana a la democracia: “La Tribuna del Pueblo”, allí comencé y lo primero que hice fue hacerle una crítica a don Oscar, más bien criticando una crítica de él, de que había mucho feriado en Honduras, y le dije que cuando él fue ministro decretó que no se trabajara el sábado en la tarde porque ese es el feriado más grande, imagínese son 26 días al año y le comenté que parecía que desde la llanura se miraba mejor el panorama que desde el gobierno. Me dije a mí mismo, si me lo publican, sigo escribiendo y sino hasta allí llego, pero por desgracia me lo publicó y ahora la gente no me aguanta escribiendo”.
Así era don Víctor, intenso, franco, ameno conversador. Se definía como un hombre de ideas abiertas y criterio definido. “De hecho tengo mi propio criterio y la prueba está que después de azules y colorados apareció otro partido el Pinu y fui uno de sus militantes, porque había sido fundado por dos prominentes ciudadanos. Los tradicionales se hicieron con sangre, pero este nació del cerebro, pero parece que puede más la emoción que el raciocinio, así que aquí no hay partidos cerebrales porque pueden más abuelitos. A propósito de abuelos, yo nací cachureco, soy nieto de Manuel Bonilla. Milité brevemente tiempo en el Pinu y volví a ser cachureco”.

Durante la entrevista, recuerdo algunas de sus frases célebres muy propias de su personalidad: “Después de la huelga bananera los trabajadores ya no bebían guaro solo coñac, ese era el pan para sus hijos. Escribo temas que no ofendan a nadie. No abrir la boca cuando está enojado y cuando está bajo el agua. No escribo cuando estoy enojado. No me gusta escribir sobre lo que otros escriben. Los amigos se decepcionan cuando escribo cosas serias, dónde está el chiste, nunca lo encontraron porque no lo escribí. Cachureco por abolengo, voto por el mejor, nunca por uno inferior a mí. Mi abuela de 250 libras debería figurar en las páginas de la historia porque sacó a Ramón Amaya Amador a empujones de una cantina”. Ese era don Víctor Narváez Bonilla. Que en paz descanse.


