LOS pensadores lógicos de la antigüedad, sostenían que era imposible que coincidieran los contrarios en el mismo objeto y en el mismo momento. Aquella tesis fue modificada por teólogos medievales y por un pensador alemán moderno, quien creía que la unidad de los contrarios era real, y que en la lucha de los antagónicos aparentemente irreconciliables, era posible la reconciliación por dos vías: Por la superación del conflicto vía negociación e identidad de los contrarios en pugna. O por el aparecimiento de un tercer fenómeno como producto de la fricción de los antagónicos desgastados. Esto para ponerlo en un español más o menos accesible.
Pero ocurre que, en la vida cotidiana, y sobre todo en momentos de guerra, los líderes históricos enzarzados en una pugna feroz, levantan la bandera de la imposibilidad de la negociación y la reconciliación. En vez de imaginar, con inteligencia, las posibles soluciones para encontrar otros caminos y otros cauces, los líderes son atizados por individuos o grupos cercanos que piensan igual que ellos. O por sus mismos adversarios que renuncian de antemano a los arreglos civilizados, en tanto que sus fijaciones mentales imposibilitan el diálogo sincero y los acuerdos. Lo único que se les ocurre es que el poder se combate con el poder o con la coerción infernal, aun cuando el panorama final se vislumbre para todos como algo desértico, tenebroso o estéril.
Durante la “Primera Gran Guerra” los soldados de ambos frentes hacían pausas al margen de las órdenes de sus jefes, estos últimos más interesados en la carnicería de trincheras casi inmóviles que en ganar alguna batalla. Incluso habían desarrollado, los humildes soldados, cabos y sargentos, un mecanismo para avisarse entre ellos, unos minutos antes de cada ataque, a fin de evitar un mayor número de muertos. En épocas navideñas paralizaban los combates habida cuenta que dentro de las trincheras amigas y enemigas casi todos eran cristianos. Tal es una muestra contundente que los contrarios antagónicos pueden reconciliarse sobre las bases de la gente humilde, al margen de lo que piensen sus jefes superiores, obnubilados e intransigentes.
En el contexto de la “Segunda Guerra Mundial”, en el lejano frente oriental, los comunistas chinos y los nacionalistas del Kuomintang, fueron obligados por la Unión Soviética y los Estados Unidos a deponer sus terribles diferencias con el propósito de organizar un frente común contra los invasores guerreristas de Japón, que parecían indetenibles en todo el sudeste asiático. Con gestos agrios y poco amigables, tanto Mao Zedong como el generalísimo Chian Kai-shek, unificaron sus fuerzas, combatieron y contribuyeron en el difícil proceso de expulsión de los japoneses.
Naturalmente que hablamos aquí de dos guerras mundiales en donde la amenaza atómica real, era casi inexistente. Cuando en la actualidad se hacen comparaciones históricas con guerras catastróficas del pasado, se suele olvidar que ahora mismo la especie humana podría estar en peligro de destrucción y extinción total, y que en consecuencia cualquier resultado de una guerra es absolutamente impredecible. Aquellos que pasan atizando la hoguera de las diferencias de los dos bandos en pugna, pierden de vista que está en peligro la sobrevivencia humana, y que los orgullos personales, nacionales y las fijaciones mentales ideológicas de los dirigentes salen sobrando.
Este es un momento crucial planetario en que vale la pena reflexionar sobre la marcha; pero con profundidad vital. Cualquier ligereza alimentada por el rencor y la megalomanía estéril, podría conducirnos a la autodestrucción de la especie humana, de la cual han hablado los expertos en psicología. Aquellos que se pronuncian todas las semanas sin ningún tacto, es evidente que jamás han estudiado el tema de las guerras, mucho menos el capítulo particular de las explosiones nucleares y sus fatales consecuencias tecnológicas y humanas. Detengámonos a meditar. Tal vez todavía quede algún tiempo.