LETRAS LIBERTARIAS
Por: Héctor A. Martínez
(Sociólogo)
Dicen que la guerra es la medida de los hombres. No sé quién lo dijo, pero eso no importa. Quien haya acuñado el pensamiento no deja de tener razón, porque las posturas que asumimos frente a las matanzas colectivas desnudan claramente lo que se anida en el alma de cada uno.
Tengo en mi haber un par de obras de la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015 Svetlana Alexiévich, autora, entre otros libros, de “La guerra no tiene rostro de mujer” que narra de forma vívida la tragedia que tuvieron que soportar las valientes mujeres rusas -y ucranianas, por supuesto-, al defender a la Unión Soviética contra los invasores nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Desde el comienzo de la cronografía, uno no puede dejar de sentirse perturbado por los testimonios de las mujeres que cuentan de los horrores de la guerra, de las secuelas que las marcaron de por vida como el fierro en la piel del ganado. De padre bielorruso y madre ucraniana, Alexiévich ha criticado fuertemente la aventura de Putin en Ucrania, al grado de bautizarle como “Red man” un “Hombre rojo”, en una clara alusión al resurgimiento del “sovietismo” en su versión fascista. Y ese no es ningún contrasentido: “Putin es un loco -ha dicho la Nobel-, y el mundo no puede depender de un loco que habla con facilidad de una guerra nuclear”.

Como Alexiévich lo ha dicho bien, es un deber de la humanidad frenar la locura guerrerista de Putin para evitar un desastre mayor. La esencia que se parapeta detrás de la invasión rusa a Ucrania, que es la muerte y la destrucción, no debe estar sujeta a las posturas ideológicas ni requiere de sesudos análisis académicos. Habrá tiempo para los ensayos, una vez que las cosas hayan vuelto a la normalidad.
Hay quienes brotaron a favor del ataque a Ucrania con mucha confusión ideológica. Así, mientras algunos izquierdistas prefirieron callarse cuando les dijeron que Putin era más bien un fascista y no rojo, saltaron los derechistas a tomar la estafeta mediática, elaborando una extraña cronología de los acontecimientos, que cuenta de neonazis y terroristas prohijados por el presidente Zelenzky. Un “indignado” Vladimir Putin -argumentan en sus doctos escritos-, no tuvo más elección que meter su artillería, arrasar poblados con todo y almas inocentes, en nombre de la “liberación” y el orgullo ruso.
Otros menos, los más indecisos, han optado por la superficialidad filosófico-cristiana, haciendo un llamamiento insustancial por la paz solo para evitar los conflictos con los demás. Los asesinatos provocados en nombre de la grandeza de una nación -empeño hitleriano y estalinista-, no es cuestión de medias tintas ni medias verdades, ni requiere de disquisiciones filosóficas que apenas rozan el perímetro del problema. Las posiciones timoratas no hacen más que exhibir la impasibilidad del espíritu frente a la muerte y la destrucción. Mientras elaboramos abstracciones sobre el Devenir del mundo, millones mueren o son extrañados injusta e injustificadamente de su tierra natal.
Las muestras de solidaridad y de condena contra la invasión rusa, es un acto de responsabilidad frente al miedo; no debe ser el producto psicológico de los “mainstream” ni un acto de “filisteísmo” como les llamaba Vladimir Nabokov a quienes seguían tendencias solo para estar con la moda. La invasión rusa a Ucrania debe servirnos para darle lustre urgente a nuestra consciencia y para ubicarnos en la realidad del mundo. Porque se trata de vidas preciosas, de millones de seres humanos que han quedado sin hogar en Ucrania o desempleados en Rusia por las medidas coercitivas que los demás países han aplicado contra el régimen de Putin. Y eso no debemos admitirlo.
Al protestar enérgicamente contra esa sangrienta invasión, sentamos un precedente para evitar las agresiones futuras en cualquier parte del mundo, pero también para reescribir la historia. No podemos admitir que la idea de ir matando inocentes sobre la base del resurgimiento de los imperialismos y de los odios culturales tenga cabida en el siglo XXI como bien lo decía Svetlana Alexiévich.