CARO Y NO HAY AHORRO

COMO aquí la costumbre es que la atracción a un escándalo no dura más de unas semanas, algunos van a reclamar la insistencia con la misma guerra. Algunos otros, como hace días perdieron la secuencia, han de creer que la guerra ya terminó. Pues no. “Rusia amplió su ofensiva militar en Ucrania atacando, por primera vez, objetivos cerca de aeropuertos en el oeste del país”. “Mientras, las fuerzas rusas se están reagrupando al noroeste de la capital según mostraron imágenes por satélite”. Se presume que Moscú podría estar planeando un asalto a la ciudad en pocos días. Con los tanques rusos a las puertas de Kiev, Biden sostuvo una conversación telefónica con su homólogo Zelenski. Le expresó su apoyo al pueblo ucraniano. No interviniendo en el conflicto en forma directa, como no lo hará ninguno de los miembros de la OTAN, sino imponiendo más sanciones y enviando ayuda humanitaria.

Ahora bien, atinente a lo que afecta la economía doméstica. El crudo, que de los $130 el barril a que estuvo el domingo pasado había caído a $108.7 rebota a $113.72. En el año 2008, antes de la crisis financiera, los consumidores norteamericanos llegaron a pagar un récord de $4.10 el galón. Hoy lo rompieron. El promedio anda por $4.33 el galón. Sin embargo, cada vez que dan una noticia de última hora, repercute en la incierta volatilidad. Como decíamos ayer, en varias ciudades de los Estados Unidos los precios oscilan en el rango de los $5 y los $6 y hasta $7 el galón de premium. Dirá el lector que ya son varios los editoriales tocando el mismo tema. Sin embargo, es bueno recordar que mantenemos sintonía a las fluctuaciones ya que –como anticipamos– es lo que mayor efecto tiene y seguirá teniendo sobre estos pintorescos paisajes acabados. ¿Qué hacer con semejantes sopapos que mantienen a los consumidores locales atolondrados con cada viaje que hacen a la bomba de gasolina y cada vez que reciben el recibo de la luz? Como decíamos ayer, el debate no debe versar solamente sobre la misma cosa política de siempre. Debería enfocarse en los verdaderos problemas que, día a día, aquejan a la gente. Alguna iniciativa interna habría que emprender, aparte de la cómoda resignación que se trata de problemas exógenos sobre los que nada o poco pueda hacerse. Una campaña de concientización al público de ahorro de combustibles y de energía eléctrica. Ensayando si, a fuerza de mucho necear y de educar, puede influirse sobre los pésimos hábitos de consumo.

Sin embargo, –por alguna razón inexplicable– pareciera que no hay mayor interés de economizar. A pesar que todo el crudo es importado y la factura petrolera cuesta un ojo de la cara da la impresión que la afición se encuentra a gusto derrochando lo caro y despilfarrando lo inasequible. Pésimos resabios. Más ahora que las empresas lastimadas durante la crisis todavía no dan señales de recuperación. Ni indicios que siquiera vayan a reponerse los trabajos perdidos. Toda esa gente que quedó en la calle cuando hicieron drásticos ajustes para sobrevivir, reduciendo sus costos de operación. Desde entonces lejos de recibir alicientes que la reanimen les han subido las cargas. De no haber reversión de esa tendencia no se repara la fracturada columna vertebral de país. Ello es, la infraestructura productiva dañada. Y sin fuentes de trabajo generando empleo ninguna explicación o advertencia parará los flujos migratorios. Un trabajo digno, no regalías pasajeras, es lo que representa ingresos a los raquíticos presupuestos familiares. (Está bien que se insista –opina el Sisimite– en esos feos hábitos de consumo y en la displicencia de corregirlos. Aunque sea como hablar con las paredes).