Por: Jorge Raffo, embajador del Perú en Honduras
El Caribe centroamericano, imbuido de los criterios de la Ilustración e impactado por los principios de la Revolución francesa, es el escenario de las luchas de los imperios europeos en ascenso contra el español que está en declive. El territorio y sus mares son disputados fieramente desde finales del siglo XVIII e inicios del siglo XIX bajo métodos que implicaban una intensa movilización de hombres en edad de batallar, así como una definición política de numerosos grupos sociales que debían calibrar su lealtad por uno u otro bando. Muchas de esas decisiones sociales se apoyaron en criterios de identidad étnica vigentes en esa época (Rueda, 2009).
Numerosos afrodescendientes jurídicamente “libres” -expresión virreinal utilizada para diferenciarlos de aquellos sometidos a esclavitud- se adscribieron a la causa independentista latinoamericana con la esperanza de alcanzar a participar en una sociedad inclusiva e igualitaria. Desde 1789, los afroamericanos del Caribe centroamericano se convierten en agentes perturbadores del orden colonial. El papel representado por Haití y Jamaica en las iniciativas políticas que se gestan para separar las latitudes centroamericanas del dominio de Madrid se ve ejemplificado por la aventura de los hermanos Bocé o Bogé.
Los hermanos Jean Gaspard y Agustín Bocé o Bogé, corsarios franceses, ambos mulatos, en 1799 participan en un intento revolucionario en Maracaibo, Venezuela, dirigido por el patriota Francisco Javier Pirela pero este es capturado unos días antes de la fecha del golpe, lo que permite a las fuerzas del rey arrestar a los dos capitanes junto a los setenta y ocho tripulantes de la naves “Bruto”, “Patrulla” y “Arlequín”. Fueron encarcelados en el castillo de Panamá donde purgarán condena por varios años hasta que, en 1806, el embajador de Francia indagó “si los hermanos Jean Gaspard y Agustín Bocé han sido puesto en libertad”. La respuesta que recibe Talleyrand, ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón Bonaparte, indica que sí han sido liberados, pero que los tres barcos permanecen confiscados (Manzanilla, 2011, citado por Puigmail, 2013).
Sus segundos comandantes Juan María Gautier, mulato francés originario de Puerto Príncipe, Jacob Gomes segundo a bordo de la nave corsaria “Bruto” y Antoine Duple, mulato haitiano, tuvieron otro destino, junto con una veintena de marineros franceses fueron condenados a servir “con grilletes en las obras portuarias de Puerto Rico” (González, 2010, citado por Puigmail, 2013). Duple protagonizaría después una fuga rocambolesca de prisión, pero es recapturado en la confusión de una gresca -que nada tenía que ver con él- en la cantina donde se ocultaba mientras esperaba la nave que lo llevaría fuera de Puerto Rico.
Los agentes napoleónicos desplegados en la convulsa Hispanoamérica sacan importantes conclusiones de los hechos protagonizados por los Bocé y su fracasada tentativa libertaria. Ahora perseguirán un doble objetivo, cumplir con el bloqueo continental decretado por París contra los británicos -usando para ello naves corsarias que afecten el comercio inglés en las aguas del Caribe centroamericano- y, al mismo tiempo, facilitar el trabajo de las fuerzas patriotas insurgentes debilitando a las tropas españolas en tierra.
A sus cuarenta y cinco años, Jacques Anastase Desmolards ó Dumoulard, recibirá el encargo de crear y mantener la red de agentes secretos al servicio de Napoleón. En 1809 se establece en Baltimore, desde donde dirige una red de espías e informantes en toda América, en particular en México donde cuenta con varias decenas que están a sus órdenes. Es considerado como el instigador de los primeros movimientos en Cuba, a partir de fines de 1809. Desmolards seguirá trabajando en labores de espionaje hasta 1811 en que es reemplazado por otro oficial napoleónico, Anasthase d’Amblimont quien destaca a dos de sus mejores agentes, François Louis Delpech y Charles Demarquet, a colaborar con los patriotas en el istmo y Nueva Granada. El primero buscará apoyo a la causa napoleónica vía Panamá e intentó, en retribución, que París asignase “(…) 20 oficiales de artillería, 6 jefes de talleres, 8 impresores, 4 maestros mineros, etc.”. (De Gandia, 1955), en total ochenta y seis especialistas para las fuerzas insurrectas de los patriotas; mientras que el segundo estará al lado del Libertador Simón Bolívar en la entrevista con el general José de San Martín, el 26 de julio de 1822, en Guayaquil y que decidió la suerte de aquella ciudad como parte de la Gran Colombia. Simón Bolívar dirá de Demarquet que “(…) no sabe mentir o calumniar, yo lo creo leal y sincero” (Barrios, 2002, citado por Puigmail, 2013).
El mejor ejemplo de esta estrategia de desestabilización de las fuerzas terrestres de la metrópoli en Hispanoamérica fue el acuerdo impulsado por Delpech, Fajardo y el propio Napoleón en 1813 que comportaba la promesa de enviar una expedición en apoyo de los patriotas desde Francia. Los reveses de la “Grande Armée” y el primer destierro de Napoleón a la isla de Elba impedirán la concreción de este compromiso. Vistos los hechos en su conjunto, la expedición de los Bocé fue el toque de diana de la presencia de convicciones revolucionarias y napoleónicas entre los afroamericanos, traducidas en acción.
Estudios recientes (Zapata, 2009; Ferreira, 2009) apuntan a poner en valor la participación pionera de afrodescendientes en los movimientos libertarios en épocas precursoras tan tempranas como en la última década del siglo XVIII. Y como expresa Puigmail (2013) “(…) no es extraño entonces verlos involucrarse en los primeros movimientos independentistas al lado de Francisco de Miranda en particular, apoyar a Simón Bolívar al momento de su exilio en 1815-1816 y, luego, integrar los ejércitos emancipadores”.