Rolando Kattán: XX Premio Casa de América de Poesía Americana

Prólogo
JOAN MARGARIT
(Premio Cervantes)

Cuando, en 2013, José Emilio Pacheco y yo recibimos en México el Premio Poetas Latinos, conocí a Rolando Kattán y su poesía. Entonces era un hombre joven con una pasión ya sorprendentemente madura por un mundo cuya exploración él ya había comenzado, aparentemente, con un impulso y una mirada de viajero. Pero, desde nuestra primera conversación, supe que todas las exploraciones de la vida que había iniciado aquel poeta hondureño venían de mucho más lejos que del viaje y del mundo: Rolando venía desde ese misterio mucho más profundo que es el ser poético, que lo que explora incansable no solo es el mundo físico y sus ciudades, sino la vastedad de la propia vida, por la que él transitaba apasionadamente acompañado por todas sus lecturas, de Virgilio a Neruda.

He hablado largamente con Rolando en mi propia ciudad, esta Barcelona a tantos miles de kilómetros de Honduras, he visto al viajero que, en realidad, es poeta siempre y en todo lugar, un poeta cuya palabra puede ser apasionada y, a veces, cruel, de tan dura, como en estos versos que hablan de la ciudad y sus viejos restos de raíles o rieles:

Es mentira que todo nos transporte a la muerte.
Como muda la ciudad su suelo de tranvías,
emergen los revenos de esos fierros viejos.
En la avenida aledaña a la Plaza Bolívar
subsisten solamente las vidas que perdimos.

Palabras que pudieron haberse dicho en el poema donde habla de la madre del poeta:

Un naufragio es seguro –me decía–
carga contigo siempre el horizonte.

O en el propio poeta sobre la poesía:

Solamente el agua conoce el camino a casa.
La poesía cae como un balde de agua fría sobre las criaturas. Se disuelven las preguntas y fluye sin agua el tiempo por el grifo…

Porque la poesía de Rolando Kattán no termina nunca de sondear sus propias honduras, con humor incluso, como en este «Apócrifo de Noé»:

Sale del agua
como el hombre del baño
un nuevo mundo.

De forma silenciosa y modesta, pero imparable, la poesía no lo ha abandonado nunca y el XX Premio Casa de América de Poesía Americana hoy reconoce la fuerza de sus versos.

San Just Desvern, 6 de octubre de 2020

A DOS SANGRES
Vengo de una ascendencia de quietud
y los marineros en movimiento;
mezclo el salitre del mar con el canto de un mirlo.
En una sola herida de sangre colisiona
la serenidad y el desasosiego.
Si enmudezco y maduran las palabras
es la voz de un olivo en su callada semilla.
Soy la incertidumbre entre el escondite o la espada,
luz amarillenta en los semáforos del mundo,
quiero servir tu café en el futuro o adorarte
—como a un ícono— en un portarretrato.

FUNAMBULISTA
En las esculturas de Giacometti
una mano, en contraste con las mías,
es consciente del brazo que la tiene.
De ese dominio se nutren los cuerpos.

No son funambulistas, lo perece,
el equilibrio es un título de propiedad.

Aprendí del traspié y de la caída,
me edifiqué en movedizo silencio,
dejé mi suerte en la ignorante palma
que echó los dados desde mi brazo a la cabeza.
Perdí mi reino y cuento las saudades.

La mano recupera la conciencia
y comprende que un dedo entumecido
es una epístola del corazón.

Florece dentro de mi otro esqueleto
como una escultura de Giacometti.
Una sombra en la cuerda de la vida.

TRANSMIGRACIONES
Y cada flor me cuesta una herida

LUIS DE GÓNGORA
En el jardín teníamos lirios de los valles,
condenados a mirar la hormiga y no la estrella.
Con pequeños vocablos los cuidaba mi madre,
musitaba a la flor y les dejaba un cariño.
En las flores ella sentía el ojo de Dios.

La muerte no es un aliento fulminante
que te empuja al abismo de tus fosas nasales,
a veces simplemente el ovillo se termina
y renueva el hilván un aburrido alfayate.

Florecen todavía los lirios en el patio
y en la flor ahora encuentro el ojo de mi madre.

ESTIAJES
El recuerdo no era un río.
Un trago tal vez campea
embustero por su cauce.
Un poema, con harapos
del caudal. Un beso, como
la muda de una serpiente,
desciende de la montaña.
No reconozco las piedras
en donde reñí a la vida.
Hay pedazos, no paisajes.
El recuerdo no era un río,
el ojo sí fue una grieta
todo se drenó en el llanto.

EFECTO CORIOLIS
A Xavier Oquendo
En los límites de Quito
se arremolinan tres pétalos en un embudo.
El sur hechiza la marcha del tiempo
y el patio de la infancia acaricia mi carne.
Vertida sobre el ecuador
parece el suero al pie de la cama de un enfermo;
no hay remolino y sedienta la engulle la tierra.
Un metro al norte
y el remolino adelanta los relojes,
me hipnotizan sus círculos concéntricos,
caracolillos de agua que alcanzarán mi tumba.
Después se arremolinan tres mundos en el tiempo
y a nosotros nos sucede lo del agua.

LOS POETAS POLACOS
De alguna forma la intimidad del agua disolvió la actitud en fuga del camino. Los senderos se multiplican como un vaso de agua estrellado contra la noche. Los poetas polacos se acomodan y brillan contiguos a La Cruz del Sur. Cracovia tiene ahora una avenida asegurada a mi pecho. Todos los barcos de Danzig navegan hasta mi muelle. La inercia es una abeja que dejó de zumbar en el horizonte. Cada llave abierta me repite un verso de Różewicz: La más tangible descripción del pan es una descripción del hambre. El error fue no girar el mapa. Darle al norte un sueño con nombre propio. Herbert descubrió el engaño, vivimos dentro de un armario y las polillas son, en verdad, los cometas que nos sobrevuelan. Ahora un cisne negro ocupa el lugar del cancerbero y aconseja: nunca un disparo atravesó un poema de Szymborska. La poesía es más de fiar que un chaleco antibalas. También lo es más que cualquier sendero. Por ella se hace posible volver a casa. A salvo. Todos los caminos ahora son de regreso.

LOS CISNES NEGROS
En la isla de Pascua hay un recorrido de moáis sobre la ladera de la cantera volcánica.
Estas piedras gigantes dispuestas en mi andar imitan pasos rítmicos de un endecasílabo:
No construyas castillos en el aire.
Son vocablos que se juntan, uno detrás de otro, como palabras que al azar fijan un soneto.
No construyas castillos en el aire.
Su rostro parco y antiguo, apenas familiar, reforzaba la voz del volcán que repetía:
No construyas castillos en el aire.
Piedras bajo el paso de mi zapato:
los cisnes negros viven en Australia.

LAS LEYES DE MENDEL
No gozaré, según las leyes de Mendel,
de esa salud espigada que alcanzan
con la vejez los músicos austríacos.
La enfermedad es un vestigio del amor.
Un movimiento lento
en la remota sinfonía de mi origen.
El gran viaje, como precisaba mi madre.
Un naufragio es seguro —me decía—
carga contigo siempre el horizonte.