OTRA acusación constitucional en el Congreso peruano –para decidir su destitución mediante un juicio político– contra el mandatario. De la primera, a pocas semanas de haber asumido, se salvó por un pelito y esta sería la segunda amenaza que se cierne sobre su gestión. Es la vaina de no tener un Congreso afín con el cual entenderse. Aunque, aparte de ello, su gobierno entró como caminando sobre arenas movedizas. No es que allá, tampoco, sean partidarios de dejar que los jefes de Estado terminen su mandato. No hay chunche que les acomode. Es el quinto presidente en los últimos cinco años. Los gobiernos surcan los espacios en piloto automático. El Ejecutivo pareciera navegar en un barco de papel, sin rumbo cierto, en medio de aguas turbulentas. Esta sería su tercera baraja completa del gabinete. Los dos anteriores fracasaron. Ha tenido que reemplazar a 12 ministros, incluido el presidente del Consejo de Ministros, que a su vez fue sustituido sin tener dos meses de haber asumido el cargo.
Las carteras de Educación y del Interior pasaron a manos de tres personas cada una. Ni mes y medio han durado los funcionarios en sus despachos. Con la renuncia de su último ministro del Interior por roces con la cúpula policial, este sería el cuarto que pone. De gabinetes de la extrema izquierda, cumpliendo exigencias del jefe de su partido, –a quien atribuyen las “extremistas ideas retrógradas en lo social”– y de sacudidas virtud de los escándalos, optó por figuras de la izquierda moderada. Y uno que otro más al centro –en las esferas económicas y financieras– probando infundir confianza a los inversionistas y a los entes financieros internacionales. La vaina para el profesor de sombrero de paja de ala ancha es que su aceptación en la opinión pública –no que fuese muy alta al principiar– se ha desmoronado. (A eso nos referimos por legitimidad, o sea el respaldo del soberano al poder que lo gobierna y su capacidad de convocatoria. Aún cuando no se duda de la legalidad del gobierno, las cosas se complican cuando se pierde legitimidad). Es lo que sucede en estos encendidos parajes tropicales. Según el artículo 117 constitucional “el presidente solo puede ser acusado durante su mandato por causales muy específicas como traición a la patria, impedir elecciones presidenciales, parlamentarias, regionales o municipales, disolver ilegalmente el Congreso o impedir su funcionamiento”. Sin embargo, para incoar causa contra otras víctimas, –achacándoles haber recibido supuestos sobornos como sucedió con PPK y con Vizcarra– han recurrido a la figura de la vacancia presidencial por “permanente incapacidad moral”.
Los parlamentarios –repitiendo la queja de varios ministros que han dimitido– se quejan que la falta de acción presidencial mantiene la administración empantanada. “Algunos le han pedido que renuncie, que no está a la altura del cargo, que le quedan grandes los zapatos”; y un agregado nuestro, pero no el sombrero. De momento Castillo ha salido con otra remodelación del gobierno, la segunda en apenas seis meses. Esto después del cisma entre su exministro del Interior, a quien, enfrentado con el jefe de policía, Castillo no le respondía ni los mensajes por lo que acabó yéndose. Su primera ministra que intentó mediar tampoco fue escuchada. También le puso la renuncia. Otro de sus ministros, un economista, considerado de los más sólidos de su gobierno, colgó un mensaje en redes sociales anunciando que “se ponía de parte de los que exigen más contundencia contra la corrupción”. “No ha habido semana en la que no haya crisis, un escándalo o la dimisión de alguno de los ministros después de cometer una torpeza”. El presidente –quien ha de sentirse bastante solo– anunció por Twitter la remodelación de gabinete. (Mejor solo –escribió el Sisimite en la pared de su cueva– que mal acompañado).