HAY una forma y un fondo subyacente en el abordaje de todo problema. La forma –aunque algunos dirían que no tiene el mismo grado de importancia al fondo de lo que se discute– en muchos casos, posiblemente sea lo que viabilice o complique la solución. Un ejemplo. A la gente que integra un grupo de protesta exigiendo cualquier derecho que dice tener, el trato que recibe de la autoridad es tan sensitivo como el tema que pretenden tratar. Si la respuesta a su exigencia es mandarlos al carajo dizque “por revoltosos” o echarles encima los antimotines “para que vayan aprendiendo lo que es canela” y les diluyen la manifestación a garrotazos y gases lacrimógenos, posiblemente el uso de la fuerza lo que consigue es caldear más los ánimos exaltados de los quejosos. Si, por el contrario, al enterarse del plantón, la autoridad dispone –como han hecho el expresidente y la Presidenta en funciones– abrirles los portones de la Casa de Gobierno e invitarlos a dialogar pacíficamente y en términos respetuosos, ese solo gesto es capaz de producir un efecto apaciguador.
En la medida que pasen los días la administración que recién se estrena va a irse topando con una variedad de bombas de tiempo de distinta naturaleza. Unas –como la ENEE– de altísima capacidad detonadora. Muchas de esas cargas de dinamita implican la erogación de recursos con los que seguramente no cuenta la tesorería. No es secreto alguno la gravedad de la crisis del déficit como la iliquidez para hacer frente a tanto compromiso. En sus últimas sesiones los diputados oficialistas en el Congreso Nacional metieron –como quien prende candela a un torofuego– un chorro de decretos cargados de obligaciones financieras sin proveer las partidas de financiamiento de gastos. Que vean los que vienen –presumiblemente fue la pensada política– cómo se las arreglan. Digamos. Bien pudieron haberle resuelto su exigencia de plazas permanentes a las enfermeras por contrato, a los empleados de primera línea de salud, a los maestros PROHECO –entre otros– mucho tiempo antes, durante administraban la cosa pública. Pero no. A los maestros PROHECO, por años los han tenido en un limbo indigno que no saben “si son de aquí o son de allá”. Les pagan cuando les ronca la gana. Pese a la innegable entrega y dedicación, de todos ellos, al cumplimiento de sus quehaceres educativos. Ese proyecto de autogestión ha sido uno de los más exitosos en las zonas más vulnerables del país. Muchos de esos maestros se las ingeniaron –más allá de las fronteras del deber– para que sus alumnos en la ruralidad recibieran el pan del saber cuando la pandemia truncó el sistema formal educativo limitándolo a impartir clases virtuales.
Igual sucedió con muchos profesionales y empleados de la salud, con las enfermeras por contrato, también en ascuas de si iban a ser recontratadas o perdían su empleo. Meses enteros trabajaron sin recibir salario esperanzadas que en algún momento les dieran plaza e hiciesen efectivo los sueldos atrasados. Al inicio de la pandemia, y por demasiado tiempo, trabajaron con la sola fuerza de su vocación. Con el único recurso de su voluntad de servicio, atendiendo la necesidad ajena, porque no contaban con los insumos básicos, ni la indumentaria sanitaria para protegerlas del contagio. Algunas pagaron con su vida y otras salieron contagiadas. Lo anterior que relatamos, es el fondo de su reclamo. Nadie puede rebatir que no sea justa la exigencia. Solo que esos decretos de plazas y de permanencia los sacaron con interés político –como quien se sacude un estorbo– ya de salida, cuando lo que hubiesen hecho, es ofrecer siquiera ese estímulo a servidores tan necesarios, desde que comenzó la crisis sanitaria. (También el Sisimite ha estado aconsejando de choto durante mucho tiempo. Pero como aquí no hacen caso, poco importa la forma o el fondo).