General y abogado J. Wilfredo Sánchez V.
Una rueda bullanguera de cipotes nos arremolinábamos alrededor de una pista de jugar “la tencha”, tres agujeros redondeados con el talón de los pies descalzos y una línea de partida desde la cual lanzábamos los maules al primer agujero, un compañero lanza un balín de acero, los demás nos sublevamos protestando, -no se vale- eso es injusto porque nos quiebra los maules a los demás y nosotros no podemos hacer nada -eso no se vale porque es ilegal-, -así no se vale- ya no juego. Y las protestas siguen en aquel coro de chigüines.
Sin tener idea de lo que es ley o justicia, es normal que desde niño se reclama que en el juego debe ser con reglas iguales, que nadie imponga ventajas sobre los demás, a esto lo entendemos como juego limpio.
Todos aquellos actos que causen efecto jurídico, que mande, permita o prohíba algo, debe hacerse observando lo que dice la norma emitida legalmente, o sea, de acuerdo a lo que dicta la Constitución. La ley es el escudo, el blindaje que salvaguarda al ciudadano de los excesos, caprichos o arbitrariedades de la autoridad de quienes ejercen el mando delegado por el poder soberano, el pueblo. Esto es el principio de legalidad, el que, en forma general implica que todos los poderes públicos y los ciudadanos están sometidos a la ley, y que solo pueden hacer lo que está permitido y abstenerse de hacer lo que prohíbe la ley. El principio de legalidad actúa junto con otros principios generales del derecho. A su vez, legitima la actuación del Estado al sujetarse este a las mismas leyes que la ciudadanía.
Desgraciadamente en nuestra Latinoamérica es una pandemia el virus llamado “el Estado soy yo” como lo instituyó Luis XIV, cuando se dilucidaba el depositario de la soberanía del Estado, y los ilustrados del momento eran del criterio que el soberano era el “regnum”, o sea el Estado y no el “regis” o soberano, y es que era una monarquía absoluta, reunía en sus manos las funciones administrativas, legislativa y los jueces dependían de su nombramiento y respondían ante él, nada escapaba a su poder, el bastión de su autoridad y para su permanencia en el poder era un ejército permanente, con exigida lealtad al monarca y no al Estado o a la nación; Hitler, más tarde, igualmente, en un régimen despótico totalitario controló todos los poderes y pidió a su poderoso Ejército el juramento de lealtad, no al Estado alemán, sino a él, al dictador. La lealtad de las Fuerzas Armadas debe ser a la patria y a la Constitución.
En el caso del primero, aún estaba en ciernes la conformación del Estado moderno; con el pensamiento de Sieyès, Diderot, Voltaire y otros filósofos políticos impulsores de la Revolución Francesa, se consolidó el liberalismo, la separación de poderes, las garantías para los derechos del hombre y el Estado de derecho, consolidándose así el sistema republicano.
Y es que estos desplantes de soberbia y cinismo, son como una enfermedad, como un virus epidémico del que por períodos son víctimas los que tienen una gran vocación de dictadores, se inoculan por simpatía en cadenas de sátrapas que han causado catastróficos males a sus pueblos, los indicios de los afectados por este mal son: 1. Un discurso populista, 2. Un desprecio absoluto a la Constitución, al Estado de derecho, 3. Un amor enfermizo por el poder, 4. Un desprecio al liberalismo político y, 5. Un acusado grado de megalomanía y de complejo mesiánico.
Es necesario, por tanto, evitar ciertos excesos que han causado desconcierto, incertidumbre y pesimismo hacia el futuro aquí en nuestra patria, por los indicios no nos vaticinan nada bueno para una convivencia pacífica y armónica, existen sí, algunos desequilibrios sociales que con un respetuoso y estricto cumplimiento de la ley y una firme y transparente ejecución de la misma pueden solucionarse con medidas que no destruyan la confianza para una convivencia pacífica y optimista de un mejor porvenir.
Algunos actos que se han dado en nuestra patria son desconcertantes. Riñen con el principio en cuestión, creer que 44 es una cantidad superior a 84; creer que imponer el capricho de una turba de exaltados fanáticos es manifestación de soberanía popular; creer que la voluntad democrática es imponer el capricho de quien manda, sin ajustarse a las normas que un Estado de derecho impone, es torpeza, a sea la falta de entendimiento para comprender las cosas, incapacidad de tener ideas, para formar conceptos y emitir juicios razonables. Pues el fanático actúa por emociones y no por razones.
Montesquieu nos dice que el principio de la democracia degenera, no solamente cuando se pierde el espíritu de igualdad, sino cuando usurpa ese mismo principio, es decir, cuando cada uno quiere ser igual a los que él mismo eligió para que le mandaran. El pueblo entonces, no pudiendo ni aún obedecer al poder que él ha dado, quiere hacerlo todo por sí mismo, deliberar por el Congreso, ejecutar por los magistrados, invadir todas las funciones y despojar a todos los jueces.
La democracia habrá fenecido, víctima de las libertades que la misma proclama.