Por: Óscar Armando Valladares
Leonardo Sciascia, narrador palermitano, indagó sobre la progresiva desaparición de la “razón y la historia de quienes -en Italia- fueron convulsionados y aplastados por el ocaso del pensamiento”. Su texto El día de la lechuza, sirvió para desentrañar la muerte de un sindicalista de izquierda y revelar cómo la mafia, corrupta organización criminal, poseía profundos nexos con el Estado, en un contexto de tanta gravedad que le indujo decir: “Detesto a Sicilia en la misma medida que la amo”.
Ocurre que al padecer groseros males contemporáneos, como la mafia en la isla mayor del Mediterráneo y el narcotráfico en el más hermoso país de Centroamérica, la gente se revuelve, y poetas y prosistas -no enrolados con la protervia del fraude- sueltan sus emociones a la manera de Jorge Tulio Galeas, galeote que en su extensa travesía poemática “Insaciable odisea” monta en santo coraje y explaya temas y anatemas en torno del “país construido con pereza por arquitectos ebrios y obreros trasnochados sobre el granero de los epitafios”. Con sentido penar, metaforiza: “Heredamos un capital de siglos de tristeza, una fortuna de fatalidades”. “El llanto es la lluvia más fértil que reciben los campos”. “El silencio es la voz de este desierto. De silencio están hechos nuestros panes”. “Gorilas ancestrales gobiernan nuestros sueños. La maldad no se extingue, la misma cicatriz en otra cara y hoy, igual que ayer, es el engaño la única moneda que circula”.
Con razones más al día, su voz acusatoria asume entonaciones filosóficas, que por fluidez e “innecesariedad” traslado sin plecas: “La impunidad es el libro sagrado del delito”. “Cada peldaño del poder exhibe su uniforme de grados insolentes, sus fábricas de huérfanos y viudas, su maestría en desapariciones. La noche es la cabaña donde se esconde el crimen. La mentira es un rito, la corrupción un arte. La basura en las cumbres establece su reino; ante su altar se postran las tinieblas”. “La libertad es el ciervo que persiguen los perros y la verdad un enfermo desahuciado”. “La honestidad se esconde en cuartos fríos, con la temperatura bajo cero” “los hospitales tienen la palidez de un condenado a muerte. La enfermedad agrupa sus legiones contra una esclavitud que solo toma brebajes llenos de supersticiones”. “La adulación se arrastra lengua en mano para entregar su devoción al amo. La ineptitud disfraza sus facciones con los tatuajes de la altanería”. “La independencia duerme con su traje habitual de prisionera. La tierra es de unos pocos, pero el hambre es de muchos”.
Constata la travesía versal que “en las aguas lodosas de esta farsa la democracia se hunde, la tiranía flota”. “La niñez es un río que tiene que encogerse para llegar al mar. La urgencia migratoria es la tragedia inevitable de los pies descalzos”. “Aún se escuchan los cantos que canjearon el oro por la arena, los bosques por pantanos, el nombre triste de un país por drogas”. En otro pasaje de “Insaciable odisea”, el poeta pregunta y eslabona su rebelde insurgencia: “¿Qué cereal putrefacto alimentó estas hienas?” “No hay postura más triste que unos brazos cruzados si tenemos la furia, las piedras y las manos. Solo un brazo firme podrá un día exterminar a toda la manada; hay que apuntar el ojo contra el ojo, no derramar la sangre equivocada”. “El grito es la bandera sonora de las calles, la justicia que rompe cristales, el brazo de una voz que no se calla”.
Esperanzas, cautelas, amores y deseos -de este género- enfardan el poema: “¿Habrá un mañana, hermanos?” “Los votos con sus luces afiladas, ¿sacarán algún día a cualquier animal de su guarida? (Ante todo) “no debemos cifrar nuestro destino al calor indeciso de un astro lejano. La libertad se escribe con la tinta que mancha nuestras manos. Amor inevitable, patria mía, mi amor es una más de tus espinas. Tus harapos radiantes iluminan mi olvido. Que tu dolor no sea lecho de forajidos, galería de espectros, mercado de herejías, carnaval de verdugos”. “Que no vuelva el silencio a enmudecer tu nombre. Que no regrese el llanto a tus libros de historia”.
Alejado del ejercicio profesional, Jorge Tulio mantiene surtido el botiquín de su musa, una musa dinámica, despierta, por cuanto “la poesía debe salir de túneles y cuevas, abandonar los valles del letargo”. Venido de los verdecidos bananales, instaló en estas canteras su residencia y resistencia, con su invariable sello: afectuoso, amigable, desprendido. Esperanzado por el fallo popular -del 28 de noviembre-, me telegrafió: “Parece que la noche quedó atrás, ojalá sea para siempre”.