Por: Iris Amador
Hasta la elección de Xiomara Castro en Honduras, Latinoamérica no había elegido a una sola mujer presidenta en siete años, cuando las mujeres pertenecen en todo lugar en donde se tomen decisiones.
Nueva Zelanda fue el primer país del mundo en reconocer el derecho al voto de las mujeres en 1893, pero Honduras pudo haberse llevado los honores de ser el segundo, incluso ocho años antes que Australia (que lo hizo en 1902). Hubiera estado a la vanguardia con ambas naciones ya que la primera vez que se presentó una moción en el Congreso Nacional de Honduras para legislar a favor del voto femenino fue en 1894. Tres diputados liberales —de sexo masculino obviamente— pidieron que se añadiera a la Constitución de la República una frase corta: “El voto se hace extensivo a la mujer”.
Rina Villars, escritora hondureña y autora del libro “Para la casa más que para el mundo”, dice que aquella propuesta les pareció totalmente absurda a todos los demás congresistas. Los hombres habían nacido para gobernar, adujeron, y las mujeres para otras cosas. En una entrevista concedida al sociólogo Sergio Bahr, la doctora en lingüística hispánica radicada en Estados Unidos explica que cuando Francisco Argueta Vargas presenta la moción, en las palabras de él, “la burla se levantó en la asamblea en el lugar de sesiones con una osadía sin término”.
Con el tiempo, y pesar de que se observaba progreso en otras partes del mundo —las mujeres inglesas y estadounidenses habían logrado conseguir su derecho al voto en 1918 y 1920 respectivamente, en Honduras el tema seguía siendo impopular. Treinta años después, en 1924 cuando el diputado Manuel Guillermo Zuniga pidió el voto para las mujeres mayores de 30 años, los legisladores se burlaron de nuevo. Uno llegó a decir que sería bueno porque de todas formas las mujeres se abstendrían “para no revelar su edad”.
Diez años más tarde, en 1934, algunos periodistas se pronuncian a favor de los derechos políticos de la mujer. Un periódico de San Pedro Sula convoca a un debate. En el poder legislativo razonan que si la Constitución no les daba derechos a las mujeres, ¿por qué lo harían ellos? Los hombres eran ciudadanos y las mujeres no. Además, preguntó alguien: ¿cómo les vamos a dar el voto si no hay una mujer hondureña que lo esté pidiendo?
En una sociedad ultraconservadora, en donde pensar diferente no es una virtud que se celebre todavía ahora, es fácil comprender porqué no muchas tenían esas aspiraciones. Es más, algunas abiertamente se declaraban opuestas a ese tipo de avance. Graciela Bográn y Olimpia Varela eran dos de ellas. Aunque después cambiarían su postura, en ese momento decían que “a la mujer hondureña no le ha llegado su hora”.
Con voz propia
La excepción era Lucila Gamero Moncada, escritora originaria de Danlí y la primera novelista de Centroamérica. Ella era sufragista de la cabeza a los pies. Rechaza las posturas antagónicas en un escrito que la ubica como pionera del feminismo en el país. En 1946 ella y otras sufragistas organizan una sociedad femenina panamericana y al siguiente año forman un comité femenino hondureño con el objetivo de obtener derechos políticos para las hondureñas, todo lo cual da pie a que en 1948 las mujeres pidan su derecho al voto con su propia voz.

Desde luego, que ellas alzaran su voz y expresaran sus preocupaciones no significaba que las escucharían con respeto y consideración. No había mucha tolerancia para el cambio. El progreso siempre se tropieza con piedras en el camino, que tienen éxito en atrasarlo, pero no en detenerlo indefinidamente.
Según relata Villars, Francisco Murillo Selva decía que solo las mujeres “contra natura, estériles y varoniles” podían querer el voto, repitiendo la ridiculización que se se daba en otros países en contra de las mujeres que exigían derechos y participación en espacios para ellas vetados.

A Visitación Padilla, activista, educadora, fundadora de la primera escuela nocturna y columnista, también la criticaban mujeres y hombres por expresar sus opiniones políticas. De tal manera que cuando en 1949 se presenta una moción para que las hondureñas mayores de 18 años que supieran leer y escribir ejerzan el sufragio, nuevamente es rechazada.
Para ese tiempo, Graciela Bográn y otras mujeres habían evolucionado políticamente y eran vocales con sus demandas. La violencia caudillista había mermado; y consideraban que votar era un medio para gozar de gobiernos más democráticos. Se movilizan, publican revistas, escriben, hablan por la radio.
El voto “lo pedimos para utilizarlo en beneficio común”, pronunció Bográn con fervor. “Lo buscamos como un medio de dignificación por la igualdad a la que tenemos derecho como integrantes de la colectividad humana. Lo solicitamos porque creemos en los postulados democráticos; y no puede haber democracia en un país donde la ciudadanía es un privilegio de sexo”.
La hora de las hondureñas
El 25 de enero de 1955 se ratifica el Decreto 30 de 1954 mediante el cual las hondureñas obtienen su derecho al voto. Y mientras la ciudadanía dejó de ser un privilegio de sexo en el país, la ostentación del poder sí lo ha sido. Lo fue hasta el 28 de noviembre 2021 cuando el pueblo votó masivamente para respaldar a Iris Xiomara Castro Sarmiento y convertirla en la primera presidenta de Honduras.
Con más de 1.4 millones de votos a su favor, a ese logro se suma el hito de ser también la candidata por la cual más personas han votado en la historia del país.
Si bien nos perdimos la oportunidad como nación de ser uno de los primeros países en reconocer los derechos de más de la mitad de sus habitantes, al elegir a Xiomara Castro al frente de un movimiento de coalición, Honduras sobresale como uno de los pocos países en el mundo que han dado las riendas del gobierno a una mujer. La presidenta electa hondureña es apenas la doceava mandataria en América Latina. Y antes de ella, Latinoamérica no había elegido a una mujer presidenta en siete años.
La presidenta electa Xiomara Castro de Honduras se suma a María Estela Martínez de Argentina tras la muerte de Domingo Perón; a Lidia Gueiler de Bolivia, a Violeta Barrios de Nicaragua; a Rosalía Arteaga que presidió Ecuador menos de una semana; a Mireya Moscoso de Panamá, a Michelle Bachelet de Chile, Cristina Fernández de Argentina, Laura Chinchilla de Costa Rica, Dilma Rousseff de Brasil; y a Mercedes Aráoz, presidenta de Perú por un día y a Jeanine Áñez, presidenta interina de Bolivia por menos de seis meses.
Esos gobiernos de apenas horas reflejan lo poco inclusiva que ha sido la distribución del poder en la región. A manera de comparación y para poner los sucesos en perspectiva, más de 90 hombres han gobernado a Honduras en 200 años, incluyendo presidentes provisionales, dictadores, miembros de consejos de ministros y de juntas militares.
Las barreras son reales y existen todavía. En una transmisión en vivo por una red social en enero, la coordinadora del Movimiento de Mujeres por la Paz Visitación Padilla, Merly Eguigure, relató que hace unos años, cuando se discutía la cuota de participación de las mujeres en la Ley Electoral a inicios de este siglo, el diputado Oswaldo Ramos Soto —quien fracasó en su reciente intento de ser reelecto por sexta vez— dijo que como las mujeres tenían el impedimento de no poder realizar sus necesidades fisiológicas de pie, les era difícil participar en concentraciones y consecuentemente en política.

Un espejo para las niñas
Pero si de impedimentos se trata, lo que sí es limitante en el desarrollo de cualquier país es la exclusión de las mujeres de la toma de decisiones que afectan a toda la ciudadanía, de la cual ellas son más de la mitad. Cuando se dejan fuera a las mujeres del liderazgo político, “ningún gobierno puede alcanzar un progreso pleno económica, política y socialmente”, expresa Vanessa Rubio, ex senadora mexicana y catedrática de la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres.
Las estadísticas nacionales lo confirman. Para mencionar algunas, las mujeres de Honduras constituyen el 62.6 % de las personas que laboran en el sector de la salud. Más de la mitad de los emprendimientos en el país los inician mujeres. Y las hondureñas dedican, cada una, alrededor de 120 horas al mes a trabajos no remunerados de cuidado, pero que equivalen a una contribución económica millonaria.
Castro ha expresado entender estas realidades. Es consciente que casi la mitad de la población sobrevive con menos de $5.50 al día, en un país donde se han perdido $3,000 millones por corrupción anualmente, pero tiene la segunda tasa más alta de pobreza entre los países latinoamericanos.
“Vamos a formar un gobierno de reconciliación en nuestro país, un gobierno de paz y un gobierno de de justicia”, dijo en su discurso la presidenta electa al conocerse la ventaja irreversible que llevaba sobre el candidato oficialista. “Vamos a iniciar un proceso en toda Honduras para garantizar una democracia participativa”, prometió.
El ascenso de una mujer a la primera magistratura es en sí mismo un acto justo, considerando que uno de los pilares de la democracia es precisamente la representación. ¿Qué significa esa representación para las niñas de Honduras? La astronauta de la NASA Sally Ride, primera mujer estadounidense en ir al espacio en 1983, decía que “no se puede ser lo que nunca has visto”.
Enfatizaba que era importante que las niñas observaran en la vida real lo que era posible en todas las áreas, para verse a sí mismas ocupando también esos espacios algún día.
“Vamos a construir juntos y juntas una nueva historia para el pueblo hondureño”, aseguró Castro. Se puede decir que con el resultado logrado en gran parte por el voto y entusiasmo de los jóvenes, una nueva historia ha comenzado a escribirse ya, arrancando con que en el país se dirán palabras
que nunca antes se habían dicho: Señora Presidenta. 🗳
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