Por: Edgardo Rodríguez
Como lo había señalado en artículos publicados en este diario, el Partido Nacional enfrentaba la campaña electoral más difícil desde el retorno a la democracia, tres administraciones seguidas y otros lastres que arrastraba pesaban como un barco de gran calado. Esa suma de factores, unida a una vergonzosa estrategia electorera, derivó en la mayor derrota de su historia reciente. Hay que estar claros, el pueblo no votó contra Nasry Asfura, sino contra Juan Orlando Hernández, la forma como impulsó su reelección de 2017, unido a los actos de corrupción en tiempos de pandemia, elevaron al máximo la indignación de la gente. A ello hay que agregarle como aderezo, la campaña sistemática, diaria, por medios tradicionales y redes sociales, que impulsó el Partido Libre y las organizaciones sociales manejadas por la izquierda local.
El triunfo de Libre no es atribuible a su voto duro, en lo absoluto, sino a tres vertientes externas a esa organización política. La primera son los nasrallistas que siguieron a su líder y apoyaron la coalición opositora, la segunda, fue una parte de los liberales, especialmente los que apoyaron a Luis Zelaya, y la tercer vertiente, fue una parte mayoritaria del voto independiente, los sin partido, que decidieron salir a votar en masa contra la continuidad del Partido Nacional.
Volviendo al Partido Nacional, hay que decir que me avergonzó la estrategia anticomunista impuesta, a los torpes dirigentes de la campaña azul, por JJ Rendón y más especialmente Luis David Duque. Ambos individuos nefastos, incapaces y mercenarios del marketing político latinoamericano. Espero que nunca más vuelvan por acá y que nadie en las filas del nacionalismo recurra al inútil expediente del comunismo, porque nadie creen en ese fantasma, ya no pega y el comunismo señor Rendón y Duque nunca existió en el mundo, ni siquiera en la antigua Unión Soviética, lean, no sean vulgares. Otra cosa distinta es la izquierda radical y autoritaria, que gobierna en la región.
La Comisión de Campaña nacionalista se rodeó de serviles al presidente, la mayoría de ellos jovencitos inexpertos, pero extremadamente arrogantes. Fue algo nunca visto, por un lado estaban ellos y por otro el candidato, que recelaba de sus “ideotas”. Hay que decirlo claramente, aunque Asfura es una buena persona, no tuvo la gallardía, el valor, de desmarcarse públicamente de Juan Orlando, por miedo a que le retiraran el apoyo de las estructuras y financiero. No obstante, al saber que estaba tan mal en las encuestas ese era el único camino que había para evitar el “tsunami” que se le vino encima. También le hizo daño a la estrella solitaria la evidente falta de unidad e integración con las corrientes que compitieron en las internas y el marginamiento de la “vieja guardia” por los niños bien.
El Partido Nacional, que afrontaba una campaña cuesta arriba, debió haberse transformado desde el poder, impulsando una “revolución” desde arriba, estructurando un nuevo discurso, actualizado y promover un eficiente plan de desarrollo nacional, pero no lo hizo, estúpidamente creyó que sus cacareadas estructuras lo son todo y no es así. Para beneficio de la democracia y estabilidad política de Honduras, el nacionalismo obtuvo una importante cuota de poder en el Legislativo y municipalidades, ello le permite continuar con vida, pero su credibilidad y autoridad tendrá vigencia únicamente si sus líderes, dirigentes y militancia tradicional entienden el mensaje dejado en las urnas, de lo contrario habrá izquierda en el poder para rato. Debe abandonar esas ideas políticas tan conservadoras, sin miedo a moverse hacia posturas de avanzada, actualizadas, que le permitan refrescar su oxidado discurso y volver a conectar con las necesidades y aspiraciones de un pueblo que clama por condiciones de vida digna y gobiernos eficientes, modernos y transparentes.
Parece que las élites cachurecas no ven noticias, no se quieren dar cuenta de lo que acontece en Latinoamérica, en todas partes la gente está cansada de los políticos tradicionales, que ofrecen y no cumplen, que roban descaradamente y que se asocian al crimen organizado. La gente se hastió, quiere cambio, quiere soluciones, lamentablemente, en esa búsqueda desesperada se equivocan y se toman medicinas que son peores que la enfermedad.