CONTRACORRIENTE
Por: Juan Ramón Martínez
Es democrático, justo e incluso conveniente, cambiar -mediante elecciones libres, legales y transparentes- a los actuales gobernantes. Después de tres períodos, cosa que no había ocurrido antes en los últimos 41 años, es natural que una gran parte del electorado sienta la necesidad del cambio. Además, la democracia liberal, exige alternabilidad de los partidos y de las personas. Por ello, la Constitución de la República, prohíbe la reelección tanto para favorecer la participación, como para facilitar la competencia entre los grupos políticos, escogiendo, al que asegure que hará lo mejor para todos.
El problema es que, en este caso, no basta con sacar al Partido Nacional del gobierno y deshacernos de JOH. Eso solo es el primer paso. Lo duro viene después, especialmente cuando el país atraviesa una severa crisis económica, -con préstamos estamos pagando los salarios de los burócratas, en los dos últimos meses del año-; tiene una imagen de baja credibilidad internacional, especialmente de parte de los Estados Unidos que resiente la falta de confianza en sus autoridades en el manejo de los recursos. Y el limitado control de los narcóticos que cruzan al país. Los partidos tienen escasa capacidad para pactar acuerdos que favorezcan el desarrollo nacional. La población afectada culturalmente por un populismo de derecha de los últimos doce años, sufre la falta de orgullo y fuerza para comprometerse a dar el resto mediante el trabajo dedicado y productivo. La dependencia del gobierno, la renuncia voluntaria y maliciosa a comprometerse en crear riqueza y empleo suficiente para que nuestros jóvenes no emigren a los Estados Unidos. Es decir que las cosas se pondrán muy difíciles, cuando el nuevo gobierno que se inaugurará el 27 de enero del 2021, cualquiera que sea el partido que encabece el gobierno. No bastará echarle la culpa a los que nos gobernaron. Quienes ganen las elecciones, tendrán que confirmarnos que, son mejor que el gobierno que nos habría dado el Partido Nacional durante otros cuatro años.
Cualquiera que sea el resultado electoral, ninguno de los partidos políticos tendrá mayoría calificada en el Congreso Nacional. El Partido Liberal, no pactaría con el nacionalismo para estabilizar al país. Posiblemente sí lo haría con Libre que, sin embargo, no tiene ninguna propuesta sólida, fuera de un populismo de izquierda y una amenazante posibilidad que buscará la forma de asegurar un continuismo, similar al actual, con la diferencia que tiene un rancio olor autoritario que el país no soportara. Doce años de otro partido, cualquiera que sea, es la muerte para Honduras, inevitablemente.
Por supuesto que hay alternativas. La dificultad es la pereza mental para imaginar el día después; más allá de repetir, pasado del 1 de febrero, las culpas atribuidas al gobernante anterior. No hay duda que, dispersa en tantas formas la opinión pública, es necesario un pacto nacional en que todos los partidos, grandes o pequeños, contraigan un compromiso que, le dé un norte a Honduras. Sus instituciones sean saneadas de carcoma e infecciones consistentes con la costumbre del poder. Y que, la dirección del Ejecutivo, sea fruto de la integración que ordena la Constitución, por medio de la cual, los mejores ocupen los cargos más importantes de la administración pública. Seguir como hasta ahora, no tiene sentido; ni siquiera para luchar a fin que los nacionalistas no nos sigan gobernando.
La sucesión de un partido por otro, solo es legítima si nos garantiza que, el sucesor y los titulares del nuevo gobierno, harán las cosas mejores que se han hecho hasta ahora. Seguir operando con instituciones desprestigiadas, con funcionarios conformes que han dejado de luchar por volver a la Cuenta del Milenio, a la que no tenemos acceso porque no hemos podido frenar la corrupción; con una burocracia que crecerá desmesuradamente porque los ganadores querrán el cambio para enchambarse. No servirá, como es lógico para servir a los intereses nacionales.
Ante tales retos, no basta con decir, ¡vamos por el cambio! Necesitamos alguna seguridad que el día después, además de caras nuevas, operaremos bajo consideraciones diferentes que, nos hagan reactivar las energías internas, concitar el respeto internacional y atraer la inversión extranjera que, en estos momentos, es suicida rechazar con nacionalismos sin sentido. Necesitamos prepararnos para el día después. Con o sin cambio de partido. Para renovar la confianza necesaria que, casi todos hemos perdido.