A Lea Azucena Cruz y Julieta Castellanos, que la gratitud es poca cosa.
Por: Rubén Darío Paz
Una serie de conjeturas envuelven el porqué del nombre de nuestro país, el “gracias a Dios que hemos salido de estas Honduras”, no aparece en los diarios de Colón. Con mayor rigurosidad histórica el copaneco Óscar Castañeda Batres profundizó el porqué del nombre de Honduras, su texto se convirtió en fuente de consulta ineludible. La no siempre bien ponderada y apreciada poetisa Juanita Pavón, en sus noches de bohemia, vociferaba “Honduras tiene nombre de mujer”, obviamente, preciosa interpretación.
Recorrer la geografía hondureña y reflexionar sobre los nombres de sus pueblos y accidentes geográficos es sumergirse en una fuente inagotable de conocimientos, ver su sorprendente geografía, solo nos recuerda al poeta Óscar Acosta “Mi patria es altísima/no puedo escribir una letra sin oír/ el viento que viene de su nombre. Su forma irregular la hace más bella/porque dan deseos de formarla, de hacerla…
A los hondureños nos gustan los diminutivos, por ello encontramos Tegucigalpa en Francisco Morazán y Tegucigalpita en Omoa. San Pedro en Cortés y San Pedrito, en Atima, Santa Bárbara. Cortés y Cortesito en el mismo departamento. Yoro como departamento y Yorito como municipio. El Zamorano como aldea de San Antonio de Oriente y El Zamoranito en las cercanías de Danlí, El Paraíso.
San Nicolás como municipio, y San Nicolasito en Nuevo Celilac, en Santa Bárbara, Cedros, en Francisco Morazán y Cedritos en Puringla, La Paz. Azacualpa en Santa Bárbara y Azacualpita, aldea de Guata en Olancho, que, por cierto, esté término “Azacualpa”, posiblemente una fito-toponimia, se encuentra con mucha frecuencia en los cuatro rumbos cardinales.
Bonito en Colón y Bonitillo, aldea de La Ceiba en Atlántida, Camalote Talgua, Lempira y Camalotillo, en Mangulile, en Olancho; La Ceiba en Atlántida y La Ceibita en Santa Bárbara. El Ciruelo en Macuelizo, en Santa Bárbara y El Ciruelito en Talgua, Lempira. Olancho, como departamento y Olanchito como municipio en Yoro. Las Cruces Fraternidad, en Ocotepeque y Las Crucitas en Potrerillos, en El Paraíso. El Naranjo, aldea del municipio de Azacualpa y Naranjito en Santa Bárbara. Cuyamel y Cuyamelito, ambas aldeas en Omoa, Cortés. La Chorrera, aldea de Jacaleapa, El Paraíso y La Chorrerita en Siguatepeque, en Comayagua. La Florida, Opatoro y La Floridita en San José, en La Paz. Guascorán como municipio, en Valle, y Guascoransito como cerro en Caridad en el mismo departamento. Guachipilin aldea de Lamaní, Comayagua y Guachipilinsito, aldea de Concepción, en Intibucá. Guajiquiro como municipio y Guajiquirito como aldea, siempre en el departamento de La Paz. El Guayabo y El Guayabito, Santa María del Real, Olancho.
Los Horcones, San Juan en La Paz, y Los Horconcitos, aldea de San Pedro de Zacapa en Santa Bárbara. El Horno en San Buenaventura, Francisco Morazán y El Hornito, aldea de Yauyupe en El Paraíso. El Jícaro en San Antonio de Flores, El Paraíso y El Jicarito en San Antonio de Oriente, en Francisco Morazán. El Junco en la Unión, Copán y El Junquillo en Jesús de Otoro, Intibucá. La Labor municipio de Ocotepeque y La Laborcita, aldea en Sinuapa en el mismo departamento. Mezapa como aldea y Mezapita como río en Esparta, Atlántida. El Salitre, aldea en El Rosario, Olancho, y El Salitrillo, aldea de Santa Rosa, en Copán. Talanga y Talanguita, ambas aldeas, una en Atima, Santa Bárbara, y la última en San Jerónimo, Comayagua; sin olvidar que una próspera ciudad de Francisco Morazán también ostenta ese nombre.
En nuestros ríos una gama de colores
Los colores también han servido de inspiración al momento de bautizar nuestros ríos, de ahí que nos encontremos Río Azul, Río Colorado, Río Coloradito, Río Tinto o Negro, Río Oscuro, Río Amarillo, Río Blanco, Río Blanquito. No menos connotativos resultan los nombres de Río Lindo, Río Dulce, Río Salado, Río Escondido, Río Grande, Río Frío, Río Verdugo, Río Chiquito, Río Hondo, Río Viejo, Río Seco, Rio Coco, Río Danto, Río Plátano, Río Cuero, Río Tamalito, Río Danto, Río Tiste, Río Esteban, Río Paulaya, Río Petuncura, Río Warunta, Río Guayape, Río Guayambre, Río Sigre, Río Vallecillos, Río Limón, Río Ulúa, Río Chamelecón, Río Aguán, Río Cañas y Río de Piedras, para mencionar algunos. Una aldea de Esquipulas del Norte, en Olancho, se nombra a secas El Río, una montaña de Iriona en Colón se conoce como Río de Plata, recordemos que en tiempos coloniales a un afluente del río Grande o Choluteca a inmediaciones del centro de Tegucigalpa se le denominaba Río del Oro.
Aguas como prototipo
De las numerosas fuentes de agua que se encuentran en el país destacan sus nombres, donde el sentido común se agudiza popularmente, así tenemos: Agua Salada, Agua Sucia, Agua Prieta, Agua Zarca, Agua Buena, Agua Blanca, Agua Blanquita, Agua Dulce, Agua Dulcita, Agua Escondida, Agua Chiquita, Agua Fría, más el poético nombre de Ojos de Agua, disperso en el centro y occidente del país, como aldea o municipio. Singular interés resulta de los sitos conocidos como Agua Caliente, son al menos 16 identificados con potencial turístico, efectivamente son respiraderos de la actividad al interior de la tierra, penosamente a la fecha existen escasos estudios que nos permitan mayor conocimiento geográfico. Las aguas termales que mejor se conocen y en alguna medida se han aprovechado, están: Los hervideros de San Ignacio, en Francisco Morazán; Las Termales de Gracias, en Lempira; Agua Caliente en Copán Ruinas, Copán; Santa Lucía en Ilama, Santa Bárbara; Agua Caliente-Azacualpa cerca de San Pedro de Zacapa, también en Santa Bárbara; Sillín en Trujillo, Colón y las Aguas Termales en las cercanías de Sambo Creek, en Atlántida; de más reciente aprovechamiento están las de Nacaome, en Valle, entre otras.

El discernimiento popular
Aún tenemos nombres que denotan accidentes geográficos, desde la percepción popular diez y nueve sitios entre cerros y aldeas, tienen nombre de El Volcán, Volcanes o El Volcancito, situación que nos convoca a realizar estudios geotérmicos y darnos cuenta de frecuentes movimientos telúricos. Las Dificultades, existe como río y como aldea, sobre un ramal de la Sierra de Dipilto, en El Paraíso, sin duda al llegar a lugar, uno puede enterarse el porqué de su nombre. Hundiciones, nos remite a esas avalanchas de tierra por inclinación de las montañas e inestabilidad de los suelos, aldea perteneciente al municipio de San José de Colinas, Santa Bárbara.
Quizás por esa abrupta y complicada geografía que caracteriza a nuestro territorio, algunos cerros y aldeas se les denomina El Picacho. La abundancia de rocas sueltas o bien como murallas naturales elevadas han permitido que algunos caseríos, aldeas o cerros hayan sido bautizados como Piedra Blanca, Piedra de Agua, Piedra de Lirio, Piedra Larga, Piedra Grande, Piedra Pintada, Piedra Parada, Piedra Redonda, Piedras Altas, Piedras Amarillas, Piedras Azules, Piedras Bonitas, Piedras Coloradas, Piedras de Afilar. Con el nombre de Piedras de Amador se identifica una quebrada cercana al pueblo minero de Yuscarán. También se le llama Piedra Verde a un cerro en jurisdicción de Ocotepeque. Llama la atención que Piedra Pintada es el nombre con que se designan a numerosos sitios de arte rupestre dispersos en el país, por cierto, escasamente valorados, pero que sin duda representa un legado artístico imperecedero de los primeros habitantes que deambularon o se establecieron esporádicamente en lo que ahora es el territorio hondureño. Resulta urgente, inventariar los sitios de arte rupestre y establecer mapas de acceso, explicar a las autoridades locales la trascendencia de ese legado histórico, además de sugerirles él porque es de suma importancia conservar esos sitios.
Agruparlos para su mejor comprensión
Ante la necesidad de generar mayor conciencia de la importancia de los nombres de los 298 municipios en Honduras, propusimos una especie de clasificación, en parte porque aún en el nivel universitario los educandos arrastran una insuficiente base desde la primaria, ellos con frecuencia confunden términos elementales como municipio, aldea y caserío, el término “pueblo” por uso es más generalizado, pero no es lo correcto.
Aunque la explotación minera en Honduras durante los diferentes períodos históricos no alcanzó los niveles de otras latitudes del continente, a la fecha aún nos quedan “centros mineros”, que podrían servirnos para agrupar los municipios de tradición minera como San Antonio de Oriente, Cedros, Ojojona, Santa Lucía, Valle de Ángeles, San Juancito, en Francisco Morazán. Yuscarán y Potrerillos, en El Paraíso, El Corpus (Choluteca), Las Vegas-El Mochito (Santa Bárbara). Algunos de los centros mineros se han convertido en monumentos nacionales, pero hace falta implementar las leyes de conservación patrimonial.
De todos es sabido que antes del proceso de conquista y colonización hubo en Honduras un sinnúmero de grupos culturalmente diferenciados, a ello se le suma la presencia temprana de pueblos de origen aztecas, de ahí que con frecuencia podemos encontrar una serie de términos indígenas sonoros, que a la fecha no sabemos su significado, pues carecemos de esos datos, aunque los esfuerzos por explicarlos desde la visión popular sean abundantes; 116 municipios ostentan un nombre indígena de base, algo más del 40%.
Algunos nombres indígenas pendientes de interpretar
En la categoría indígena podemos agrupar a Jutiapa, Tocoa, Catacamas, Sabá, Ajuterique, Lamaní, Taulabe, Cucuyagua, Mangulile, Guata, Danlí, Teupasenti, Curaren, Piraera, Lepaera, Manto, Gualala, Chinda, Atima, Sensentí, Yamaranguila, Reitoca, Maraita, Masaguara, Mapulaca, Cololaca, Gualcince, Guaimaca, Opatoro, Guajiquiro, Sinuapa, Erandique, Quimistán, Ilama, Cane, Humuya, Lejamaní, este último es el municipio de Honduras con menos extensión territorial con 21.7 kilómetros cuadrados. Es el extenso departamento de Olancho el que alcanza el mayor número de nombres indígenas, suma un total de 13. Luego el departamento de Lempira, que antes de 1948 se llamó Gracias a Dios, cuenta con 12 nombres en esta categoría a nivel de municipio.
También nos encontramos con otros nombres donde el colonizador-evangelizador como una forma de imponer su impronta fue incorporando toda una gama de nombres de vírgenes y santorales propios del catolicismo. Los ejemplos son abundantes, por esa razón tenemos 79 municipios, que representan más del 26% a escala nacional.
Advocaciones religiosas
Para una muestra de nombres femeninos tenemos a Santa Ana, Santa María, Mercedes, Santa Elena, Santa Rita, Caridad, Concepción, Protección, Magdalena, Santa Bárbara, Santa Lucía. En el listado santoral masculino, nos encontramos con San Andrés, San Isidro, San Lucas, San Fernando, San Marcos, San Antonio, San Agustín, San Jerónimo, San Nicolás, San Luis, San José, San Antonio y San Francisco, para citar algunos. De hecho, el nombre de San Francisco es uno de los que más se repite como término municipal, prueba indiscutible de la presencia de la orden franciscana a lo largo de la historia. En la categoría de “advocación religiosa” dos departamentos del occidente destacan Santa Bárbara y Copán con 13 municipios cada uno.
Conforme avanzó el proceso de dominación colonial, los conquistadores fueron encontrando pueblos con nombres que no son fáciles de memorizar, ejemplo de ellos podrían ser Estupilpepeltonaltepeque, Sambisambique, Sapigre, Similatón Theuma, Chuchitepeque, Chimaltepeque, incluso de otros que apenas se mencionan de manera esporádica como Jurla, Tareba, Guaxoarogui, Tealualo, Jura, Zozomba, Tatoa y Araxiaga.
Las autoridades españolas siguieron bautizando municipios, pero no lograron imponer sus nombres en su totalidad, prueba de ellos es que algunos municipios del país, actualmente tienen dos nombres a los que por razones de comprensión los podemos agrupar en nombres con la preposición “de” como nexo, ejemplo: Santiago de Puringla, San Juan de Opoa, Jesús de Otoro, San Pedro de Tutule, San Pedro Sula, Santa Rosa de Copán, San Pedro de Zacapa, San Marcos de Caiquín, San Marcos de Ocotepeque, San Manuel de Colohete, San Francisco de Ojuera, entre otros.
En la geografía nacional encontramos municipios que denotan un apellido que hacen referencia a un prócer o un político memorable, estos últimos no son muy comunes en nuestro medio, aún así, podemos distinguir a Cabañas, en La Paz y Copán; Morazán, en Yoro; Villeda Morales y Juan Francisco Bulnes, en Gracias a Dios; José Santos Guardiola, en Islas de la Bahía. En otro contexto Trujillo, en Colón; Valladolid, en Lempira; Esparta, en Atlántida; nos resuenan a lugares emblemáticos del viejo mundo.

Nombres por su orientación o denominación geográfica
Algunos nombres de municipios al momento de su creación los han bautizado con accidentes geográficos de uso común u orientación según la región como Dolores Merendón, San Marcos de La Sierra, Valle de Ángeles, Mercedes de Oriente, San Francisco del Valle, San José de Colinas, San Antonio de Oriente, Las Vegas, Arenal, Ojo de Agua, Vado Ancho, Esquipulas del Norte, Nueva Frontera, San Antonio del Norte, Potrerillos y Vallecillos, entre otros.
Plantas que dan nombre a los municipios
Otra forma de agrupar los nombres de nuestros municipios es enlistarlos de acuerdo con la fitotoponimia, o nombres de plantas y frutas que forman parte del imaginario colectivo, entre ellos tenemos Limón, en Colón; La Ceiba y La Másica, en Atlántida. El Níspero, Naranjito, Macuelizo y Azacualpa, en Santa Bárbara. El Negrito, en Yoro, con el nombre “negrito o jeto” se le conoce al fruto del Aceituno, árbol abundante que se adapta a temperaturas altas, como las que se registran en algunas regiones del país.
Pueblos “gemelos” o cercanos
Otra categoría para facilitar la enseñanza del municipio en la escuela básica es recurrir a los pueblos “gemelos” o cercanos. Son muchas las razones que podríamos explicar del porqué de la cercanía de algunos municipios, normalmente los separa una calle, o uno o más puentes, pero tienen alcaldías propias, centros religiosos y festividades en fechas diferentes. Algunos vecinos de los referidos pueblos creen que la cercanía se debe a asuntos religiosos, las que han predominado para la creación de municipios tan cercanos. los habitantes de ciertas poblaciones comentan desde su visión mágico-religiosa, que en tal lugar “la virgen o el patrón” se sentían más cómodos, o al momento de las procesiones la imagen se “volvía” más pesada y por eso había que edificarle una iglesia, o fundar una determinada población siguiendo los caprichos de la imagen.
Para una muestra de pueblos gemelos o inmediatos podemos ver los ejemplos de Intibucá y La Esperanza, Ocotepeque y Sinuapa, Guarita y San Juan Guarita, Tegucigalpa y Comayagüela (ahora convertidos en Distrito Central), Ajuterique y Lejamaní, estos últimos localizados en un extremo del fértil valle de Comayagua.
Quizás como una última agrupación podríamos analizar los municipios que han alcanzado algún grado de desarrollo industrial, especialmente los enclavados en el extenso Valle de Sula, San Pedro Sula, Potrerillos, Villanueva, La Lima, San Manuel, Choloma, que con relativa facilidad podríamos incluirlos en municipios “maquileros” y que aglutinan una enorme población fluctuante. Estos polos urbanos podríamos extenderlos hasta Omoa, Puerto Cortés, El Progreso, Santa Cruz de Yojoa, Pimienta e incluso San Francisco de Yojoa. En vista de que la mayoría de los terrenos donde se ubican estos municipios, están drenados por dos caudalosos ríos Ulúa y Chamelecón, respectivamente, sus tierras son de alta fertilidad, sin embargo, los planes de ordenamiento territorial son inexistentes, por lo que sus dominios se han convertido en el principal escenario de tragedias naturales recurrentes, durante la temporada lluviosa.
Respecto a la conservación de los nombres en nuestros pueblos culturalmente diferenciados el panorama es desalentador, el flujo continuo poblacional, la avalancha mediática y una escuela indiferente han terminado alterando lo local. Desde el Estado, quizás por ignorancia, se impusieron nombres distantes, ejemplo de ello en la Mosquitia se creó Puerto Lempira, donde anteriormente se conocía como Ahuya Yari (Playa o arena larga), y tampoco los misquitos se identifican con el héroe indígena Lenca. Establecieron un municipio como Villeda Morales, pero los misquitos le siguen nombrando Raya Tasba (Territorio Nuevo), de ahí la importancia de las consultas ciudadanas respetando la idiosincrasia de los pueblos.
Las aristas para profundizar sobre los nombres de los pueblos de Honduras son amplias y es atroz que no haya regulaciones sobre la importancia de conservarlos. A ello se le suma que, por la pronunciación cotidiana de manera incorrecta, algunos nombres se achiquen, como Tegucigalpa que ha pasado a ser “Tegus”; Siguatepeque por “Sigua”; Choluteca por “Cholu”; y así sucesivamente. Mientras en otros países el conservar los nombres indígenas-antiguos de sus lugares es sinónimo de identidad, incluso motivo de campañas escolares de reafirmación cultural permanentes, en Honduras hace falta estudiarlos, valorarlos, y potenciarlos desde los diferentes entes académicos.