Lucem et Sensu
Julio Raudales
Economista y sociólogo, vicerrector de la UNAH.
El incremento de la violencia, la crisis en la salud y educación, la degradación de la polis, la relativización de los valores, el desencanto político, la caída en la inversión y de trabajo, la estatificación de la vida y el ensimismamiento, son algunos de los síntomas más dolorosos de la decadencia de nuestro país.
Hablaba el otro día con Martín, un abnegado trabajdor costeño que, día a día lucha para llevar un plato de comida a sus dos pequeños en Marcovia, y me aflijo al escuchar su tragedia: las meloneras y cañeras del sur tienen contaminado el golfo y ya no pueden sacar más que cinco libras de pescado al día. Esto lo vende a L. 200, por lo que si restamos el galón de diesel que usa a diario en su lancha y demás gastos, prácticamente no queda nada, solo esperar la caridad.
En la UNAH estamos intentando apoyar a personas como Martín. Muy pronto, un equipo de estudiantes en práctica profesional de medicina, enfermería, odontología, desarrollo local, agroindustria, sicología y otras, nos estaremos uniendo a estas comunidades para ayudarles en la solución de sus problemas más ingentes, a resguardar su vida pues.
Entrar a la pequeña casa en la que Martín guarece su miseria estruja el corazón. Me dice que duerme con sus dos niños en una hamaca; Maritza, su señora, se echa al suelo cada noche a intentar descansar de la jornada de recolección de leña y agua para hacer la comidita con la que día a día subsisten.
Sin energía eléctrica, ni agua de tubo, ni siquiera una letrina y sin la posibilidad, aunque sea nimia de mejorar la pequeña choza de una pieza, ya que en el trabajo, por muy duro que sea, el dinerito es esquivo, lejano, inasible. La esperanza se diluye con el paso de los días. Me dice “ni irme a los Estados puedo, porque pa’eso se necesita plata”.
Pero de los golpes, aunque parezca mentira, el económico es el que menos duele. A Maritza la violó su abuelo cuando tenía apenas 12 años. Ahora con 22, padece de tristeza crónica, Martín intenta alegrarla, pero el trauma dejó una huella imborrable en su recuerdo.
Desde entonces no quieren hablar con su familia, no se han atrevido a denunciar el ominoso acto; los dos chiquillos no entienden por qué su madre despierta gritando en las noches. ¿Qué pasará por sus pequeñas mentes? ¿Será esa la razón por la que ninguno de los dos se anima a ir a la pequeña escuela de la aldea?
De esa magnitud u otras peores es la tragedia de tantos hogares en Honduras. El abuso contra mujeres, niñas, jovenes y ancianos, la violencia ejercida por patronas y patrones contra los trabajadores, la marginación hacia los pueblos originarios, el irrespeto a los derechos de las minorías, ¡en fin! Todo conspira contra la gente que, ante la falta de una oportunidad, prefiere huir a un destino ignoto en otros países.
¿Para qué, entonces, tener un Estado, si no hay capacidad siquiera de sembrar esperanza? No es que querramos, como algunos pretenden, que este sea el dios que nos provea la felicidad deseada, pero sí, un Estado al que le alcance para garantizar un acuerdo que permita la convivencia y reduzca la incertidumbre.
Nada parece funcionar en esa entelequia que los humanos hemos ideado para organizarnos. Los tres poderes que propuso Montequieu hace más de dos siglos, desfallecen ante el poder hegemónico de un cacique que pretende ser todo poderoso y que, a la vez, pareciera querer perpetuarse en su intrusión.
Y ante la desfachatez de la impudicia, las organizaciones encargadas de prestar servicios públicos: justicia, seguridad, educación, salud, energía, agua y los demás que se gastan la bicoca de más de 250 mil millones de lempiras por año, parecieran decantarse por mantener su actuar mediocre. ¿Cómo no desfallecer en un lugar donde nadie sabe dónde está?
Así seguimos, bajo el chubasco de inmundicia que no permite que veamos con seriedad nuestro futuro. ¿Cuándo cambiaremos? Seguramente cuando aceptemos que el fracaso es inminente sin el compromiso de todos y todas por la honestidad y el compromiso ciudadano.