Yusguare, la violencia

Juan Ramón Martínez

Entrevisté a una joven universitaria para una beca en Madrid. Cuando le pregunté dónde vivía, me dijo, en El Pedregal. ¿Es seguro, vivir allí? Sí, respondió. Que, no se cambiaría. Y que, allí se sentía, ella y su familia, muy bien. Le referí experiencias contrarias. Argumentó que, a ellos les conocían. Y que más bien les protegían. Le extrañó tanto, que llamó inmediatamente a alguien, para decirle que le parecía rara mi pregunta. Dudosa. Es posible que, por juventud, inocencia y cierta tendencia del ser humano para acomodarse a lo irregular, no tenga conciencia que la violencia está allí y, es un peligro, porque puede estallar en cualquier momento. Incluso es posible que, no se haya dado cuenta, igual que Giorgio Scanu, que vivía en Santa Ana de Yusguare, que estaba sobre un volcán de pólvora. Y que solo faltaba la chispa, para que su vida terminara en una de las formas más dolorosas: por apedreamiento, lapidación, por iracundos vecinos, incluso conocidos suyos que, dentro de su propia casa, le hicieron sentir los últimos dolores. Refugiado bajo un horno, descubrió segundos antes de perder la vida, que la Policía no era capaz de protegerla, como probablemente les ocurra a muchas personas que, confían en la protección de los jefes pandilleros.

Pese a que la violencia es humana y que está, como es natural entre nosotros, en crecimiento constante, muchos ingenuos que la sienten y anticipan mínimamente su peligrosidad, quieren evitarla, lúdicamente. Con celebraciones para niños; con banderitas y caravanas de vehículos, con pegues de stickers, concursos de bailes, piñatas, regalos y otras ingenuidades. Obteniendo vagos resultados, muchos de ellos autoin-ventados, para lograr sus propias justifi caciones. Lo ocurrido en Santa Ana de Yusguare, es un ejemplo para cuestionar el discurso colectivo, las interpretaciones que se hacen de la violencia –más cuantitativa que cualitativa– la efi ciencia del sistema policial y las frustraciones que ha creado, en la psiquis colectiva el encierro, el miedo a la muerte, el discurso político cuestionador y sin esperanza y, las declaraciones de algunas autoridades. Dos días antes de los hechos, en que murió el inmigrante italiano “enamorado de Honduras y sus bellezas”, las autoridades de migración de Choluteca, amenazaron afi rmando que, era delito dar auxilio a los haitianos que habían ingresado al país, rumbo a Estados Unidos. Un discurso, anticristiano, contrario a los más profundos valores de la solidaridad. Y, el cínico ejercicio de una doble moral. Porque lo que se prohíbe en Honduras, se reclama en favor de nuestros compatriotas que, en el desierto de Texas, y sin agua y comida, se aventuran retando a la muerte que, casi siempre les derrota, aumentando sus victorias.Hay que prestar mucha atención a las tres cosas que hemos men-cionado.

La primera es reaccionar a la inconciencia de creer que, aquí no puede pasar nada, porque nosotros, somos diferentes. Y que, nos protegemos unos con otros. En segundo lugar, aceptar que hay un clima de acumulación de amarguras que, puede estallar en cualquier momento, especialmente sino introducimos en el imaginario, una sólida esperanza que el futuro será mejor, porque estamos corrigiendo lo que hemos hecho mal. Para ello, todos tenemos que colaborar y, tanto los periodistas como los religiosos, consagrarnos a la prédica en favor de la vida, el respeto a los otros, dejando para los profesionales, los temas políticos y económicos. Hace más de un siglo, Honduras enfrentó una vorágine de violencia proporcionalmente igual. Y el presidente, en vez de dividir a los cristianos, convocó al Metropolitano, para que ejerciera desde el púlpito, una prédica que favoreciera el respeto a la vida, el amor al prójimo, la compasión y la ayuda mutua, como la tolerancia ante las ideas ajenas. Para criticar las ZEDE, están los economistas y los políticos. El problema que tenemos enfrente, es la ansiedad, la violencia retenida y sus peligrosas explosiones, por medio de linchamientos como el que comentamos.Finalmente, hay que reconocer que la Policía local, no cumplió con su deber. Fue negligente, maliciosamente. Y, en vez de proteger al acusado de una muerte anticipada, dejó que la turba satisfi ciera su rabia retenida, en contra del poder. Se hicieron a un lado, volviéndose cómplices de los delincuentes. Por supuesto, aunque duele lo ocurrido, porque la vida debe ser respetada, todavía podemos hacer algo. Sí, como corresponde, reaccionamos.