EL PERDÓN

PROTEGER LO NACIONAL

A ver con qué corazón regresan los fieles de la Semana Santa. Si alguna mella hizo a los aturdidos espíritus rememorar el tránsito del Hijo de Dios, por la Vía Dolorosa. Si tuvo algún impacto redimible en los sentidos el repaso de la práctica piadosa del vía crucis. Desde la primera estación cuando Jesús es condenado, y con su corona de espinas emprende el tortuoso camino cargando a cuestas la pesada cruz de redención. Por esa antigua calle de la vieja Jerusalén hasta que en la tercera estación cae por primera vez. En la cuarta estación se encuentra con la madre María, enjugando las pesarosas lágrimas de su santo rostro, mientras Simón el Cirineo, “que venía del campo” –en la quinta– lo asiste a arrastrar el insufrible madero. En la sexta estación Verónica, la Serafia, le tiende un paño blanco para secar el sudor de su frente. El lienzo donde queda impreso el rostro ensangrentado de Jesús. Hasta la tercera caída del mártir que se produce, rumbo al calvario, luego de consolar a las mujeres que lloran por Él.

En el Gólgota, o lugar de calaveras, es despojado de su vestimenta. Los desalmados soldados, –por orden de Poncio Pilatos en componendas con Caifás, el sumo sacerdote del Sanedrín que con 30 miserables monedas paga la traición de Judas Iscariote– clavan de pies y manos el flagelado cuerpo de Jesucristo, aún con vida, a la cruz. Rodeando el sombrío entorno estaban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena. Ya en la agonía, antes de exculpar a sus verdugos, implorando al firmamento, –“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”– exhala su último suspiro. En un rumor de lágrimas y murmullo de lamentos y oraciones de íntimos testigos, las voces se apagan entre el ruidoso despliegue de rayos y relámpagos en un encapotado cielo de tormenta. El cuerpo inerte de Jesús es bajado de la cruz y puesto en los brazos de su madre María. Su cadáver, envuelto en una sábana blanca es colocado en un sepulcro labrado en la peña, dispuesto por Arimatea. Una escolta es colocada a resguardar la piedra arrimada como tapadera del boquete de entrada de la tumba. Consta en las escrituras, para “evitar que sus discípulos –las mujeres– robaran el cuerpo”. Sin que nada de aquello pudiese impedir la omnipotente voluntad divina del tercer día de la resurrección. (Hasta aquí una crónica resumida de las últimas horas de Jesús de Nazaret entre mortales pecadores. O mejor aún, de la historia más sublime jamás contada que trasciende los siglos, en palabras de Jorge Luis Borges: “Hoy, como aquel Emir de los Creyentes,/ Harún, Dios quiere andar entre los hombres/ Y nace de una madre, como nacen/ Los linajes que en polvo se deshacen,/ Y le será entregado el orbe entero,/ Aire, agua, pan, mañanas, piedra y lirio,/ Pero después la sangre del martirio,/ El escarnio, los clavos y el madero”).

Lástima que en época presente poco de ello penetre hondo en la conciencia como reflexiva recapacitación de conductas. A manera de ejemplo, no hubo tregua alguna a la armonía, ni durante estos días sagrados. Muchos, inconformes con el veredicto popular, atrincherados en sus redes sociales –sordos a la prédica del Nazareno y al profundo mensaje de amor de la doctrina cristina– la emprendieron contra la autoridad electoral y el proceso eleccionario. Algunos perdedores y sus bocinas no van a soltar, hasta desacreditarlo del todo, el último rayo de esperanza que le queda a la democracia para salir de la crisis. Si bien hay errores que se producen en estos procesos comiciales, –concurridos y satisfactoriamente manejados pese a la pandemia– muchos de ellos fueron imputables a los mismos movimientos y a su incapacidad de acreditar representantes en todas las mesas electorales. Las diferencias, bastante marcadas, consignadas en los resultados oficiales, entre los que ganaron y los que perdieron, no difieren mucho de los datos transmitidos por las encuestadoras de boca de urna, contratadas por las televisoras de mayor audiencia, y reproducidas en los distintos medios de comunicación. ¿Entonces, qué podría complacer a los promotores de esa campaña de desprestigio que instiga mayor desconfianza en la opinión pública? ¿Que a los perdedores los declaren ganadores, o que ocurra alguna eventualidad distinta totalmente alejada de la ruta pacífica y democrática que está en curso? ¿Será, como lo dijo el Redentor, implorando el perdón divino: “porque no saben lo que hacen”?