Por: Carlos Medrano
Periodista
La vacuna contra el COVID-19, se ha convertido en gran necesidad, como el agua en el desierto, como el oro puro, como la comida después de una prolongada hambruna… es la solución temporal a una crisis sanitaria que afecta al mundo entero y que nos encerró en nuestras casas sin posibilidades de escapar.
Muchas transnacionales farmacéuticas iniciaron una guerra por elaborar el antídoto conocido como vacuna, que contenga fragmentos minúsculos del organismo causante de la enfermedad, o las ‘instrucciones’ para hacer esos fragmentos.
Asimismo, contienen otros ingredientes para mantener la seguridad y la eficacia de la vacuna, que es una preparación química destinada a generar inmunidad adquirida contra una enfermedad, estimulando la producción de anticuerpos.
Todas las vacunas contienen un componente activo (el antígeno) que genera una respuesta inmunitaria, o las instrucciones para producir ese componente activo. El antígeno puede ser una pequeña parte del organismo causante de la enfermedad, por ejemplo, una proteína o azúcar, o bien el organismo completo atenuado o inactivado.
No es fácil la elaboración de la vacuna, es un proceso científico sumamente complejo, ya que, para comprobar su efectividad, inicialmente se administra a un pequeño número de voluntarios, con el fin de evaluar su seguridad, confirmar que genera una respuesta inmunitaria y determina la dosis correcta, después la vacuna se administra a varios cientos de voluntarios, con el fin de evaluar más a fondo su seguridad y su capacidad para generar una respuesta inmunitaria.
Los participantes en estos ensayos reúnen las mismas características (por ejemplo, edad, sexo) que las personas a las que se prevé administrar la vacuna. En esta fase se suelen realizar múltiples ensayos para evaluar diversos grupos etarios y diferentes formulaciones de la vacuna.
En su tercera fase la vacuna se administra a miles de voluntarios -y se realizan comparaciones con un grupo similar de personas que no fueron vacunadas, pero recibieron un producto comparador-, a fin de determinar si la vacuna es eficaz contra la enfermedad y estudiar su seguridad en un grupo de personas mucho más numeroso.
Por lo general, los ensayos de fase 3 se realizan en muchos países y en numerosos lugares de cada país, con el fin de asegurar que las conclusiones, respecto de la eficacia de la vacuna sean válidas en relación con muchas poblaciones diferentes.
Cálculos de expertos en números establecen que si en Honduras ya tenemos 4.2 millones de dosis de las vacunas de Sputnik, además, si Covax cumple su parte en el segundo semestre de este año y lo mismo AztraZeneca le cumple al IHSS, sumará 9.4 millones de dosis para 4.7 millones de personas.
Cada persona tiene que ir dos veces para recibir la vacuna completa, entonces serán casi 10 millones de aplicaciones de dosis en un tiempo de 38 semanas, que hay entre abril y diciembre.
La siguiente ecuación indica que hay que aplicar 35,340 dosis diarias para que en diciembre hayamos salido de esta pesadilla llamada COVID-19, lo que significa que este trabajo requerirá de un esfuerzo nunca antes visto en la historia de este país, que demandará una coordinación extraordinaria, planificación al detalle y una ejecución casi perfecta.
La logística para aplicar la vacuna debe ser enorme y la cantidad de recurso humano y de materiales por igual; se necesitará el concurso de todos los hondureños, poner a todo un país unido y alineado bajo este propósito titánico.
El gobierno ya debería presentar un plan o propuesta para que todos los sectores se comprometan, que aporten ideas, que sumen esfuerzos, que empresarios inteligentes participen en la logística y que nos vacunemos todos para evitar más muertes y contagios, así como reactivar la economía que se encuentra en “cuidados intensivos”.