ARQUITECTURA DE LA SALIDA

EL CONTAGIO Y LAS ALARMAS

A escasas horas del juicio final. La sociedad hondureña se encuentra en una delicada encrucijada. Parecida a como lo estuvo la estadounidense al aproximarse a la hora cero del reciente período eleccionario. Levitando sobre un tenso ambiente cargado de desencanto y malestares. Exacerbado por el terrible golpe de la peste, que multiplica las inseguridades, las inquietudes y las dudas. Viviendo en vilo; mecida entre las aflicciones del presente y la incertidumbre sobre el inmediato futuro. No hay pasión estimulante ni pareciera que haya brújula marcando rumbo confiable. Las campañas insípidas, vacías de propuestas como para despertar optimismo, poco aportaron. El declive progresivo de la clase política –enraizada en sus vicios detestables, renuente a corregirse– es evidente. Los liderazgos carismáticos, de verbo encendido y palabra elocuente que cautivaban multitudes, son reliquias del pasado.

Atrás quedó la habilidad dialéctica y la estrategia inteligente. El proselitismo motivador que encendía el espíritu y levantaba el ánimo. El compromiso al superior interés nacional. Cuánta falta hace la presencia de políticos leídos, formados, instruidos, estudiados, conocedores de los problemas nacionales. De aquellos que ascendían los peldaños partidarios y del servicio público con conducta merecedora de respeto y generadora de confianza. Desgraciadamente, la política ahora no demanda la misma mística de antaño. Aún así, las elecciones no son para retobar el desconcierto de pesimismo, sino para estimular la creencia que habrá salida a la crisis. Así que el voto es decisivo. Pero ¿qué es lo que representa la arquitectura de una salida? ¿Más autoritarismo o democracia? ¿Más odio o la concordia? ¿Continuar en la situación que tristemente se padece, repleta de ofensas, insultos, negativismo, choque y conflicto? ¿U optar por un liderazgo que convoque a la armonía, a la unidad, al respeto, a la decencia y a la autoestima como banderas de esperanza? ¿La actitud conciliadora capaz de ver un aliado útil en todo hondureño o la conducta altanera y mezquina que en los bandos opuestos no ve adversarios dignos sino enemigos? Quien aspire al más alto sitial de honor que confiere el pueblo hondureño, debe hacerlo con actitud humilde y mentalidad generosa. Con ánimo de resolver problemas conjuntando no fraccionando. Las elecciones norteamericanas fueron escenario del choque entre dos estilos y discursos diametralmente opuestos. Uno recurriendo a la incitación de malquerencias, diferencias, antagonismos, y al impulso de los bajos instintos.

El otro apelando al espíritu de grandeza, de nobleza y magnanimidad de sus coterráneos. Las palabras de cierre de Biden en el último debate, respondiendo a la pregunta ¿qué diría, de triunfar, en su toma de posesión?: “Soy el presidente estadounidense. Los represento a todos, ya sea que hayan votado a mi favor o en mi contra. Y me aseguraré de que estés representado. Te voy a dar esperanza. Nos vamos a mover. Elegiremos la ciencia sobre la ficción. Elegiremos la esperanza sobre el miedo. Vamos a optar por seguir adelante porque tenemos enormes oportunidades para mejorar las cosas. Podemos hacer crecer esta economía. Podemos lidiar con un racismo sistémico. Y ese es el hecho, eso es lo que vamos a hacer. Y voy a decir, como dije al principio, lo que está en la boleta aquí es el carácter de este país. Decencia. Honor. El respeto. Tratar a las personas con dignidad. Asegurándose de que todos tengan la misma oportunidad”. “Consulte no sus temores –aconsejaba su santidad Juan XXIII– sino sus sueños y sus esperanzas”. ¿Y aquí nosotros tendremos talento suficiente para ello? Lo que hace recordar algo que alguien en cierta ocasión advertía: “Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”.