Por: Carolina Alduvín
Se ha completado el primer año de paralización con el pretexto de la pandemia, aunque se ha manejado mejor que en países con mayores recursos, no ha dejado de ser una de las oportunidades más grandes para esquilmar a la población y burlarse de la buena fe de los que aún creen en un Estado paternalista. Nadie lo requirió, pero los delincuentes que gobiernan, ofrecieron de la noche a la mañana un sistema de salud nunca antes concebido, nuevos hospitales bien equipados y contratar más personal sanitario, para supuestamente afrontar de forma eficaz, la COVID-19 que, unos días antes de declararse la emergencia, hacía estragos en Asia y Europa. Dieron a conocer que se habían identificado y aislado los dos primeros casos, provenientes de Europa, obviamente ya habían esparcido su carga letal en las hacinadas viviendas donde estas, entonces asintomáticas pacientes, pernoctaron.
Y procedieron con la danza de los millones, con las restricciones y con las excepciones; se hicieron compras de emergencia en países lejanos, sin ver; hospitales móviles, no de los que se arruinan en un par de años, sino de los que ya están obsoletos e inservibles en muchas de sus partes, verdadera chatarra de ultramar a precio de oro, con tanta torpeza que no con todos los corruptos que son los funcionarios encargados, hubo quien los procesara, más que por deshonestos, por inútiles, viven para la corrupción y ni a eso saben jugar, al parecer se asociaron con pícaros más vivos que ellos y, hasta el sol de hoy, un año después, solo una fracción ha llegado a destino, mostrando todas sus carencias. Ni el personal sanitario ni la población merecen tanto irrespeto.
Siete prohibiciones se decretaron en el primer comunicado: labores en el sector público y privado, eventos de todo tipo y número de personas, cancelación de todas las actividades deportivas, culturales y sociales, funcionamiento del transporte público, celebraciones religiosas presenciales, cierre de todos los negocios y centros comerciales, cierre de fronteras aéreas, terrestres y marítimas. Todo esto cuando los casos eran pocos, aunque crecientes, entonces no conocíamos a ningún afectado, nos parecía algo de eso que solo les pasa a los otros, luego vino la obsesión de estar contabilizando contagios, muertes y recuperaciones, así como las estadísticas hospitalarias en cuanto a casos estables, graves y de cuidado intensivo.
Y contra las 7 prohibiciones, surgieron 19 excepciones: el cierre de fronteras exceptuaba el ingreso de hondureños, residentes y diplomáticos. Los empleados públicos que siguieron trabajando sí debían atender labores de emergencia, funcionarios de alto rango, personal de salud, seguridad, socorro, defensa, protección al consumidor, aduanas, migración, puertos y aeropuertos y otros de servicio indispensable. Hospitales y otras facilidades médicas y veterinarias, la industria farmacéutica, de la desinfección y productos higiénicos, el transporte público sanitario y el contratado para movilizar a las excepciones, gasolineras y centros de abasto, restaurantes con autoservicio y atención por ventanilla, o servicio a domicilio, hoteles, empresas de seguridad y transporte de valores, bancos y cooperativas, tren de aseo, industria agroalimentaria, agropecuaria, producción de energía, telecomunicaciones y servicios de Internet, medios de comunicación, servicios de carga en importación, exportación y suministros, transporte humanitario y suministros de agua.
Todo urgente y necesario pero que abrió la puerta para burlar las prohibiciones, lo que generó trastornos y condenó a los que viven de los que hacen al día, se trató de aliviar la situación de los más vulnerables con regalos de víveres, que ocasionaron disturbios, chantajes, sectarismo político, desorganización y descontento general. Ni hablar del endeudamiento, la recesión, el mantenimiento de puestos de trabajo no productivos, los despidos y cierres, algunos temporales, otros definitivos, rubros que no parecen recuperarse, infraestructura que tendrá de destinarse a otras actividades y muchas muertes que pudieron evitarse. Se han rectificado algunas cosas sobre la marcha, al menos ha acabado la obsesión de “desinfectar” vehículos y otras prácticas sin sentido, el uso de cubrebocas no se adoptó desde el principio, se decía que era solo para los afectados, el resto de las disposiciones se acatan a medias y las curvas siguen creciendo.