EN la década del sesenta del siglo veinte, se dijo en todas partes que “Honduras es el granero de América Central”. Pero en el fondo se estaban refiriendo, realmente, a los departamentos de Olancho y Choluteca, en donde los salvadoreños recogían, en abundancia, las cosechas de algodón, sandía, arroz y maíz, para transportarlas a los mercados locales de El Salvador.
Hasta las aldeas y municipios remotos de Olancho llegaban camiones, procedentes del país vecino, a comprar a los olanchanos y a los mismos salvadoreños instalados en aquellos lares, todas las cosechas posibles de granos. Pero también se decía que Honduras exportaba estos productos agrícolas hacia Nicaragua.. En cualquier caso, era clarísimo que nuestro país exportaba granos, y que aparte de tal exportación los campesinos guardaban un pequeño porcentaje de sus cosechas para la “resiembra” y los consumos inmediatos de cada familia. A pesar de la pobreza era muy raro oír hablar de hambrunas durante los decenios del sesenta y del setenta del siglo próximo pasado.
Sea como haya sido, la producción cafetalera en Honduras aumentó en la segunda mitad de la década del setenta. Pero la producción de maíz, arroz y frijoles comenzó a disminuir a partir de la década del noventa y comienzos del siglo veintiuno, con ciertas crisis subregionales en los últimos tiempos, sobre todo en el llamado “corredor seco”, fenómeno que algunos analistas lo han asociado a los desórdenes climáticos, añadiendo a la problemática el proceso acelerado de destrucción de bosques latifoliados y de pinos, con los incendios forestales de todos los años como expresión de las mentes retorcidas que “trabajan”, consciente o inconscientemente, con el fin agazapado de destruir al país.
Según investigaciones históricas de un diplomático español ya fallecido, y de un investigador hondureño que vive en Estados Unidos, y según se deduce de las “Memorias” de Froylán Turcios, Honduras se dedicó durante casi todo el siglo diecinueve a exportar ganado en pie, cueros semiprocesados y carne salada hacia varios países, especialmente Cuba, desde cuyo puerto principal (La Habana) se redistribuía la carne salada hacia el resto del Caribe, llegando incluso al Barrio Latino de París, Francia. En las redes de exportación de los rubros antes mencionados, destacó principalmente el departamento de Olancho, seguido por Choluteca, al grado que un explorador estadounidense sugirió que el hato ganadero más importante de Honduras en aquella época, y posiblemente de América Central, se localizaba en el municipio de Manto, cabecera departamental de Olancho durante buena parte del siglo diecinueve.
Con las investigaciones anteriores tenemos un alto grado de certidumbre que Honduras se significó como el principal país exportador de carne en toda la región centroamericana y caribeña en la centuria decimonónica. Pero abrigamos dudas que durante la década del sesenta del siglo veinte, nuestro país haya sido el granero regional de América Central. De lo que sí estamos seguros es que el mercado salvadoreño fue el principal receptor de las gramíneas catrachas y de otros productos. Es decir, se exportaba granos, pero Honduras mantenía una reserva de los mismos para la seguridad agroalimentaria de la población. Es más, en la década del setenta, en el contexto de la “Reforma Agraria” y “Plan Nacional de Desarrollo”, el Estado hondureño construyó una serie de “silos” municipales para almacenamiento de maíz.
Es importante destacar el tema del almacenamiento, porque en casi todo lo que va del siglo veintiuno, el desabastecimiento ha crecido, al extremo de quedar reducidos a la triste circunstancia de importadores de arroz y maíz, con el agravante de tener que comprarle frijoles a Etiopía, uno de los países más pobres del mundo, que al igual que Somalia, han experimentado hambrunas apocalípticas. En consecuencia, los hondureños devenimos obligados a resolver el problema de la seguridad agroalimentaria nacional.