COMO decíamos ayer, la salud de la economía hondureña –precaria dicho sea de paso– depende de 3 factores. Los préstamos internacionales; una factura que se pasa para que la paguen las futuras generaciones. De las exportaciones, cuyo monto es totalmente desequilibrado contrastado a todo lo que se importa –aquí la baja autoestima da preferencia a lo extranjero y no lo hecho en casa– para satisfacer la demanda nacional. Y de las remesas familiares. Desde que el país recibió el borrón y cuenta nueva después del bíblico huracán se abrió nuevamente la ventanilla de crédito a los gobiernos para volver a enjaranarse. Con préstamos concesionales de los prestamistas internacionales. La deuda externa se ha venido incrementando exponencialmente de administración en administración. Casi que supera los niveles de los montos impagables que alcanzó el país antes de la condonación.
Cada período que sigue al anterior le mete más la pata al acelerador del endeudamiento. Ahora, con la pandemia, ni digamos. El entubado aparato económico no podría respirar sin el oxígeno que recibe de esos empréstitos. La bendición, como maná caído del cielo, son las remesas de los compatriotas que viven afuera. No es el rogado esfuerzo interno, o la tatareta producción nacional lo que mantiene el equilibrio. Es el sudor de los que partieron en busca de las oportunidades que no encontraron aquí que continúan con su corazón atado al suelo patrio. Y como testimonio de ello siguen contribuyendo al sustento de los parientes que dejaron atrás. Esos envíos de dinero, lejos de mermar debido a los reveses que sufren estos compatriotas inmigrantes, se han incrementado. De no ser por ese apoyo el lempira hubiese caído en picada del Congolón. Al 31 de diciembre del 2020 ingresaron remesas alrededor de 5,700 millones de dólares, un crecimiento de 3.7 por ciento en comparación al año anterior. Al 18 de febrero de los corrientes han ingresado alrededor de 806 millones de dólares, un incremento de 15 por ciento”. Respecto a las exportaciones, algunos de los postres que se venden afortunadamente reciben buenos precios en el mercado internacional. Como el camarón y el café. Sin embargo, como todo lo esencial se importa, los precios de las gasolinas en la bomba vuelven a sufrir incrementos semanales. Los recortes de producción de los alagartados de la OPEP y de Rusia provocan un alza en el precio de crudo.
Así que el país indirectamente va a pagar doble precio –además de agradecer la condescendencia que muestran al vendernos lo que no se pudo comprar a tiempo– por las tales vacunas Sputnik. Lo que cuesta la vacuna y el incremento de los costos del crudo que beneficia a los rusos y demás productores. Pero no solo es culpa del insaciable cartel petrolero. Otra consideración que influye en los precios de venta a futuro es el optimismo por la campaña de vacunación contra la COVID-19 y la esperanza de que Estados Unidos vuelva a la normalidad en los próximos meses. Más demanda respecto a la oferta. Los precios suben. Con el alza de los precios del crudo viene el golpe en los recibos de la energía eléctrica. Ambos porrazos son suficientes como para contrarrestar el alegrón de burro por el ingreso recibido de los mejores precios del café. Volvemos a lo mismo. Revisen a fondo este sistema disfuncional que mantiene al país empantanado. De la capacidad de cambiar, reorientar el rumbo y de adaptación dependerá la suerte de vivir, subsistir o perecer.