Juan Ramón Martínez
Soy un hombre maduro que sabe que no puede cometer y celebrar estupideces. Rechazo niños caprichosos, jugando a destruir la casa común. Creo que la comisión de errores tiene su límite. Tengo experiencias; he cometido errores y, conocido cómo los hondureños, hemos desarrollado capacidades para destruir Honduras, impidiendo su desarrollo, destruyendo la soberanía popular y ejecutando acciones para su desaparición. Tengo lecturas acumuladas, desde “El Tiburón y las sardinas”, de Arévalo; “El Príncipe”, de Maquiavelo; “El Leviatán”, de Hobbes; “Mi lucha”, de Hitler; “El Estado y la Revolución”, de Lenin; “Por qué fracasan las Naciones”; y “El Pasillo Estrecho”, ambas de Daron Acemoglu y James Robinson; “El Espejo de Próspero”, de Moore; “Honduras”, de Mariñas Otero, actualizada por Ramón Oquelí. De forma que, puedo juzgar las cosas de otra manera. Y anticipar, escenarios terribles, en donde veo destruida la paz, convertidas en pedazos las instituciones y transformados los hondureños en Caínes y Abeles, haciéndose daño, con perversa crueldad. No pienso igual que Nasralla, que, aunque más inteligente, no ama a Honduras como yo; Edmundo Orellana Mercado, anticientífico, incoherente e inconsistente; Luis Zelaya, con dificultades focales para entender la realidad, Tito Asfura que todo lo reduce a mezclar agua, arena y cemento, para resolver los problemas; y, Manuel Zelaya, que confía más en el último que le habla, y cree que gobernar solo es cosa de hacendados. Defiendo posturas políticas claras: creo en la soberanía popular, en la defensa del Estado de derecho, en la vigencia de las instituciones y la continuidad de la práctica y cumplimiento de la ley.
Por ello, entiendo diferente lo ocurrido la semana pasada. Anticipo peligros innombrables para el país; prefiguro un futuro obscuro para las nuevas generaciones, y veo peligrar la paz y la unidad. Me preocupa la autonegación de nuestro derecho para dirigir al país, –cometiendo incluso los peores errores–, otorgándoselo, a un gobierno extranjero que, por medio de sus fiscales, acusan, juzgan y condenan al gobernante– aunque no sea de su partido; ni haya apoyado su reelección, el mayor error cometido en lo que va del siglo –y rechazo la irresponsabilidad de jóvenes imberbes, inconscientes, irresponsables, enamorados de la notoriedad que, juegan a trenecitos eléctricos, rompiendo las paredes de los vecinos, como Pedro Barquero y Eduardo Facussé, pidiéndole la renuncia al gobernante, “aunque sea inocente”. Pasan por alto que, solo los cobardes, los conspiradores y los que se preparan para volver a su ejercicio lo hacen, como Ferrera, manipulado por Juan Lindo, nombre que, a estos jóvenes, engrandecidos por una televisión poco comprometida, olvidan que los gobernantes no renuncian. Se suicidan como Vargas; o hay que sacarlos empiyamados como Zelaya, el peor gobernante que hemos tenido.
No soy ingenuo. No me imagino juez de causa judicial. Lucho por la defensa de la existencia de Honduras. Diferencio las pretensiones de los fiscales, que quieren hacer carrera política, de sus juicios y triquiñuelas; conozco las limitaciones teóricas de JOH y comprendo su miedo, a dejar el poder y salir huyendo de sus enemigos. Por ello, aquí no encontrarán juicios o verdades rebeladas, sino que dudas, sobre la premura de los que, no se quieren morir, sin gozar los beneficios del presupuesto. Y, me preocupan los que quieren cambiar la calle, –tumultuosa e irregular–, por la ordenada voluntad de las urnas.
Por lo anterior, es poco lo que deseo para Honduras. Que Estados Unidos no determine nuestro futuro. En una dirección o la otra. Que las decisiones las hagamos nosotros, dentro del proceso electoral ya calendarizado. Y temo porque el odio, rompa los vínculos de la inevitable unidad, necesaria para garantizar la existencia de Honduras. Harari resaltó nuestra incapacidad para modernizar el sistema educativo, condición para sobrevivir a la revolución tecnológica del siglo XXI. Y me avergüenza, la opinión que tienen en el exterior que, somos unos haraganes irredimibles que, no usamos los recursos que disponemos, para hacer de Honduras, una gran nación.
Me duele el sufrimiento actual y el que anuncian, los locos que quieren destruir el frágil Estado de derecho, destituir a JOH y poner a incompetentes a manejar una realidad que, se ha vuelto tan compleja, que solo puede cambiarse con una reforma profunda y deliberada, que permita un callejón más amplio, por donde puedan circular las ideas modernas del desarrollo.