Por: Edmundo Orellana
El gobernante se tomó la sede del Congreso Nacional para convertirlo en salón de reuniones del Consejo Nacional de Defensa y Seguridad e invitó a algunos miembros de la junta directiva, los jefes de bancadas y de comisiones legislativas, quienes sumisamente asistieron, para acompañarlo en su primer acto oficial de defensa ante las imputaciones formuladas por senadores y fiscales gringos.
El simbolismo que trasunta su comparecencia es incuestionable. Rodeado de los jerarcas militares y policiales, señal clara de que su poder radica en la fuerza de las armas, se dirigió, no al obediente auditorio que tenía ante sí -que parecía no importarle-, sino a los que escuchaban el mensaje más allá de nuestras fronteras. Era “El Hombre” mostrando su poder al imperio. Con esa comparecencia demostró que la institucionalidad hondureña está a su servicio y que, mientras se atrinchere en ella, nada ni nadie podrá alcanzarlo. Por el tono de sus palabras y por la formalidad que rodeó el evento, quiso mostrar no temer a nada ni a nadie, para advertir que se irá cuando lo decida.
El evento desnudó el tipo de Estado que ha construido. Los tres poderes se fusionaron en uno solo, en el Consejo Nacional de Defensa y Seguridad, bajo su control. El sistema republicano fue sustituido por el de una sola persona, “El Hombre”, cuya voluntad está por sobre las leyes y corresponde a la institucionalidad aplicarla irrestrictamente.
Hubo parlamentarios que no acudieron. Los que asistieron, unos salieron de la reunión y los más escucharon. Todos, sin embargo, renunciaron a su condición de representantes del pueblo porque no tuvieron el valor de defender la República ante el atropello del gobernante, que decidió, en su condición de presidente del CNDS, demostrar que está por sobre la representación nacional, desde cuya sede lanzó sus despropósitos contra los gringos. Esto explica por qué los ve de menos, irrespetándolos cada vez que se le antoja.
Culminado el evento, los funcionarios públicos que lo acompañaron repitieron, altaneros, los argumentos del gobernante, enfatizando en lo de la “llave mágica”, con lo que quieren decir que en el “falso testimonio”, al que acuden los capos de la droga -resentidos por las acciones de JOH en su contra-, sustentan los gringos los casos en contra del gobernante.
Para nadie es un secreto que ninguno de esos capos estaba siendo investigado ni procesado en el país al momento de su captura y que la mayoría se entregó a las autoridades gringas y no a las hondureñas por miedo, según ellos, a que estas atentaran en su contra. Y sobre la extradición, de la que tanto alardea el gobierno, es harto sabido que fue una imposición gringa, no una iniciativa del gobierno hondureño. Ningún asidero, pues, tiene el argumento de que los capos falsean los hechos por resentimiento.
Conscientemente los funcionarios repitieron las falacias del gobernante contra los gringos, ratificando su fidelidad a este, no a la ley que se deben. Entre esos locuaces funcionarios estaba el embajador de Honduras en Estados Unidos, con cuyo comportamiento ha dado razones suficientes para que lo declaren non grato. En todo caso, el eco de esas declaraciones lo perseguirá en cada gestión que realice en el cumplimiento de su misión diplomática, convirtiéndolo en un interlocutor incómodo para los gringos.
Señor gobernante:
Utilizar la sede de la representación nacional para defenderse de las imputaciones gringas, prevaliéndose de su cargo, es, inequívocamente, una falta de respeto al pueblo hondureño, porque la acusación es contra usted, no contra Honduras. Defiéndase, está en su derecho, pero sin escudarse en la investidura que ostenta, que no es suya, sino del pueblo hondureño, que está por sufrir las consecuencias de su enfrentamiento contra los gringos.
Invoca la protección de la investidura en su defensa porque mientras la retenga todo está bajo su control, incluso el apoyo de los uniformados, cuya presencia en su comparecencia y la beligerancia y vehemencia que exhibieron en defensa suya, anuncia que están con usted en lo que se venga. Luce usted acorralado y desesperado, capaz de lo que sea para evitar lo inevitable.
No obstante, desde que los gringos decidieron declararlo su enemigo, desaparecieron las condiciones para sus pretensiones continuistas. Muchos de sus amigos lo eluden, como el diputado presidente, cuya ausencia en su comparecencia no admite interpretaciones, y otros lo confrontan, como las organizaciones que no se atrevían a cuestionarlo y ahora no dudan en exigir, a coro, su renuncia. Se está quedando solo, apoyándose únicamente en algunos incondicionales y en la fuerza de las armas, pero frente a usted está un pueblo cuya indignación crece día a día, contra el cual no podrán, ni su poder ni las armas en las que se asienta su confianza, de las que, debe cuidarse, porque son imprevisibles. Su futuro ya no es incierto. Señor gobernante. no nos avergüence más: ¡RENUNCIE! Animémoslo diciendo con fuerza: ¡BASTA YA!
Y usted, distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡BASTA YA!?