Por: Carolina Alduvín
No veo mucho los noticieros, pero cuando los sintonizo para ver qué pasa, pareciera que el tema principal son las vacunas, en algunos es de todos los días; no es que no sea importante, pero seguramente hay otras cosas que informar y debatir. Nos han vendido la idea que, todo volverá a la normalidad que conocimos, una vez que toda la población sea vacunada. Personalmente, no me entusiasma la idea, ni creo que la vida vuelva ser como hace un año, luego de tal esfuerzo que, dadas las señales ni siquiera hay esperanza que ocurra en este año. Las farmacéuticas ya tienen compromisos con quienes han pagado por las dosis y no se dan abasto; lógico es pensar que, quienes están atenidos a donaciones deban esperar muchos meses más. La ventaja de eso, es que para entonces habrá más información confiable y estadísticamente significativa sobre efectos secundarios y hasta efectividad en el tiempo.
Entre el público las posturas son diversas, desde los conspiranoicos que todavía piensan que un chip puede pasar a través de una aguja hipodérmica e implantarse en el cuerpo, hasta quienes se muestran dispuestos a todo, con tal de ser los primeros vacunados. Veamos algunos aspectos que podrían ayudar a tomar la decisión de tomar el riesgo de vacunarnos. El uso de la mascarilla seguirá siendo obligatorio o recomendable, la apertura de restaurantes, centros nocturnos, hoteles, centros educativos y espectáculos masivos no está garantizado, la inmunidad no es total y nadie sabe cuánto va a durar, tampoco se sabe si será efectiva contra las nuevas variantes más letales y contagiosas que están apareciendo y los vacunados aún pueden transmitirlo a otros. No se recomienda a menores de 16 años, por lo que las escuelas tampoco van a abrir, no se va a dejar de reforzar el distanciamiento social, las previsiones de viajes, el confinamiento domiciliar, los toques de queda, ni la limpieza compulsiva de manos.
Se dice que las autopsias a los vacunados están prohibidas por la OMS y que los laboratorios fabricantes no asumen responsabilidad alguna en casos de efectos secundarios adversos o fatales, al ser declaradas experimentales, como en efecto lo son todavía. Que los gobiernos, para adquirirlas, firman acuerdos en los que renuncian a todo reclamo vía judicial porque los gobiernos de los países de origen han concedido inmunidad legal perpetua a los fabricantes. En pocas palabras, vacunarnos no va a cambiar mucho el caos, la recesión, la depresión, ni los contagios.
Algo que tampoco está dando mucho resultado que digamos, son los toques de queda, bares y restaurantes están funcionando y, a juzgar por la congestión de sus estacionamientos, lo hacen a toda capacidad, todavía muy cerca de las 9 de la noche, se ordena y se sirve. Estamos viviendo la segunda ola de la covid-19, como resultado de la permisividad no gradual a partir de la pospuesta Semana Morazánica -echada a perder por Eta- ambos huracanes forzaron la apertura de albergues en los que la bioseguridad fue la primera víctima, luego, en la temporada de ventas y fiestas decembrinas, mercados populares y centros comerciales se vieron abarrotados por clientes reprimidos y ansiosos por siquiera curiosear como en los viejos días, sin portar protección y en medio de aglomeraciones como si el contagio fuera la orden del día.
La probabilidad de que ocurran accidentes de tránsito se eleva en la hora previa al comienzo del toque, todos quieren llegar a casa antes de las 9 de la noche y los autos corren en vías que no son de alta velocidad, las precauciones se hacen a un lado, todo para que las personas que ya socializaron, probablemente sin mayor atención a la bioseguridad, no sean requeridas. Igual no se observa que la Policía esté al pendiente en las principales vías capitalinas. En cambio, en una tranquila ciudad del interior, el fin de semana, se ha producido otro lamentable deceso de una enfermera en ciernes, y no a causa del virus de moda, sino en las instalaciones de la Policía y en circunstancias no esclarecidas.
Los custodios invocan suicidio, que la llevaron al hospital todavía con vida, el parte médico dice que había fallecido, la familia niega tendencias depresivas en la víctima, el dolor les mueve a acusar, amenazar e insultar ante cámaras y micrófonos, mientras los forenses del Ministerio Público hacen su trabajo y brindan alguna explicación convincente. Nuevamente las fuerzas del orden, con su torpeza e inconsistencias, levantan la ira popular, desnudan la inoperancia.