Por: Segisfredo Infante
Todas estas últimas semanas hemos recibido informes directos e indirectos sobre el fallecimiento de personas asociadas a los quehaceres de la salud. Han fallecido médicos, enfermeras y varios conocidos y amigos. Otros se han debatido entre la vida y la muerte. Inclusive parientes míos. Y muchos “asintomáticos” deambulan por las calles, el transporte público, las canchas de baloncesto y las fiestas familiares, contagiando a los inocentes. Un amigo de San Pedro Sula, que estudió Filosofía y Letras en México, me relató que solo en su barrio han fallecido en estas últimas semanas un aproximado de sesenta personas, y que la mayor parte de la gente camina por las calles de la ciudad industrial sin mascarillas. No es casual que los hospitales sampedranos estén colapsados y que los médicos sigan muriendo. Pero algo parecido ocurre también en Tegucigalpa y alrededores. La semana pasada falleció una doctora, sobrina de un buen amigo mío.
Lo anterior significa, entre muchas otras cosas, que están muriendo personas valiosísimas en las cuales el Estado y sus familiares invirtieron cantidades significativas en el renglón numismático; pero también en el moral. Me expresaba un doctor en física de partículas, amigo mío por cierto, que esta pandemia se está llevando a la tumba a los mejores talentos y valores del planeta, con el riesgo que la sociedad mundial quede acéfala y sin dirección alguna. Pues pareciera que aquellos que van a sobrevivir a todas las variables de la pandemia, son jóvenes cronológicos, unos tecnócratas y otros sin formación intelectual de ningún tipo, que casi nada saben acerca de cómo se deben manejar las instituciones reales de cada sociedad. Saben mucho (como en el año 2008) de negocios bursátiles, de publicidad y de tecnología digitales. Casi nada más. Sin embargo, debemos aclarar que el coronavirus también asesina a personas jóvenes, como en el caso del hijo de una prima hermana mía que falleció el año pasado.
Los médicos, enfermeras y aseadoras de los hospitales públicos y privados, tienen razón de quejarse. Ellos están en la primera línea de fuego en una batalla que se libra contra enemigos invisibles e impredecibles, tal como ha ocurrido con los ataques bacteriológicos y gaseosos en momentos históricos específicos. Conviene subrayar en este punto, según informes de algunos científicos, que el presupuesto occidental para enfrentar siniestros bacteriológicos, es del tamaño de un simple puesto de hamburguesas en cualquier lugar de Estados Unidos o del resto del planeta. Habría que indagar y confirmar este “extremo”, para usar una expresión que les gusta a los abogados.
A la par de la queja justipreciada de los médicos sobresale el quejido profundo de los empresarios. Pues también a los empresarios les asiste la razón de lamentarse. Muchas empresas de tamaño medio quebraron el año pasado y continúan quebrando. Los micronegociantes, por su parte, desean salir a las calles a vender sus pocas mercancías con el objeto de mantener a sus familiares más cercanos, pagar el alquiler del habitáculo y las tarifas del agua y la luz. Esto pareciera una verdadera antinomia kantiana: Los trabajadores de la salud tienen razón. Y los empresarios y vendedores ambulantes también tienen razón.
Pero entonces se presenta ante nosotros una contradicción de fondo, entre la salud de los médicos, enfermeras y pacientes por un lado, y la necesidad imperativa que la economía de Honduras sobreviva contra viento y marea. Así como la pandemia asesina a personas humanas todos los días, el hambre podría asesinar lenta y despiadadamente a poblaciones enteras de desempleados, si este caso ocurriera. Y el dilema es que la economía hondureña actual se encuentra resquebrajada, por la sumatoria de los dos huracanes del mes de noviembre del año pasado. Se trata de una contradicción de fondo que padecemos en el punto exacto de una dolorosa encrucijada.
A lo anterior se añade que algunos políticos (los más frescos del planeta) andan en campaña electoral no para convencer a nadie de sus virtudes, ni mucho menos del capítulo positivo de la democracia, sino para difamar a sus adversarios, con el cuento que ellos “no desean atacar a nadie”. Les importa un pepino que la gente se muera todas las semanas y que todo mundo se contagie con la peste. Lo único que les interesa es alcanzar el poder, por el poder mismo. Los trabajadores humildes, los intelectuales, los profesionistas y los jubilados salen sobrando. La economía y la democracia, igualmente, les importa un pepino, en tanto que manejan sus propias agendas ocultas.
La unidad de contrarios fue descubierta y elevada a un nivel de abstracción en la Antigua Grecia por Heráclito y otros filósofos. Las antinomias fueron sistematizadas por Immanuel Kant. La contradicción de fondo entre los médicos y los interesados en rehabilitar la economía nacional, pareciera insoluble. Por de pronto lo básico es que todas las personas utilicen mascarillas y se desinfecten con alcohol.