LA CAMPAÑA

LOS políticos, para enseñar que son transparentes en el uso de los fondos que manejan, –pero más que otra cosa por quedar bien con la OEA y otros metiches afanados en que estos pintorescos paisajes acabados tercermundistas asemejen las democracias del primer mundo– aprobaron una ley de política limpia. Acertada en algunas exigencias, pero dudoso en varias otras. Dizque para evitar que el narcotráfico meta sus pezuñas en los asuntos electorales financiando y corrompiendo candidatos. Loable propósito, ese de adecentar el sistema. Así que metieron un dosier de requisitos a las aportaciones. Como si los narcos pagan con cheque o transferencia bancaria y no al contado, con bolsas de billetes, para que no haya forma de rastrear la donación. Lo que lograron –aparte de palmaditas en la espalda por hacer una telaraña del régimen de contribuciones privadas a las campañas– fue que varios empresarios, que antes daban su cuota de aporte a las campañas, decidieron no hacerlo para no aparecer en una lista que adelante –si los agarraban financiando al perdedor–fuese motivo de represalias.

El resultado es una sequía de recursos –sin que realmente hayan evitado lo otro que deseaban eliminar– ocasionando que la propaganda política sea sosa o casi inexistente. Hoy el proselitismo –sumada la pandemia que cayó encima– es insulso y destemplado. No hay ni comparación con el ambiente festivo, musical, motivador, lleno de mensajes y de propuestas de las campañas de antaño. Ello es así porque los liderazgos carismáticos de palabra elocuente que hacían vibrar las multitudes, son reliquias del pasado. Por el poco ingenio en la estrategia política. Falta de creatividad en los anuncios, ni en nada de lo que se transmite al público. Solo la andanada de insultos y la publicidad negativa propagada por redes sociales. Pero también la campaña es mucho más insípida por lo complejo de obtener contribuciones. A no ser recurriendo a otras fuentes –externas o internas– para agenciarse los fondos necesarios. Recientemente –como en cada proceso, para aparentar conductas de transparencia, exigen agregar más trabas– casi han dejado prohibitiva la apertura de cuentas bancarias de campaña. Así que la gente ya no elige en base a agendas propositivas o a planes esbozados por los políticos. Las plataformas –uno que otro ha presentado la suya– son la excepción. No hay debate sobre las urgentes aflicciones de la gente. O amago de solución a la pesada carga de problemas nacionales.

Se cae al mismo dilema de otros pueblos latinoamericanos. Que oscilan al vaivén del tañido de las campanas, repicando hoy y doblando mañana. Con opciones limitadas de estadistas, se trata de escoger entre lo malo y lo peor. Guiados por malquerencias. A puro pálpito. Esa incertidumbre agregada a las dudas y a las sospechas que arrastra este tóxico ambiente que se padece, conspira contra los aires de promesa que el proceso electoral debiese despertar en la ciudadanía. Cuando el ánimo está tan decaído –por tanta desgracia acumulada– como ahora, la política debía ser útil para reanimar los espíritus. Las campañas deberían ser estimulantes, motivadoras, propositivas. En vez de instigar el estado lúgubre que impera, debiesen ser banderas, echadas a flamear al cielo, que despierten la fe que habrá un futuro distinto. Es un hecho, que en este proceso eleccionario está depositada la esperanza nacional. Como avenida de cambio y de alternancia democrática. Como salida a la crisis. Esperemos que los políticos no la arruinen.