NO hay clientes. Un reportaje gráfico de LA TRIBUNA muestra los niveles de desesperación de tanta gente. Un recorrido rápido del fotógrafo por las calles de Tegucigalpa y Comayagüela, pudo captar letreros por doquier de bienes inmuebles desocupados. Residencias o locales en edificios de apartamentos ofrecidos en venta o en alquiler. Capitalinos liquidando la propiedad que lograron obtener con el esfuerzo de una vida. Otros han abandonado sus viviendas, pidiendo posada en casas de familiares, esperanzados que alguien la alquile o la compre para instalar algún negocio. Solo que los prospectos clientes son escasos. Son más los que están cerrando sus negocios que los que abren uno nuevo. Los compradores de bienes inmuebles, posiblemente sean acaudalados que ven en el infortunio de otros una oportunidad de inversión. Adquirir barato ahora, a precio de gallo muerto, algún activo valioso, usufructuando el desplome de los bienes raíces.
El activo inmobiliario pasará de una mano a otra. Los dueños de muchas pertenencias de los desahuciados que caigan en mora, pronto pasarán a las instituciones que las financiaron. Aflorarán los remates. Para que los bienes de la clase media vayan a engrosar el caudal de los adinerados. Una inquietud. ¿Qué plan se conoce de parte de la alcaldía municipal para asistir a los vecinos de la capital, en todos estos apuros por los que pasan? ¿Qué medidas de alivio han ideado para auxiliar a la comunidad que atraviesa un calvario como pocos? ¿Van a suspender el pago de los impuestos de bienes inmuebles, en condescendencia a los aprietos que sufren los moradores de la circunscripción municipal? Si no se ha resuelto del problema del agua –y no hay ni esperanza de pronta solución– por lo menos algo deben sacar como autoridad preocupada por la mala racha que abate a sus leales contribuyentes. Ya se perdió Toncontín. Los capitalinos imploran al cielo que no vaya a sucederles lo mismo con sus modestos haberes. Pero la gente es luchadora. Ya anda el hormiguero en la calle –unos atentos a las recomendaciones sanitarias y los burros sin mascarillas o con el tapaboca colgando como arete de una oreja, o de adorno guindado en el pescuezo– y también, a la caza de compradores, salieron a ganarse su pan de cada día los vendedores ambulantes. Los mercaderes también abrieron. Pero el mercado está lastimado. Si no hay trabajo no hay ingreso, y sin recursos, con milagros se sobrevive el día a día.
Muchos hondureños que perdieron sus trabajos probaron montando cocina desde sus hogares. Mandan a sus contactos telefónicos un variado menú para abrir el apetito. Se comunican con amigos y conocidos enterándolos que ahora se dedican al oficio de la alimentación. Pero como hay tantos metidos al mismo negocio, de venta de comida casera, es dura la competencia. Al inicio de la pandemia afloraron los comerciantes de suministro de mascarillas, de gel, de toallas y aerosoles desinfectantes, y demás insumos para lidiar con el contagio. Sin embargo, lo que durante los primeros meses de la peste desapareció de los escaparates de las tiendas, supermercados, almacenes y farmacias, ya hay oferta disponible. Se cotizaban a un costo triplicado del valor normal, pero hoy que hay abastecimiento regular los precios bajaron. Así que varios de los nuevos detallistas se quedaron con existencia. Sin mucha demanda para vaciar sus bodegas. Otros emprendedores, computadora en mano, montaron portales digitales ofreciendo sus servicios profesionales a un público acabado. Sin muchos ingresos para pagar. Unos prosperan, pero no así la mayoría. Así que cuando no hay salario por falta de trabajo o cuando fracasa todo intento de compensarlo entablando otra actividad, solo queda disponer de las propiedades. Lo mismo da rentar, ya que encontrar inquilinos es como buscar una aguja en un pajar. Por los rótulos –“se alquila” o “se vende”– se deduce la profundidad del hoyo en que estamos.