Mario E. Fumero
Había una vez un hombre que tenía una vaca, y mandaba a su hijo a ordeñarla en las mañanas. Por lo general, la vaca alimentaba a sus terneritos y después le dejaba al señor unos 3 litros de leche. El tiempo pasó y la vaca daba menos leche, pese a que se destetaron los terneritos. Un día el padre le dijo al hijo que tenía que sacarle a la vaca tres litros de leche, el niño trató de explicarle al padre que la vaca ya no daba más que dos litros, pero el padre insistió, me trae los tres litros, porque antes esa vaca daba esa leche. El niño ordeñó tanto la vaca que por último le sacó sangre y apenas pudo llegar a los dos litros, por lo que el padre decidió matar la vaca y comérsela, entonces se quedó sin vaca y sin leche.
¿Hasta dónde podemos sacarle leche a la vaca? Hasta donde no le saquemos la sangre y la matemos. Eso mismo ocurre con la economía, ¿hasta dónde podemos gastar y exigir? Hasta donde tengamos recursos. Los países pobres confrontan crisis económicas serias, y claro está, cuando un estado se excede de sus recursos presupuestarios, se tienen que buscar los medios para obtener los recursos, y por desgracia, la única opción de un gobierno para cubrir su déficit es el aumento de impuestos, porque el pagar con préstamos lo sumiría en la ruina.
Hemos visto cómo el derecho a huelga, por un lado, y las demandas salariales por otros, tienen al gobierno en una encrucijada. Cuanto más ceda el Estado a las pretensiones salariales de sus empleados, más se endeudará y a la larga, más impuestos tendrá que poner, o termina en la “banca rota”. Tanto en el ámbito personal, familiar o estatal, las soluciones a los problemas económicos no está en aumentar los gastos cuando se reducen los ingresos, sino al contrario, ajustar los gastos a la realidad de los ingresos, y para ello se requiere conciencia y sacrificio. Pero cuando se llama al sacrificio, considero que el mismo tiene que ser parejo, justo y equitativo. Por desgracia, en nuestros países hispanos, los ricos y los empresarios son los que menos impuestos pagan, y los que más concesiones tienen. La carga fiscal casi siempre recae en la clase media y pobre. Y a la hora de revisar las medidas económicas y salariares, casi siempre los más perjudicados son los pobres, porque en la clase alta, los sueldos sobrepasan el promedio normal. ¿Es justo que un jefe de un departamento gane 50 veces más que un empleado de baja categoría? Y cuando se habla de ajuste financiero ¿se aplica esta fórmula a los que ocupan grandes puestos?
No podemos negar que Centroamérica es un país pobre y dependiente del monopolio del petróleo. Nos pagan mal el café, el plátano y otros productos agrícolas, y nos venden caro el petróleo y demás insumos que no producimos. No podemos negar que la política establece un estado supernumerario, donde más del 60 al 80% de su presupuesto se va en salarios. No importa que sea un estado, una empresa de caridad o una iglesia, cuando se gasta más del 50% del presupuesto en salarios, hemos caído en un grave error que no disminuirá la pobreza.
La crisis económica no es hondureña, ni centroamericana, sino mundial. Estamos a expensas de las grandes potencias, pero más que nada, a las políticas impuestas por el Fondo Monetario y el Banco Mundial. La única salida viable para tan agobiante crisis está en que el Estado dé ejemplo de austeridad, y de forma pareja, adoptemos medidas reguladoras. ¿Y cómo es posible esto? Empezando de arriba, los que más tienen y ganan que den ejemplo de solidaridad. Pagar los impuestos en proporción a los ingresos. Favorecer a las clases pobres aplicando el principio bíblico de que “la abundancia de uno supla la escasez de otro”, (2 Corintios 8:14). Hay que frenar la voracidad de los que, ganando bien, se aumentan el sueldo desproporcionalmente con los de abajo. Manejar los fondos con integridad. Adaptarnos a la realidad existente, no sacarle leche a la vaca cuando ya no tiene, y terminar matando la vaca.
¿Somos pobres? Pues aceptemos vivir como tales. Todos tenemos que dar ejemplo, empezando por los que predicamos a Jesús. Si construimos un templo, no lo hagamos como si estuviéramos en los Estados Unidos, con lujos y arrogancia. Si vestimos, hagámoslo con decencia, pero sin presunción. Apoyemos a los necesitados, reduzcamos nuestras ganancias para favorecer al que menos tiene, pero en esto, nadie quiere pagar el precio. Qué ocurriría si un empresario le dijera a sus empleados: “Muchachos, van a trabajar con ahínco, si el negocio prospera, ustedes prosperarán, si fracasa, también ustedes fracasarán. Yo repartiré parte de las utilidades entre ustedes, siempre y cuando ustedes estén dispuestos a compartir las pérdidas conmigo”. Si hacemos esto, terminaríamos con las huelgas y mejoraríamos la producción, porque del cuidado que le demos a la vaca, dependerá la leche que podamos obtener de ella.
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