CUANDO el Triángulo Norte suscribió con Washington acuerdos para atajar migrantes, y aceptar –sin recursos para montar la infraestructura– la carga de refugiados en sus propios territorios, los adornaron poniéndole chongo de regalo a los arreglos. Para evitar reacciones airadas de la opinión publica los rotularon con un alias. “Tratados de cooperación de asilo migratorio”. Ahora que la Casa Blanca desmonta medidas de la política inmigratoria de su antecesor, ya se atreven a anunciarlos como lo que siempre fueron. Así trasciende la noticia: “Biden suspende los acuerdos de “Tercer País Seguro” con el Triángulo Norte. El primero en suscribir uno fue el guatemalteco Jimmy Morales, suscitando no solo el rechazo de los guatemaltecos, sino fallos de inconstitucionalidad del tribunal supremo. Sin embargo, Jimmy, ya en los últimos meses de gestión –procurando congraciarse con su aliado norteamericano– atribuyó las quejas a la oposición izquierdista en su país.
Así como se voló la CICIG, todo aquel bullicio lo enfrentó con aplomo de hombre más preocupado por lo que podría ocurrirle una vez vacara del cargo que en el bienestar de sus compatriotas o la capacidad de su país de recibir semejante carga. Incluso, como premio a su colaboración, fue al Salón Oval para la foto “opportunity”.
Giammattei durante la campaña política manifestó su desacuerdo. Sin embargo, una vez alcanzó el poder, temeroso de desatar la furia del gestor en Washington de los acuerdos, dejó las cosas como estaban. No volvió a proferir queja. Hasta ahora que unilateralmente la administración demócrata los rescinde, sale alborozado en una conferencia de prensa, dándole “la bienvenida” a la determinación tomada. En fila india vinieron los demás acuerdos migratorios del Triángulo Norte. A Guatemala mandaban aviones cargados para que diera asilo a otros centroamericanos deportados de Estados Unidos. Ya antes, cuando FOX News informó de las primeras caravanas con rumbo al “sueño americano”, le llegó a AMLO la amenaza arancelaria de Trump. Si no paraba en seco las migraciones, castigarían las exportaciones mexicanas a Estados Unidos con un fuerte impuesto de introducción. Aparte de ello, daba por concluido el Tratado de Libre Comercio y si se portaba bien negociaría uno nuevo. Pero este ya en condiciones desventajosas a México, para hacerla pagar el costo del muro fronterizo. El aguerrido AMLO, no pronunció una tan sola palabra de disgusto a la amenaza. Más volando que corriendo despachó a Washington al canciller mexicano quien regresó satisfecho del arreglo alcanzado.
México sería “Tercer País Seguro”, bajo un programa con nombre sugestivo: “Esperar en México”. De allí en adelante los Estados Unidos retornarían al territorio mexicano a migrantes que cruzaban la frontera, a esperar –en albergues de mala muerte– mientras los jueces norteamericanos resolvieran su petición de asilo. Después que el gobierno mexicano desplegó 50 mil guardias nacionales a detener peregrinos y deportarlos a sus países de origen –convirtiendo el territorio azteca en una muralla virtual– logró negociar un nuevo Tratado de Libre Comercio. Ya no con los beneficios del anterior, ya que la pérdida de ingresos a la economía mexicana, se acreditaría al pago del muro fronterizo. Trump repetía: “México está pagando por el muro, por si ustedes no lo saben”. El comunicado del Departamento de Estado informa que “Estados Unidos ha suspendido e iniciado el proceso para rescindir los Acuerdos de Cooperación de Asilo con los gobiernos de El Salvador, Guatemala y Honduras como primer paso concreto en la senda hacia una asociación y una colaboración más sólidas en la región que ha planteado el presidente Biden”. Eso no quiere decir, aclaran, que la frontera esté abierta. Solo que ahora sujeta a nuevas medidas.