130 años

Por: Edmundo Orellana

Las generaciones que impulsaron la independencia en Centroamérica y, luego, lucharon para sustituir las estructuras propias del régimen colonial vigentes, estaban animadas por las ideas liberales que vinieron del viejo continente.

El proceso de modernización se continuó en Honduras con la reforma liberal impulsada por Ramón Rosa en el gobierno de Marco Aurelio Soto, que, junto a Mis Ideas de Céleo Arias, constituyeron el fundamento filosófico-político del Partido Liberal que fundara Policarpo Bonilla en 1891, y cuyos principios y valores, los más avanzados de la época, se consagraron en la Constitución de 1894, con la pretensión de generar la legislación consecuente y un nuevo modo de gobernar.

El ala conservadora del PL impidió que esas ideas se desarrollaran plenamente, hasta que, en 1957, una nueva generación de liberales, alentados por las ideas más atrevidas de la época, decidieron construir ese monumento al constitucionalismo social que fue la Constitución de 1957, que sirvió de modelo para la confección de las constituciones de 1965 y 1982, en las que se eliminaron algunas de las “conquistas” consignadas en aquella por considerarlas verdaderas “herejías”, como la de incluir la “propiedad” dentro de las “garantías sociales” (así se identificaban los “derechos sociales” en esos tiempos).

De 1982 al año 2009, las conquistas sociales del gobierno de Villeda Morales casi desaparecieron. El Código del Trabajo fue insuficiente para frenar el debilitamiento, hasta acercarse a su extinción, del movimiento sindical; la reforma agraria desapareció; y el seguro social jamás superó el 20% de cobertura para la población económicamente activa.

A la fecha, solo quedan los despojos de lo que fueron aquellas conquistas. Con el agravante de que la pandemia encontró al IHSS en plan de rehabilitación del brutal saqueo de que fue objeto y en pleno proceso de privatización; es decir, dejó de ser la respuesta, medianamente, eficiente para la pequeña población que todavía atiende.

Este proceso es irreversible. Con la pandemia se aceleraron todos los procesos de destrucción de lo poco que aún funcionaba, aumentando la desigualdad, incrementando el déficit público y el endeudamiento, paralizando la producción y convirtiendo los servicios públicos de salud, educación, seguridad, etc., en simples promesas incumplidas.

¿Hacia dónde vamos? Eso lo decidimos nosotros. Pero la respuesta no la encontraremos en las visiones conservadoras, porque lo que viene requiere de ideas novedosas, engendradas en la dinámica de esa nueva realidad. Es, pues, una oportunidad para hacer las cosas de un modo distinto, para construir una sociedad muy alejada de la que contribuyó a la tragedia que hoy vivimos.

El “gran reinicio” de nuestro orden interno social, económico, político y cultural debe estar presidido por la voluntad indeclinable de construir una sociedad menos destructiva de su medio ambiente, menos injusta, más incluyente, más equitativa y más solidaria.

En este contexto, los partidos políticos, y especialmente el PL, en sus 130 años de existencia, deben reflexionar sobre cómo responderán a las demandas de esa nueva realidad, porque no podrán hacerlo formulando las respuestas tradicionales. Por ejemplo, el PL, insistiendo en que es el partido de las conquistas sociales, porque esas conquistas desaparecieron y los jóvenes de hoy no las conocieron y la única que queda (el Código del Trabajo) no sabe que se debe al PL, ni le importa. A esos jóvenes, a quienes repugnan -por dogmáticas- las ideologías, exigen respuestas efectivas a sus necesidades.

El pragmatismo de nuestra sociedad nos obliga a trabajar para dar respuestas, no para alentar esperanzas. El PL debe reconducir esfuerzos hacia esos objetivos, porque su capacidad de modernizarse es proverbial, pese a los conflictos internos que lo han colocado al borde de la extinción, porque su organización no es arterioesclerótica, ni sus ideas están atrapadas por dogmas, lo que permite su continua renovación.

Los desafíos de ese “gran reinicio” de nuestro orden interno social, económico, político y cultural, pondrá a prueba a los líderes de todos los partidos, especialmente a los del PL, cuyas diferencias, que parecen irreconciliables, deben superarse, pues de otro modo no estarán preparados para responder a las necesidades que demandará la nueva realidad.

Lo que viene no es ni parecido a lo que hemos vivido. Por eso, las respuestas deben impulsarse por líderes que inspiren confianza en la población porque demuestran ser capaces de estar por sobre las diferencias y resolver conflictos exitosamente.

Esperamos que la conmemoración de estos 130 años de existencia no marque el punto de partida del proceso de extinción del PL, sino que sea el inicio de la marcha para recuperar a Honduras con la finalidad de transformarla radicalmente, convirtiéndola en el sueño hecho realidad de los hondureños, en el que no tenga cabida la corrupción, el crimen organizado, la demagogia y el autoritarismo. Animémoslos, diciéndoles: ¡BASTA YA!

Y usted, distinguido lector, ¿ya se decidió por el ¡BASTA YA!?

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