ES una frase de tradición clásica que ha pasado al refranero popular, que posee un fuerte sentido común sumado a cierta sabiduría antigua. Cuando las personas se quejan por regla general elaboran listados caóticos de cincuenta cosas, o más, que exigen o necesitan, en términos casi inmediatos. No establecen prioridades porque más allá de todo, lo que realmente les interesa es quejarse, armar alboroto, al margen de las soluciones posibles, probables o imposibles. Las sociedades que han alcanzado un nivel aceptable de madurez, buscan consensos, puntos de coincidencia y se ponen de acuerdo en tres o cuatro factores básicos, que son importantes para todo el conglomerado de su nación.
Buscan las verdaderas coincidencias y se apartan por un tiempo prudencial de las diferencias. Esto es clave en un proceso de reconstrucción nacional y de salvamento de las personas necesitadas, como en el contexto hondureño actual, en donde todavía hay muchas familias que no han restablecido sus hogares; o que siguen pendientes de su ubicación a fin de levantar nuevas viviendas en lugares “no inundables”. Encima de eso las ciudades más importantes del país han sufrido nuevas avalanchas del coronavirus, por aquello del hacinamiento en los albergues y por el descuido de la misma población. Se dice, habría que confirmarlo, que un setenta por ciento de la población en San Pedro Sula ha dejado de usar mascarillas. Esto explicaría, en parte, el nuevo colapso de los hospitales sampedranos, y el fallecimiento frecuente de médicos y enfermeras. Esta semana, justamente, se registraron los últimos tres casos de conocidos y respetados galenos.
En este momento histórico hay dos renglones claves que debemos atender en términos de corto y de mediano plazos: El capítulo sanitario ligado a la pandemia y sus secuelas. Seguidamente la necesidad de rehabilitar la economía nacional para la sobrevivencia de la grande, pequeña y mediana empresas generadoras de empleos, y asimismo para la permanencia perpetua de las instituciones del Estado, que por ningún motivo deben ser quebrantadas.
Una vez adoptadas las decisiones se deben hacer las cosas correctamente. No se debe pretender el abordaje de un cúmulo de proyectos cuyos contenidos casi nadie sabe si son o no factibles de llevarlos a la realidad. Como decían nuestros abuelos: “Poquito, pero bueno”. A guisa de ejemplo: Si sólo se cultiva una hectárea de maíz, debe cuidarse la milpa y buscar un alto rendimiento en la cosecha. Luego dejar descansar esa misma hectárea por seis meses o un año de barbecho, con el fin de regenerar su potencialidad productiva. Tampoco se debe vender la milpa “de a topón” a los coyotes, que por regla general la cosechan en el periodo de los elotes, dejando sin granos a la comunidad.
Otro ejemplo es el de la construcción de las carreteras y de los puentes que se dejan abandonados o a medio palo. Si existe un proyecto de gran envergadura se debe presupuestar, concretar y terminar. Si no hay presupuesto lo mejor es no comenzar. Tampoco hay que correr a realizar las cosas, pues la prisa excesiva, en la mayoría de los proyectos públicos o privados amontonados, conduce hacia la bancarrota, pues “el que mucho abarca poco aprieta”, continúa diciendo el pueblo.
En Honduras contabilizamos múltiples problemas y desafíos, algunos de los cuales hemos venido arrastrando desde finales del siglo diecinueve. Pero es pertinente, y casi exigible, que nos pongamos de acuerdo en tres o cuatro puntos vitales que incluyan a toda la nación; o cuando menos al mayor número de habitantes. Una vez que se solucionen los problemas vitales, lo demás viene por añadidura, como si se tratara de una fuerza gravitacional. O de los ríos desbordados que vuelven a sus cauces normales.
“Pauca sed bona”, es la frase en latín (lengua madre del castellano), que significa “Pocas cosas, pero buenas”. Es como un llamado de atención que legaron los ancestros occidentales, hace miles de años, para que sofrenemos nuestras prisas actuales y nuestro desmedido afán por pretender hacerlo todo de la noche a la mañana.