Enredos cinematográficos

Por: Segisfredo Infante

He dicho y publicado en diversas oportunidades que el cine y la televisión están asociados a mi vida, por varios motivos y razones que evitaré repetir. Por eso siempre he sido de la opinión que el “Séptimo Arte” es un auténtico arte. O cuando menos lo era unas décadas hacia atrás. Del conjunto de películas que han llegado a nuestro medio en estos últimos años, para elegirlas hay que buscarlas con pinzas. Creo que nunca antes en la corta historia de la cinematografía occidental se habían filmado, cuantitativamente, tantas películas de mala calidad, con las salvedades de la regla, y con excelentes documentales de ocasión.

Por ahora evitaré referirme abarcadoramente a los ruidos excesivos que se repiten en muchos filmes, que a veces dan ganas de llorar, pero de indignación. Lo que deseo tratar, en primera instancia, son los “discursos” de las películas en inglés, sus doblajes y sobre todo la subtitulación en español, en tanto que a la filosofía del cine lo que le debe importar, por encima de todo, es el lenguaje, que arranca de las novelas históricas y de ficción; o de los “guiones” improvisados porque, además, un libreto se modifica en la medida en que se va editando tal o cual película, hasta no dejar casi nada del texto original, en tanto que lo que más interesa es el inmediatismo espectacular.

No se necesita ser un experto en la lengua estadounidense para percibir que los doblajes muy poco concuerdan con lo que se está diciendo en el rollo original, si es que algo importante se estuviera diciendo, porque en los últimos tiempos los discursos están cargados de interjecciones fecales y de palabrotas descomunales. Chocarrería en el más estricto sentido del término. Pero a las interjecciones de mal gusto (como si todos los espectadores fuéramos del bajo mundo), se suman los doblajes salidos de la tangente, que en raras eventualidades resultan acertados. No sería descartable que Batman hablara como hablaron los “compadritos” de Buenos Aires, según las versiones de Jorge Luis Borges; o como todavía se habla en los lupanares del Distrito Central o de la ciudad de San Pedro Sula, en Honduras.

A la impertinencia de aquellos doblajes que rehúyen un español internacional o estándar, se suma el espanto de la subtitulación de las películas, cuyos contenidos nada tienen que ver ni con el doblaje ni mucho menos con el libreto final salpicado de interjecciones desagradables. Al final el espectador queda como en suspenso sin saber nada de la historieta que el filme pretende contar. Más que de la apreciación de un arte se trata de un trabajo adivinatorio para entender más o menos qué cosas quisieron decir los personajes principales; o cuál era el mensaje de la película, en caso que lo tuviera.

Desde luego que hay réplicas y contrarréplicas en este tema. Hay críticos que sugieren una “doble lectura de los filmes”. En mi caso particular sugeriría una triple lectura de lenguajes desconectados unos de otros, como si fueran “compartimentos estancos” de un supuesto séptimo arte. También se critica que en varias películas los actores y actrices hablen durante horas enteras las más absurdas tonterías, aunque por sus indumentarias parecieran ser individuos inteligentes. Incluso en películas grandiosas, como “Apocalipsis Ahora” (una de mis favoritas), me parece que hay escenas y lenguajes innecesarios, que son ajenos a la lógica de la novela originaria y al contexto de la guerra en Indochina. La película, si somos honrados, se salva por los poemas que pronuncia Marlon Brando en los últimos minutos del largometraje.

“Apocalipsis Ahora” significó un síntoma de lo que vendría después, es decir, la violencia por la violencia en sí misma, más el ruido ensordecedor. A eso se suma que varias películas han servido, y podrían seguir sirviendo, como alimento para los terroristas de cualquier parte del mundo, tal como ocurrió con las “Torres Gemelas” de Nueva York, cuyo extremo había sido preanunciado en ciertos rollos. O los ataques a la “Casa Blanca” en Washington, que se han filmado distintas veces. Estos productores sesgados quedan contentos hasta que sus insinuaciones se materializan en actos de terror.

Los inventores de la fotografía y de la cinematografía se basaron, sin sospecharlo siquiera, en el principio de las sombras proyectadas sobre la pared de una caverna en la famosa alegoría platónica relacionada con el refinado mundo de las “Ideas”. Sobre esta alegoría hemos escrito en algún momento y volveremos a escribir. Por este basamento indirecto la cinematografía se convirtió en un auténtico arte, capaz de conducirnos hacia la ensoñación poética o a la reflexión filosófica misma, siempre y cuando los lenguajes fílmicos lo permitan. Inclusive hace unos veinticinco años aproximados aparecieron unas pocas películas de validez histórica o poética, como “La Lista de Schindler” o “El Paciente Inglés”, sin lugar a dudas, conservando intacto el concepto fraseológico de “Séptimo Arte”, para los espectadores exigentes.