Por: José Rolando Sarmiento Rosales
La destacada y aplaudida figura hasta para algunos hondureños, del actual presidente de El Salvador, forma parte de esas personalidades políticas novedosas surgidas del desencanto de la población con los partidos y los políticos tradicionales, o de los sectores que antes los denunciaban, y que al llegar al poder, como es el caso de la antigua y combativa guerrilla del Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), que después de los acuerdos de paz en El Salvador, se convirtieron en partido político, logrando arribar al gobierno, con Francisco Flores, pero que al igual que los presidentes Elías Antonio Saca y Mauricio Funes, han sido acusados de actos de corrupción al ejercer el poder en un término de 15 años.
Aprovechándose de este desencanto del pueblo salvadoreño tanto con los gobiernos del FMLN como del tradicional ARENA, y aunque militó y ocupó cargos públicos por el izquierdista Farabundo Martí, el actual mandatario Nayib Bukele, lanzó su candidatura y ganó la presidencia, aunque algunos de sus candidatos y aliados más visibles sean políticos curtidos en los partidos de la derecha salvadoreña. El intento de anular a los demás sí le ha funcionado en su carrera política y es su declarada intención para las elecciones legislativas y municipales de febrero: ganó la presidencia asegurando que acabaría con “los mismos de siempre”.
Ahora, en estos comicios que son una meta para él, el eslogan de campaña reza que todos esos que no están con él “van para afuera”. Para Bukele, todos los políticos que lo precedieron y ahora no lo aplauden son un lastre, y su estrategia pasa por anularlos en las urnas y en la memoria de los salvadoreños. Sin embargo, además de sus actos preocupantes cuando acompañado de tropas incursionó en la sede del Poder Legislativo, Bukele muestra en cada paso de su gobierno los signos de abuso del poder, inclusive contra los miembros de la prensa salvadoreña.
Precisamente encontramos en un artículo de opinión publicado en el influyente periódico norteamericano The New York Times, por el destacado periodista salvadoreño Óscar Martínez, revelando que: “En el preludio de las elecciones, el presidente Nayib Bukele llamó farsa a los Acuerdos de Paz, que acabaron con una guerra de 12 años. Sus palabras indignaron, pero sobre todo revelan que busca presentarse como el parteaguas en la historia del país. El Salvador firmó sus Acuerdos de Paz hace 29 años y desde entonces no ha vivido en paz. Ha vivido sin guerra civil, lo que no ha sido poco ni suficiente. Eso ha quedado claro estos días.
El aniversario de aquel pacto que acabó con 12 años de conflicto armado ocurrió hace un par de semanas y tuvo que haber pasado sin pena ni gloria, pero el presidente Nayib Bukele lo convirtió en todo un evento que terminó con su propia etiqueta en redes sociales. Lo que Bukele hizo suena pueril de solo pronunciarse: utilizó nuestra guerra y nuestra paz como arma arrojadiza contra sus opositores políticos. “¡La guerra fue una farsa! Fue una farsa como los Acuerdos de Paz. “Ahí, está mancillando los Acuerdos de Paz”. Sí, los mancillo, porque fueron una farsa, una negociación entre dos cúpulas o ¿qué beneficios le trajo al pueblo salvadoreño?”, dijo Bukele a mediados de diciembre durante un discurso público.
Las palabras de Bukele escandalizaron a muchos, pero también el escenario donde los pronunció. Lo hizo durante un discurso en el caserío El Mozote, donde en 1981, con la guerra recién iniciada, un batallón militar masacró a cerca de 1,000 personas desarmadas. Bukele se vende como un mesías, como el parteaguas en la historia de este país y no pretende permitir que le compita ninguna guerra, con todos sus magnicidios y masacres; ni tampoco una paz, con todos sus logros e imperfecciones. El estilo autoritario, 29 años después de salir de una batalla contra regímenes militares, sigue gustando en El Salvador. La acumulación del poder es el camino, según la gran mayoría. Somos los herederos de una paz fea. Importante, necesaria, pero fea”.
Estoy de acuerdo: “las palabras del presidente fueron ofensivas, violentas incluso, ignorantes, pero también conscientes y previsibles. Reflejan la visión política de Bukele, en la que su autoritarismo y megalomanía son principios rectores y alcanzan nuevas cimas en el transcurso de su mandato. Esta vez, Bukele dejó clara su intención: la memoria de la guerra y de los Acuerdos de Paz no le sirven para sus aspiraciones políticas. Recordar un conflicto y su resolución no funciona porque él no fue el protagonista. Era apenas un niño cuando aquello terminó en 1992”.