HASTA HACER MELLA

EL CONTAGIO Y LAS ALARMAS

EN cinco entregas consecutivas durante toda la semana, LA TRIBUNA, por medio de reportajes gráficos, ha develado una triste realidad. Mucha gente boca abierta no usa la mascarilla, o la anda de adorno, colgada como arete de una oreja, o guindada en el cuello de bufanda. Y aún cuando no usa el tapaboca que puede protegerlo de contraer la peste o de esparcirla en caso que ya esté contaminado, tampoco guarda la distancia aconsejada en grupos. Ni adentro de sus casas ni afuera, como consideración de las demás personas con que se relaciona. Si bien la tendencia ascendente de infestación se debe a que nunca se contó –como sugerimos desde un inicio– con las suficientes pruebas clínicas para detectar el nivel de contagio en la población y de allí en adelante, poner en práctica los protocolos correspondientes para evitar mayor propagación, el otro factor que dispara la transmisión de la enfermedad es la negligencia. La desidia del hormiguero que anda en las calles. Renuente a seguir las recomendaciones de bioseguridad.

Reporteros y fotógrafos del rotativo hicieron un recorrido por distintos sectores de la capital y las gráficas que publica hablan harto suficiente del alarmante rebalse de descuido colectivo. Dentro de los establecimientos públicos y privados, en los mercados, en los buses, motocicletas o en vehículos automotores, mientras pasean por la ciudad, o se dirigen a “pincel” de un lugar a otro, la historia se repite una y otra vez. Muchos atienden las instrucciones sanitarias –muestra que la campaña de concientización de la prensa ha dado buen resultado– pero otra caterva de irresponsables más se comporta con el juicio atribuible a manada de animalitos sueltos en un potrero. La falta de cultura y disciplina –o lo aburrido de cumplir disposiciones por mucho tiempo– impide que el uso de mascarillas se convierta en práctica universal. Ello no es otra cosa que una deplorable extensión de las mismas actitudes irreverentes de siempre. De contrariar disposiciones de las autoridades, irrespetar la ley y de convivir a la diabla en anárquico desorden. Hemos visto cómo en otros países, donde el uso de la mascarilla es obligatorio, imponen sanciones a quienes incumplen la norma. Han destacado unidades de vigilancia, tanto policiales como municipales, que detienen inmediatamente a los infractores. Y allí mismo, al instante, los obligan a cumplir el tiempo estipulado de servicio social. Andan con escobas y trapeadores que le dan a cada cliente que detienen in fraganti, y los mandan a barrer las calles, a recoger basura y a limpiar desechos tirados en los alrededores.

En la medida que el público indolente se cerciora que hay sanciones, pero más importante, autoridad que las imponga, y que haga cumplir la ley, las nocivas conductas, paulatinamente, van corrigiéndose. El irrespeto a la ley es resabio imputable a una falta de valor, a una pobreza de carácter, en la comunidad. Pero también es ausencia de autoridad que haga valer la norma. Siempre, el mensaje debe ser ofrecido en forma constante e insistente. Mostrar que hay consecuencias por el incumplimiento y continuar educando en medio de la incultura. Mediante el patrocinio de campañas masivas de comunicación. Que transmitan un mensaje claro y que orienten con información correcta. Hoy, la información, el buen consejo, la verdad tienen que competir con tanta basura y desinformación propagada por las redes sociales. Es una tarea doble, pero debe hacerse. Hasta conseguir hacer mella en los tercos comportamientos colectivos.